19 de mayo de 2022
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El agua, la tierra y la vida

16 de octubre de 2015
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
16 de octubre de 2015

el papa francisco

Por: Albeiro Valencia Llano

En los últimos años nos sumergimos en una catástrofe ambiental. Según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC) los incendios han consumido este año 92 mil hectáreas de bosques y cultivos. En el departamento de Tolima el fuego arrasó 12.600 hectáreas de bosque tropical; 2.053 incendios consumieron 800 hectáreas de cultivos y cuatro mil de pastos, lo que trajo como consecuencia la disminución de la producción de leche. Desde el 28 de septiembre se desataron los incendios en Cali; primero se inició el fuego en la vereda El Banqueo pero fue controlado, sin embargo otro foco estalló en la vereda El Peón, en los Farallones. El caso más grave ocurrió en el Parque Farallones, donde la conflagración afectó un área de 2 mil kilómetros cuadrados. De acuerdo con los organismos de socorro y los vecinos, era triste “ver los animales huyendo, las aves en desbandada y los guatines, armadillos y reptiles, que salían de sus refugios para caer devorados por el fuego”. Según Juan Antonio Nieto, director general del IGAC, las consecuencias son gravísimas porque desaparece la fertilidad del suelo, se pierde la capacidad para captar agua, pues la tierra se compacta “ya no contará con la cadena trófica de materia orgánica, ni con la presencia de hongos, insectos, aves y mamíferos; en resumen se perderá la vida del suelo”.

Mientras tanto el fenómeno de El Niño viene secando los ríos. Según el Instituto de Meteorología, Hidrología y Estudios Ambientales (IDEAM) el río Magdalena está registrando niveles entre 1,43 metros y 77 centímetros de profundidad, lo que afecta la navegación entre Puerto Berrío (Antioquia) y Puerto Wilches (Santander). Este río, en su trayecto al mar, cruza por siete departamentos y 32 municipios, riega 889 mil hectáreas de ciénaga, es el hábitat de más de mil especies, y le entrega sus aguas al 77% de la población del país. La situación del río Cauca es peor porque entre La Virginia (Risaralda) y La Victoria (Valle del Cauca) reporta niveles entre 72 y 37 centímetros; esto evidencia una tremenda crisis ecológica porque afecta todas las formas de planicie y sabanas inundables que lo acompañan. Es en este punto cuando recordamos que la tasa de deforestación es de 20.530 hectáreas al año, que existen 122 especies amenazadas, y que se viene afectando la seguridad alimentaria de 35 mil pescadores que viven del río Magdalena; por eso aseguran que “sin río no hay vida”.

En el Caribe la sequía golpeó los ríos que abastecen el acueducto de Santa Marta; las cuencas de Piedras y Manzanares, que proveen la planta de tratamiento de Mamatoco tienen un déficit de 680 litros por segundo. Otro río con saldo en rojo es Caño Cristales, conocido como el río más hermoso del mundo; desde el primero de octubre se empezó a restringir el paso de visitantes para proteger el ecosistema. La cuenca se abastece de las lluvias y cuando cesaron las precipitaciones las plantas acuáticas, que producen la gama de colores, empezaron a perder su tonalidad debido a la intensidad de los rayos del sol. Los estragos de la sequía vienen afectando a los habitantes de 300 localidades donde hay racionamiento de agua y en algunas ciudades se iniciaron los cortes parciales de luz. A esto hay que sumarle las altas temperaturas; en Valledupar llegó a 40 grados durante ocho días de agosto. En algunos municipios de Cesar, como en Copey, La Jagua de Ibirico y La Paz, hay alerta roja por incendios forestales, y en Atlántico, Bolívar y Magdalena, hay riesgo de desabastecimiento de agua.

¿Dónde están los culpables?

Nuestros aborígenes veneraban la tierra; decían que “la tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella. Es nuestra vida y tenemos que cuidarla”. Los sacerdotes subían a los cerros tutelares y desde allí arrojaban maíz, frisoles, yuca, papa y raíces, como tributo; cuando el suelo se agotaba lo dejaban descansar y buscaban otros campos para cultivar. Los zenúes de La Mojana, donde se unen los ríos Cauca y Magdalena, controlaban las inundaciones. Ellos respetaron y protegieron las grandes ciénagas de Panzenú; aprovechaban el tiempo de verano para cavar, y construyeron una inmensa red de canales. Socavaban la tierra y la amontonaban sobre plataformas formando barreras para proteger las casas, cuando llegaban las lluvias. Por lo tanto sus pueblos no se inundaban, ni las sabanas del Finzenú que llegan hasta el mar. De este modo “podían vivir con placer en el agua y en la tierra, así como las ranas y las tortugas”.

La relación de nosotros con la naturaleza es muy diferente. Cuando finalizaba el año 2010 se desató un tremendo invierno con inundaciones que produjeron espanto. Las cifras fueron aterradoras: dos  millones doscientas mil personas afectadas por las lluvias, en 710 municipios de 28 departamentos; hubo  300 muertos, 59 desaparecidos y daños calculados en 10 billones de pesos. Los culpables de la tragedia invernal fueron los grandes hacendados, por su codicia, porque alteraron el cauce natural de los ríos para arrebatarles tierra. El río Magdalena tenía su lecho por un reguero de ciénagas que lo comunicaban con la bahía de Cartagena, pero desde 1950 los ganaderos empezaron a desecarlas y a romper meandros para quitarle curvas al río; de este modo ampliaron sus propiedades. Esta misma historia se ha repetido con los ríos Sinú, San Jorge, bajo Magdalena y bajo Cauca; al Sinú le cambiaron el cauce para abrirle paso a la represa de Urrá y, como los ríos tienen memoria, cuando llega el invierno reclaman su cauce. Por esta razón el Canal del Dique  pasó la cuenta de cobro en los primeros días del año 2011. Su ruptura desparramó las aguas hasta el embalse del Guájaro y se produjo un solo cuerpo de agua, de 550 kilómetros cuadrados, en el sur del departamento del Atlántico.

Y en verano se produce el fenómeno contrario. En julio de 2014 una ola de calor se apoderó de numerosas regiones y dejó dramáticas consecuencias porque en un mes murieron 15 mil reses en La Guajira y 10 mil hectáreas de cultivos se transformaron en un desierto. Se afectaron por falta de agua los departamentos de Magdalena, Atlántico, Córdoba, Sucre y Cesar; murieron 35 mil reses y los arroceros reportaron pérdidas por siete mil millones de pesos. En ese momento la conclusión fue que tenemos agua, pero mal repartida. Nuestro país es una región privilegiada por sus recursos naturales y posee el mayor número de ecosistemas del mundo; somos una potencia en agua pero este recurso no se distribuye por igual en todo el territorio. Por ejemplo, en Chocó llueve mucho, pero no ocurre lo mismo en otras zonas. La deforestación y los cultivos en laderas impiden que el agua lluvia llegue a los riachuelos, quebradas y ríos. Además está la sedimentación; solo el Magdalena arrastra más de  400 millones de toneladas al año, por el derrumbe de montañas y por la deforestación. Como no hay planeación el 80% de la población vive en cuencas con poca agua y 495 municipios no disponen de agua potable.

Las locomotoras mineras dispararon los conflictos ambientales; entre la explotación del oro y el carbón generaron el 47% de los conflictos y siguen en su orden el petróleo, los proyectos de infraestructura, las hidroeléctricas  y los agrocombustibles. Es necesario impulsar un proceso para restaurar los ecosistemas, porque si no cuidamos la naturaleza no hay futuro. ¿Cómo proteger y preservar la casa que todos habitamos?