12 de agosto de 2022
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La RSE en el proceso de paz

23 de agosto de 2015
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
23 de agosto de 2015

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Sierra Jorge EmilioEstá bien, muy bien, que los empresarios participen en el nuevo proceso de paz en nuestro país, según ocurrió en ocasiones anteriores, sobre todo durante el mandato de Andrés Pastrana, cuando asumieron un verdadero protagonismo en tal sentido a través de figuras bastante representativas. Y aunque cabe suponer que ahora la situación es distinta, con mayor discreción y reserva, cabe esperar que otra vez sean tenidos en cuenta, como debe ser.

Desde las primeras de cambio, por fortuna, las cosas han pintado a favor. En efecto, en el equipo negociador inicial del gobierno estuvo presente nada menos que la ANDI, nuestro más poderoso gremio empresarial por reunir a los grandes industriales, el cual estuvo representado por su presidente, Luis Carlos Villegas, quien recién asumió nada menos que el Ministerio de Defensa tras su estratégico paso por la Embajada de Colombia en Washington. Tal designación fue un acierto, sin duda.

Mejor aún: la ANDI, con Villegas a la cabeza, ha sido el sector líder de la Responsabilidad Social Empresarial en Colombia. Basten algunas pruebas: su gestión al respecto, con el apoyo institucional requerido para sus afiliados; la promoción del Pacto Global de Naciones Unidas, cuya sede regional en Bogotá fue obra suya en gran medida, y su foro internacional sobre RSE, como el efectuado con el BID en Cartagena.

Así las cosas, la RSE en el actual proceso de paz parece estar en buenas manos. Pero, ¿eso qué significa? Intentemos responder a tan inquietante pregunta.

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La paz es tema clave de la RSE. ¿O será que alguien puede ser socialmente responsable si practica la violencia, actuando en contra de las normas éticas y jurídicas que deben regir el comportamiento de un buen ciudadano? ¡No! La RSE exige, por definición, ser amigo de la paz, siendo ésta precisamente uno de sus principales objetivos, incluso en el campo empresarial.

Recordemos, a propósito, que la ONU adoptó la Declaración Universal de Derechos Humanos tras la Segunda Guerra Mundial, fundada en que el respeto a estos principios es condición básica de la paz en el mundo. Por ello no es de extrañar que el citado Pacto Global incluya en su decálogo la protección de derechos humanos en las propias empresas.

A dicho tema, en realidad, no deben ser ajenos los empresarios, ni por ende a cuestiones políticas como el proceso de paz, las cuales recibían otrora un manejo exclusivo del gobierno o el Estado, al margen del sector privado y hasta de la sociedad civil. ¡No! La Responsabilidad Social Empresarial dio al traste con esa vieja concepción, también por fortuna.

¿Y qué decir de los derechos laborales, contemplados igualmente en el Pacto Global? Para expresarlo sin rodeos, la violación de tales derechos es causa permanente de conflictos, tanto en las empresas como en la sociedad, y en la medida en que se respeten le apostamos a la paz, con el debido respeto a la dignidad de las personas, de los trabajadores.

Digamos, por último, que las empresas socialmente responsables contribuyen en alto grado a resolver nuestros mayores problemas nacionales (violencia, pobreza, desempleo, etc.), impulsando además las reformas necesarias para construir una auténtica democracia económica y social, no sólo política o formal.

Tampoco esto es asunto exclusivo del gobierno o el Estado. Al fin y al cabo el sector privado ya tiene en ocasiones mucho más peso que el público, con mayor impacto en la economía, y en consecuencia le corresponde poner su parte, aún para su beneficio.

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En cuanto a la contraparte, o sea, la guerrilla, sí que le compete actuar con responsabilidad social. No lo ha hecho todavía, es cierto. Al contrario, va en contra de los derechos humanos, fundamentales, como que su norma suprema ha sido la violencia, la guerra, concebida desde Marx como “la partera de la historia”.

En su nombre, viola el derecho a la vida, con múltiples y horrendos asesinatos; el derecho a la libertad, por ejemplo con el terrible delito del secuestro, y el derecho a la propiedad, pues defiende la eliminación de la propiedad privada, origen en su concepto de las desigualdades que busca superar.

Rechaza, en fin, el sistema capitalista, inspirado en la economía de mercado, así como la democracia liberal, a la que tilda de burguesa por estar al servicio del imperialismo y cosas por el estilo. Niega, a su turno, que su propuesta política conduzca (como sucedió en la Unión Soviética y Cuba) a regímenes totalitarios, en medio de las peores dictaduras, mientras su modelo económico fracasó en forma estruendosa, asegurando la igualdad… ¡en la pobreza!

La guerrilla, por consiguiente, debe dar marcha atrás en todo lo anterior, con auténtica responsabilidad social, para que el proceso de paz tenga éxito. Si no es así, esta guerra fratricida se prolongará en Colombia, sabrá Dios hasta cuándo.

(*) Director Revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar