20 de junio de 2024

LAS RAÍCES DEL MAL

19 de noviembre de 2015

Si estamos realmente comprometidos con los principios fundantes de nuestras sociedades modernas, necesitamos evaluar críticamente la agenda intervencionista de las grandes potencias.

Entender no es justificar. Nuestro rechazo a los ataques en París y Beirut la semana pasada, como lo dijimos en este espacio el pasado lunes, es vehemente. La barbarie nunca es una respuesta aceptable. Nuestro sentimiento de pesar está con las familias que perdieron personas en Francia, en el Líbano y que siguen cayendo víctimas de los conflictos que plagan este mundo frágil. Sin embargo, en este momento de mayor dolor y oscuridad, cuando los discursos extremistas pululan y encuentran oídos fértiles, es justo cuando más tenemos que tomar distancia y preguntarnos: ¿cómo llegamos a este caos?

La maldad no se genera espontáneamente. Por más que la derecha francesa y el presidente François Hollande, justificadamente heridos, y tantos otros políticos e ideólogos de Occidente quieran simplificar el tema a una dicotomía perfecta entre “ellos” —asesinos bárbaros en guerra contra todos los valores que defiende Francia— y “nosotros” —representantes de las libertades y la democracia—, la realidad es mucho más compleja. Si de verdad estamos profundamente comprometidos con los principios fundantes de nuestras sociedades modernas, necesitamos evaluar críticamente la agenda intervencionista de las potencias occidentales.

Los ecos de George W. Bush que pueden oírse en el discurso reciente de Hollande son suficiente motivo para detenerse y reflexionar. La invasión nefasta a Irak, que derrocó a Saddam Hussein, es una de las causas directas que terminaron en lo que hoy conocemos como el Estado Islámico. Al día siguiente de los ataques, Francia intensificó sus bombardeos aéreos en Siria. Si bien las potencias han insistido en que sólo atacan objetivos militares, los efectos colaterales son inevitables.Según un estudio publicado en la revista British Medical Journal, el 27 % de los muertos por las bombas son menores de edad. Así es muy difícil que el resentimiento no crezca.

¿Cuántas veces el discurso de la democracia no se ha usado para intervenir en los asuntos de otros países? ¿Y cuántas veces esas intervenciones han demostrado tener motivos mucho menos altruistas? La complicidad de las potencias occidentales con regímenes antidemocráticos —pero afines a sus intereses comerciales— es otra incoherencia típica. Y si nos vamos más al pasado, encontraremos ejemplos más perversos de colonialismo arrogante.

Todo eso tiene sus consecuencias.

No nos malentiendan: el Estado Islámico es una organización deplorable que explota el fanatismo religioso para causar terror. Sus intenciones son explícitas: lo suyo es una guerra cultural contra todas las ideas de Occidente que entran en contradicción con su visión simplista y tergiversada del Islam. Lo que hicieron en París, en Beirut, con el avión ruso y con todas las personas que han decapitado, no tiene justificación alguna. Su capacidad de acción debe ser erradicada. Pero entender que nace de un contexto particular y que hay raíces para la enemistad que buena parte de la población en esos países siente contra Occidente, es un acto mínimo de honestidad con nosotros mismos.

La clave para un mundo más pacífico está en la capacidad de cuestionarnos el rol que tenemos en todo esto. El acto de guerra contra el Estado Islámico más contundente que puede cometer Occidente es actuar conforme a las ideologías que tanto profesa. Si reconocemos culpas y hacemos un acto genuino de contricción, si abandonamos esa visión imperialista del mundo por una mucho más integrada —como la que, por cierto, podemos construir en la cumbre de cambio climático que se viene pronto en París—, entonces los radicales quedarán expuestos como lo que son: enemigos irracionales de la igualdad, la libertad y la fraternidad.

EL ESPECTADOR/EDITORIAL