21 de mayo de 2022
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La ley mordaza en Ecuador vista por un periodista colombiano (*)

15 de septiembre de 2015
Por Darío Fernando Patiño
Por Darío Fernando Patiño
15 de septiembre de 2015

Por Darío Fernando Patiño

Darío Fernando PatiñoLas cifras presentadas en el documento “Dos años de Ley de Comunicación, un retrato en cifras”, de María Paula Romo, Pamela Sevilla y Francisco Barbosa, correspondientes al período entre octubre de 2014 y abril de 2015 ponen en evidencia varias cosas: que es el Estado (54 por ciento) más que los ciudadanos (46 por ciento) el que ha usado la Ley Orgánica de Comunicación (LOC). Que el 82 por ciento de los procesos resueltos han terminado en sanción. Que el 96 por ciento de los medios procesados son privados y que de 143 sanciones sólo una recayó sobre un medio público y no fue multa.

En conclusión, la Ley es fundamentalmente un instrumento de los funcionarios públicos, es sancionatoria y no es para todos.

Pero si vemos la cantidad de dientes que tiene, 119 artículos más 89 de reglamento, y la forma discrecional como se puede aplicar, la Ley ha sido, en medio de todo, inofensiva, hasta ahora.

¿Qué pasaría si todos los funcionarios decidieran denunciar censura previa como lo hizo el alcalde de Loja porque no les dan cobertura a sus eventos y la Supercom falla en su favor?

¿Qué pasaría si todos los funcionarios, abogados o ciudadanos hicieran uso del derecho a la réplica que es automático e infinito y que en el caso de los medios audiovisuales no es proporcional con el tamaño de la ofensa? (Una alusión de 10 segundos puede originar una réplica de 30 minutos o más, según la duración del programa).

¿Qué puede suceder si  los medios independientes desafiando todos los riesgos, denuncian actos de corrupción y como consecuencia de ello causan desprestigio a personas naturales o jurídicas y les aplican el linchamiento mediático? (Aquí ni siquiera importaría que la denuncia sea cierta. Basta que se publique varias veces o en distintos medios).

Tal vez se llegaría a lo que el ex ministro y presidente del IESS, Richard Espinosa, vaticinó en una audiencia en Supercom: “Si es que los medios de comunicación tienen que llenar sus periódicos de rectificaciones y si es que las rectificaciones superan a las noticias que estos generan, pues bienvenida la Ley de Comunicaciones, pues al fin tenemos el derecho a informar adecuadamente. Al fin el país se puede informar”. (El Universo, 5 de junio).

Un triste pero posible panorama. Y eso que todavía hay artículos y engendros de la LOC sin estrenar.

Pero la Ley no ha traído solamente sanciones. También ha dado origen a unos sofismas que los propios periodistas afectados deberán desmontar.

Que la Ley trajo la autocensura. Autocensura implica autocrítica, reflexión, cautela. Pero si un medio tiene la certeza de que será sancionado aunque diga la verdad, en realidad está censurado. El castigo es una censura a posteriori.

Que la Ley es un instrumento dado por el pueblo al gobernante para que libre una batalla contra una prensa corrupta, desequilibrada e inmoral. ¿Y qué pasa con los medios oficiales y públicos? ¿Hacen información equilibrada y razonable? ¿Por qué el gobernante nunca habla de sus medios? ¿Por qué la ley nos los ha cobijado?

Qué la Ley ha mejorado el periodismo. Creer eso es tener en muy pobre concepto el periodismo de un país y aceptarlo es tener la autoestima en el piso.

En los últimos meses casi todas las leyes aprobadas o solamente anunciadas en Ecuador, han generado protestas porque afectan a uno u otro sector. Con la LOC se afectan todos los ciudadanos, pero nadie se movilizó. Ojalá cuando el país se entere de lo que ha perdido, cuando haya más rectificaciones y réplicas que noticias, cuando solo se informe lo adecuado (en palabras de Espinosa) , lo que no es sancionable, y cuando algunos miembros se quiebren por las múltiples multas (con tres de las grandes un medio queda liquidado) ojalá no sea demasiado tarde.

(*) Nota: este artículo del colega Patiño fue publicado originalmente por la revista “Vistazo”, de Quito, Ecuador, con el título “Y eso no es nada”).