22 de mayo de 2022
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«Golpes como el odio de Dios…»

12 de septiembre de 2015
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
12 de septiembre de 2015

A VUELAPLUMA

augusto leon restrepo

El miércoles 2 de septiembre, la familia siria integrada por el padre Abdullah Kurdi, su señora y sus dos pequeños hijos, de 3 y de cinco años, se embarcó desde la península turca de Bodrum, con destino a la isla griega de Kos. El motivo: querían huir de los desastres ocasionados por el continuo enfrentamiento entre kurdos y el autodenominado Estado Islámico, en Kobane, ciudad al norte de Siria, su domicilio permanente. Por los medios que fuera, aspiraban a llegar algún día al Canadá, donde sus parientes les proporcionarían auxilio para reiniciar su vida y olvidarse así de la violencia, de la pobreza y de la guerra. La embarcación hizo aguas y su comandante, un traficante de personas, como las ratas, desertó y salió a tierra firme . Abandonó a sus pasajeros. Abdullah quiso tomar la dirección de la frágil nave, pero las gigantescas olas la volcaron y perecieron la madre con sus dos infantes.

Abdullah sobrevivió. Al cadáver de su hijo de tres años, Aylan Kurdi, lo hallaron en una playa de Turquía. La fotorreportera turca Nilüfer Demir, se encontró con este desgarrante cuadro: un niño de camiseta roja, shorts de jean y zapatos oscuros , de cara contra la arena y el agua golpeándole la cabeza. Estaba muerto. Confesó la fotógrafa, quien ha vivido años enfrentada al dolor, que se le heló la sangre. Disparó el obturador y obtuvo la imagen que ha recorrido el mundo y que ustedes, quienes me leen, recuerdan con infinita desolación. «No podía hacer nada por el. Lo único que podía hacer es que su grito fuera escuchado en el mundo, y lo hice con su fotografía » .

A unos diez días de este episodio, columnistas de diversos medios han expresado que la difusión del documento fotográfico es morbosa y agrede sensibilidades delicadas. Otros, como yo, creemos que , querámoslo o no, la escena pertenece desde ya a los íconos que tiene la humanidad para recordarle entornos y actitudes que la avergüenzan y la estigmatizan. A algunos les ha causado angustia existencial; a aquellos , remordimientos y anhelos de ser buenos ; y a los de acullá, indiferencia absoluta : la desgracia hace parte de su paisaje cotidiano. Aquí y en el resto del mundo parece ser que el sufrimiento se haya empotrado en el alma universal. El cadáver de ese niño, es una imprecación al hombre contemporáneo que en vez de mirar hacia el horizonte lo hace hacia las simas, hacia las profundidades insondables. Esas víctimas simbólicas, encarnadas en niños y en infantes que pagaron con sus vidas el acto gratuito de haber nacido, que la Revista Semana expuso en las páginas de su última edición, en mi caso y de por siempre, me conturban y me desesperanzan. Ponen a tambalear mi convicción de que algún día el hombre derrotará a la muerte y las circunstancias que la originan: la guerra por el poder, por el territorio, por la riqueza, por el petróleo, por el oro, y en el futuro cercano por el agua. Y la fe en que nos podamos reconciliar con la Madre Tierra, si abandonamos todo aquello que la degrade o que la consuma.

Omaira Sanchez, la pre adolescente que murió después de una extensa agonía y a quien en vivo y en directo le escuchamos su último suspiro en medio del lodo de la catástrofe de Armero, en Colombia, el 15 de noviembre de 1.985 ; Phan Thi Kim Phuc, la niña que corre, despavorida, con su piel quemada y humeante después de que una bomba de napalm cayó sobre su aldea el 8 de junio de 1.972, en la guerra de Vietnam; una pequeña anónima que fue captada en la hambruna de Sudán, que agonizaba de hambre mientras un buitre la acechaba, el 23 de marzo de 1.993, y el cadáver solitario sobre la arena de Aylan Kurdi, quien con sus padres emprendía el ignoto y desconocido destino de todos los desplazados de la tierra, nos abofetean para recordarnos que la solidaridad, así sea de una sola lágrima, tiene que acompañar a los que sufren y los que lloran. Y en especial, cuando son niños. Y perdonen la tristeza, como remató uno de sus poemas el gran peruano, César Vallejo, cuyos ecos de sus Heraldos Negros resuenan en mis oidos : » hay golpes en la vida, tan fuertes….¡ Yo no sé !. Golpes como el odio de Dios… «