17 de junio de 2024

EL PLEBISCITO AL FINAL DEL TÚNEL

7 de diciembre de 2015

El fin del conflicto armado más antiguo de Colombia no puede quedar a merced de quienes prefieren, por mil razones, quedarse en sus casas. La batalla deberá darse en las urnas.

Esta semana se materializó  -¡por fin!- uno de los fantasmas que más ha perseguido al gobierno de Juan Manuel Santos: la respuesta a cómo se refrendarán los eventuales acuerdos de paz en La Habana. Después de varios pasos en falso y de mucha creatividad jurídica, la Cámara de Representantes aprobó, en cuarto debate, la realización de un plebiscito con particularidades únicas para el tema de la paz dada la coyuntura histórica. Sólo falta su trámite en conciliación y la posterior revisión de la Corte Constitucional. Pese a las múltiples críticas que ha recibido esta iniciativa, sentimos que este es el mejor escenario para salir de un problema que, en principio, no debió existir.

No es cierto que los acuerdos de La Habana requieren refrendación en las urnas. De hecho, muchos de los acuerdos de paz a nivel mundial no han pasado por una votación. La justificación tiene que ver con el diseño institucional del país: la Constitución tiene disposiciones que garantizan que, en un caso extraordinario como éste, los ciudadanos se vean representados sin tener que ser convocados a las urnas. El presidente, elegido democráticamente, tiene la potestad y el mandado de adelantar las negociaciones de paz que considere pertinentes. El Congreso, también elegido por el pueblo, debe hacer control a los proyectos de ley que se desprendan de un acuerdo. Por eso, la idea de que era esencial una nueva votación nunca tuvo la razón. Sin embargo, como el presidente Santos prometió que habría refrendación, no podía echarse para atrás.

Ahora estamos ante una inminente campaña electoral y debemos analizar lo que se viene. El plebiscito aprobado tiene dos características: la victoria será por mayoría simple (es decir, la opción que tenga más votos ganará) y el mecanismo será vinculante si y sólo si esa opción victoriosa (sea el SÍ o el NO) obtiene una votación que equivalga al 13% del censo electoral. Haciendo cuentas, cuatro millones y medio de colombianos deberán votar, como mínimo, por la decisión que gane para que ésta sea vinculante. Salvo algunas precauciones, esta solución parece suficiente para que el país exprese su voluntad sobre el tema.

 Con este mecanismo perdieron algunos que, con cierta hipocresía, querían que el abstencionismo (rey en Colombia) se encargara de sepultar el esfuerzo monumental por un acuerdo de paz. El fin del conflicto armado más antiguo de Colombia no puede quedar a merced de quienes prefieren, por mil razones, quedarse en sus casas. La batalla deberá darse en las urnas.

El plebiscito garantiza que quienes están a favor y en contra se manifiesten. Lo dejó claro el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo: “Si el NO gana en el plebiscito, el proceso de paz se acaba”. La suerte está echada y la oposición no puede pedir una mejor oportunidad para hacer valer su parecer sobre el tema.

No puede, sin embargo, usarse este mecanismo para cualquier problema. Esta modificación debe ser únicamente para esta coyuntura de los acuerdos de paz, pero no debe modificar cómo funcionan en general los mecanismos de participación popular.

Además, el presidente debe saber que, de salir victorioso, ese SÍ no equivale a una carta blanca. Todos los proyectos que se necesiten para aterrizar el acuerdo deben surtir los debates en el Congreso y ser sujetos a la institucionalidad colombiana. Ahora, más que nunca, el sistema de pesos y contrapesos debe demostrar su solidez y vigencia.

Ojalá el país aproveche esta oportunidad para conocer todo lo que se ha pactado en La Habana y para sentir que sí, la paz depende de todos los colombianos. A las urnas, por favor. Este momento histórico no puede desperdiciarse.

EL ESPECTADOR/EDITORIAL