21 de julio de 2024

Personajes típicos de Aranzazu

30 de agosto de 2015
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
30 de agosto de 2015

Por JOSE MIGUEL ALZATE

jose miguel alzateNo sé hasta dónde tenga sentido escribir sobre esos personajes que por su comportamiento ante la comunidad todos califican de típicos. Creo, sin embargo, que es importante rescatar del olvido a esos seres anónimos que todo el mundo mira como si fueran personas extrañas, salidas quién sabe de dónde, sin arraigo en la sociedad. Hay que buscar, entonces, en la memoria, entre ese cúmulo de recuerdos que nos ha dejado la existencia, las huellas de esos personajes que fueron motivo de atención en nuestra infancia. No es tarea fácil, desde luego. Sobre todo porque, a veces, la memoria no nos facilita recordar los rostros de esas personas que por su forma de ser, por salirse de lo normal, por despertar la risa de la gente, es catalogada como personaje típico.

El tema me ha llegado después de leer, con el cuidado que una prosa bien elaborada merece, el libro que en homenaje al maestro Ovidio Rincón Peláez, en la conmemoración de los cien años de su nacimiento, acaba de publicar la Alcaldía de Risaralda. Posiblemente Aranzazu no ha dado tanto personaje digno de reseñar como parece que sí ocurrió en Risaralda. Pero los pocos que yo recuerdo de mi pueblo dejaron la impronta de su presencia en las calles, corriendo detrás de  quienes los insultaban, o gritando palabras soeces en la plaza, o haciendo reír a la gente con sus actos salidos de lo común. En Aranzazu estos personajes se ponían pantalones que en la mayoría de las veces les quedaban grandes, andaban descalzos y hacían mandados.

El personaje típico que más se recuerda en mi pueblo es José la tunga. Tuvo, incluso, más fama que la batallona. Era hijo de Merceditas González, una mujer que en Aranzazu fue reconocida como la heroína de la masacre de 1935, cuando unos policías llegados de Salamina alborotaron el pueblo, ocasionando varias muertes. Bajito de estatura, un poco rubio, de ojos saltarines, con caminado de mula cansada, solía ubicarse en los bajos del atrio de la iglesia. A veces llevaba al hombro un costal. De piel rosada, manos largas y cabello desorganizado, las emprendía a madrazos contra los muchachos cuando se atrevían a desafiarlo gritándole vainas. Se ponía unos pantalones de tela gruesa que, casi siempre, se amarraba a la cintura con una cabuya.

Un personaje que en Aranzazu se recuerda con cariño es Raquelita Gallo. De figura menuda, cabello blanco y andar cansado, vivía en una casita pequeña media cuadra arriba del hotel de Turismo. Era una mujer rebuscada para hablar, Decía que el idioma no podía ser maltratado. Expresaba las cosas en forma tan despaciosa que a veces desesperaba a la gente. Fue de las primeras maestras que se pensionaron en el municipio. Colaboraba en todas las cosas de la iglesia. Eso sí, para hablar con ella había que utilizar paraguas. Todo porque cuando hablaba le salía de la boca, constantemente, la saliva. Dejó una serie de anécdotas que todavía la gente recuerda. La cuidaba una sobrina que tenía un nombre extraño: Macrina.

A comienzos del Siglo Veinte existió en Aranzazu un señor que lo llamaban el mono parquero. No he podido averiguar cuál era su nombre. Tenía una venta de revuelto en los bajos de la casa de don Maras Ocampo, que quedaba exactamente en el punto donde hoy funciona el Club Miraflores. Pues este señor, que cuidaba el parque, cuando tumbaron las dos palmas que había frente a la antigua iglesia salió corriendo por las calles gritando que se aproximaba el fin del mundo. Rubio, espigado, de nariz alargada, tenía una sonrisa a flor de labio que lo hacía encantador en el trato. Echaba chistes flojos y, cuando la gente no se reía, les decía: “Entonces me rio yo por usted”. Y soltaba una carcajada que se escuchaba a veinte metros.

Miguelito el carbonero es uno de esos personajes que se quedó en el recuerdo de varias generaciones de aranzacitas. Bajito, llevando siempre un costal en el hombro, recorría las calles con paso menudo, como si no llevara afán. Tenía el rostro totalmente negro. Vivía por los lados de la Pampa. Todos en el pueblo decían que el color de la cara obedecía a que nunca en la vida se había bañado. Lo llamaban el carbonero porque su trabajo era vender carbón en las casas. Mantenía el producto en la misma pieza donde dormía. De ojos pequeños, cuerpo enjuto y rostro arrugado, despertaba la simpatía de los niños. Cuentan que una vez varias personas lo cogieron a la fuerza para bañarlo. Pero era tanto el hollín de carbón acumulado en el cuerpo, que fue imposible dejarlo otra vez blanco.