17 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Un sueño estúpido

1 de octubre de 2015
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
1 de octubre de 2015

cesar montoya

Anoche soñé conmigo. En amplio telón de blanco hiriente, un ángel que bajó del cielo,  escribía lo que fue la absurda programación de mi destino. Desperté, abrí la boca en un bostezo largo,  estiré el cuerpo, moví las bisagras de mis pestañas para encontrar mis  ojos y me sorprendieron briznas de luz matinal que se filtraban  por las rendijas de una ventana envejecida. El oído también amaneció en medio de un concierto musical. Afuera, en un patio plano, mugían los terneros, ladraban los perros, currucuteaban  palomos enamorados, los pájaros entonaban canoras melodías y percibía el carraspeo de los labriegos que, con canastos al hombro,  salían a trabajar en los maduros cafetales. Me ví de niño aldeano, con alpargatas camineras, corriendo por los potreros detrás de un becerro saltarín que huía para evitar su encierro, mientras yo, con rabia incontenida, lo salpicaba con madrazos. Escuché a Soledad, mi madre, en el afán de las vituallas, moviendo carbones encendidos para la sazón de los alimentos  y un vapor fragante de café se apoderó de mis pulmones. En esa película de cabriolas  caprichosas, resulté sentado  en la escuela veredal, en  medio de otros chiquillos, todos avispados, esperando  que una anciana maestra iniciara las enseñanzas. Estallé en carcajadas cuando, en alborada silenciosa,  me ví gateándole al  bolsillo de  mi abuelo para sustraerle dos pesos, entonces suma gigantesca que los despilfarré,   comprándole  bananos , cucas y siropes  a mi gallada. Mi viejo volteaba colchones, sacaba ropa de los armarios, revisaba bolsillos, buscando su dinero, mientras yo, travieso ladroncillo, fingía estar conmovido por ese extravío.

Avanzó la película. Aparecí en un convento ensotanado, con pechera blanca y solideo, desgranando rosarios  y asistiendo a varias misas matinales. Piadoso sí, los ojos prendidos de la cruz  de la capilla, en introversiones místicas, rogándole a Dios por la salvación del alma. Fueron siete años de camándulas, de avemarías y padrenuestros, saludando con el santo y seña religioso “viva Jesús en nuestros corazones”. Unas doncellas morenas holgazaneaban  en una casa colindante al edificio del seminario. Las miraba y el falo se encabritaba ante el espectáculo de esas hijas de Eva de carne apenas en capullo, con sinturas que parecían espadas de azucenas y unas miradas  que ¡válgame Dios! eran océanos de perdición. Sucumbí ante la tentación ingobernable  del sexto mandamiento y abandoné el tabernáculo sagrado.

Dí un sorpresivo brinco para zambullirme en una bohemia deliciosa. En la pantalla se iban  ensanchando los trazos del ángel y ahora danzaba los foxes de Enrique Rodríguez  en la garganta enamorante de Armando Moreno,  con acrobacias rumberas, engarzado con una mujer de piel canela, de carnes afrodisíacas. En noche de botaretes entusiasmos,  libaba con amigos licenciosos que me hacían  competencia en el arte de enamorar.  Resulté dándome pescozones a lo mero macho con  Jorge Mario Eastman peleándonos  las ternuras de una fémina apetitosa. Y era la voz de Carlos Gardel, y el Conjunto América y el Trío de Los  Cuyos que inundaban los espacios del corazón con sus retumbos melancólicos.

Ahora estoy en la tribuna con Gilberto Alzate Avendaño y Fabio Vásquez Botero, el primero gagueante y sublime y el segundo de corbatín, con habla gongorina y una cabellera abundante y sumisa. Fueron los tiempos de parla grecolatina, amancebados con las  metáforas, con grito clamoroso y gesto caudillesco.

Aparece Omar Yepes haciéndome daños. Yo dominaba las multitudes salamineñas, acaparadas por los festines de marranos azules , alcoholes y tipleros. No pertenecía a su militancia.  Mi presupuesto electoral llegaba a los cuatro o cinco mil votos y este Omar en un solo sábado  repartió más de 500 becas y desbarató mi trabajo de  seis meses de perseverantes prédicas. Los políticos golosos siempre ganan.

De pronto este querubín impiadoso que sigue escribiendo en el tablero, me encuentra viejo. Ya no soy el mozalbete bonito de nalgas apretadas , rubicundo, con ojos tragones y mejilla de mandarina. Me pincela  con arrugas profundas, ojeras amarillas, y un rictus desolado.

Tan veloz película termina. El Angel de la Guarda desaparece. Siento el mando  imperativo de  mi padre que me acosa para que con los campesinos, salga al labrantío. Llovizna. Me encapucho para  hundirme en la sementera buscando el trofeo de ser, en la vereda,  el mejor recolector  de  café.

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