24 de mayo de 2022
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Discurso sobre la intemporalidad

Por César Montoya Ocampo
5 de noviembre de 2015
Por César Montoya Ocampo
5 de noviembre de 2015

cesar montoya

Trascender puede ser el verbo que tiene más profundidad y lontananza en el idioma castellano. Palabra mística, con resplandor de tabernáculo. Esas tres sílabas encierran la militancia humana, resumen el acopio de los anhelos, encasillan el coraje que alimenta la ilusión de ser perennes. Se persigue, consciente o inconscientemente, la intemporalidad. Seguir vivos pese a la fatalidad de la muerte es una aspiración que acariciamos en el rescoldo de  nuestra conciencia. Con un resultado fatal. Son pocos los nombres que perduran.

Este breve exordio desemboca en Gabriel García Márquez. Paladeamos borrascas prosísticas sobre el hijo de Aracataca. En varios siglos, tal vez en todos, nunca ningún escritor ha tenido tanto endiosamiento, tanto panegírico que lo ensalza como un fenómeno literario. Libros extensos, ensayos profundos, penetrantes escarceos psicológicos, auscultación sobre la voluntad divina que en él  sació la parábola de los talentos;  sobre ese diluvio  de fortalezas espirituales se han levantado decoradas arquitecturas para dimensionar su grandeza.

Todo en García Márquez cautiva y sorprende. En los albores lo cuidan los abuelos, deambula por los colegios, recibe superficial untamiento jurídico en su   fugaz tránsito por la universidad y después la vida se le vino encima con aplastantes derrumbes que él supo capotear  con resistencia heróica.

Bebió la cicuta de un destino adverso. Trashumante por los pueblos polvorientos de la Costa Atlántica  vendiendo a crédito pesadas enciclopedias,  durmiendo en fondas maltrechas, ganándose gota a gota el sustento diario, metido a estrujones en el  periodismo como gacetillero  sobre temas livianos y siempre bohemio desaforado. Fue suya la crápula, el ruido estrepitoso de los traganíqueles, contratado como cantante de arrabal. Al amanecer salía de las cantinas, sin un  céntimo en los bolsillos, la garganta dolida por los boleros vociferados, en rebusque ansioso para adivinar  en dónde podría encontrar un catre  samaritano. El desespero que le producían las  madrugadas sin abrigo  y el deseo irreprimible de folgar, lo  conducían a los lenocinios en donde encontraba meretrices ancianas que le daban cobijo y le agradecían que se acordara de ellas en la languidez de una pasión  vespertina.  Amartelando damiselas se graduó de sinvergüenza. Fue un machucante intrépido con un sexo desbocado.

En todos los libros de García Márquez se levantan santuarios a las prostitutas.  Se deslíe en relatos pegajosos para contarnos las traiciones a quienes robaba  el cariño momentáneo de sus queridas, los trucos maliciosos para sortear los peligros que le dejaban las sábanas, los miedos que capoteó para no ser asesinado por los maridos engañados. Hace los relatos en una prosa de ensueño, con marrullería literaria para convertir al lector en un compinche de sus truhanerías encantadoras. Todo se admira en él. El desenfado para descubrir sus apetencias carnales, la escenificación que le da a la taimada programación para hacer suya la mujer que codiciaba, el ritual del asalto que despierta y sorprende a la hembra dormida, cuando el semental ya ejercita el jineteo lujurioso.

García Márquez fue un mártir de su pluma. Podría imaginarse que era una curí para parir endemoniados apólogos. Equivocada  apreciación. Plinio Apuleyo Mendoza  en “El Olor de la Guayaba”  narra confidencias con este escritor genial y descubre que jalonaba las creaciones con gruesas manilas de mar, de esas que se usan para el fondeo de los Titanics. A diario ejercitaba su profesión, y en cuántas ocasiones  fue dolorosamente estéril, absolutamente nulo en su inspiración. Confiesa que, a veces, en toda una mañana apenas pergueñaba una página  que de inmediato destruía por su pésima calidad. Ese es el doloroso parto de las vendimias intelectuales.

¿A qué horas leyó? Un correcaminos, un bohemio pernicioso, un buscador obsesivo de hetairas fáciles, un dormilón de ventorrillos, ¿cuándo y cómo almacenó una gigantesca cultura, con tántos y tántos libros devorados? ¿Cómo hizo para reservarle espacios a su pluma que la volcó en obras que nacieron para ser eternas? ¿Cuándo organizó su imaginación loca, sin control, que jamás conoció linderos, para armar novelas y cuentos que hoy son andariegos universales  para colmar la avidez de fantasías, abrumadoramente bien contadas?

José Miguel Alzate acaba de publicar un extenso ensayo titulado “Para conocer a García Márquez”. Puede  afirmarse que agota el tema sobre este autor. Además de rastrearlo en sus peripecias rocambolescas, analiza con profundidad y acierto cada una de sus obras. Alzate tiene agudeza de psicólogo, es intuitivo y certero en el ahondamiento de esa personalidad excepcional. Además hace una síntesis afortunada de toda su producción, demostrando que es una autoridad  para exponer, en un discurso prosísticamente impecable, la vida total de este demiurgo que se transmutó en personaje  intemporal.

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