17 de agosto de 2022
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Pacto Global de las empresas con responsabilidad social

9 de agosto de 2015
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
9 de agosto de 2015

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Sierra Jorge EmilioEn 2015 se llegó a la meta trazada por Naciones Unidas para alcanzar los llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio. El asunto, como era de esperarse, recibió amplio despliegue en los distintos medios informativos, sobre todo especializados en temas de RSE, Sostenibilidad y Medio Ambiente.

Pero, ¿de qué tratan -preguntará alguien- tales Objetivos? ¿Y cuál es el desarrollo en cuestión? ¿Por qué, entonces, se habla de los Objetivos de Desarrollo del Milenio lanzados en víspera del ansiado y en ocasiones temido año dos mil, o sea, ante el nuevo milenio del que apenas llevamos tres lustros? ¿A qué viene, en fin, tanto escándalo con tan espinoso tema que se aborda a diario en los medios periodísticos del mundo entero?

A dichas preguntas intentaremos responder a continuación, aunque sea a vuelo de pájaro. Veamos.

Objetivo: El desarrollo

El desarrollo, para empezar, ha sido tema central de la ciencia económica desde sus orígenes. La economía, claro está, busca el desarrollo de los pueblos, para lo cual incluso ha propuesto modelos de desarrollo, entre los cuales la apertura económica, que implica la liberalización del comercio al retomar principios de la economía clásica (neoliberalismo, mejor dicho), es otro modelo, como lo era el cepalino de Raúl Prebisch en América Latina, entre otros.

Pero -insistamos-, ¿qué es el desarrollo? Para algunos economistas, el desarrollo es sinónimo de crecimiento económico, concluyendo así que cuando aumenta la producción nacional -el PIB, que dicen- hay desarrollo o al menos progreso en la sociedad. Hay quienes, sin embargo, no están de acuerdo con esa visión simplista, economicista en extremo.

Estos últimos afirman, en efecto, que el crecimiento económico es necesario para el desarrollo, pero no suficiente. No basta, pues, el mejoramiento de la economía, por importante e imprescindible que sea. No. Hay que mejorar también las condiciones sociales (en educación, salud, vivienda, alimentación, etc.), lo que no siempre se logra con el simple incremento del PIB.

Más aún, el citado crecimiento económico suele concentrarse en pocas manos, es decir, hay concentración de la riqueza, y al mismo tiempo crece la desigualdad, según lo demuestra el ya célebre libro de Thomas Piketty, “El capital en el siglo XXI”, quien comprueba una tendencia histórica del capitalismo en tal sentido, confirmada a su vez en los diferentes países y regiones.

Es necesario, entonces, que crezca la economía pero en igual forma se reduzca la desigualdad (cosa que sí es posible, según Piketty, con reformas estructurales al capitalismo) y, por ende, mejoren los indicadores sociales (en salud, educación, etc.), especialmente en lo que se refiere a la lucha contra la pobreza con todas sus graves secuelas, desde la violencia hasta el narcotráfico.

Es el hombre, el ser humano o la sociedad, quien aparece acá como objetivo central, dentro de una visión humanista digna de aplauso. Se busca, en fin, desarrollo humano (que también promueve la ONU con programas como el PNUD, dedicado al desarrollo), y desarrollo sostenible, el cual comprende los aspectos ambientales que tienen cada vez mayor importancia (la pasada cumbre mundial Río+20 adoptó los Objetivos de Desarrollo Sostenible, nada menos).

He ahí, en líneas generales, qué son los Objetivos de Desarrollo del Milenio, trazados por la ONU con el apoyo de los numerosos países miembros, representados por sus gobiernos.

El decálogo de la RSE

Una pregunta era obligada, sin embargo: ¿Basta la acción de los gobiernos para alcanzar tan nobles objetivos? ¡No!, respondieron al unísono en la ONU, donde se vio la urgencia de vincular a las empresas en la lucha contra la pobreza y la corrupción, el hambre y la desnutrición, las múltiples carencias sociales de vastos grupos de la población a lo largo y ancho del planeta.

¿Por qué? La razón es obvia: las empresas son hoy, incluso por encima de los gobiernos, el gran motor de la economía, tanto que su producción en algunos casos llega a superar al PIB de países enteros, aunque parezca imposible. El Estado, a su turno, es incapaz por sí solo de resolver los graves problemas sociales que padecemos. Se requiere, pues, la ayuda del sector privado.

Se propone, entonces, un pacto global en torno a los mencionados Objetivos de Desarrollo del Milenio, suscrito ahora por el sector empresarial con base en principios éticos, de una ética igualmente global, a la que nos referimos en un artículo anterior, donde expusimos las tesis de Hans Küng que fueron acogidas por el entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan.

Annan, por cierto, lanzó el Pacto Global en la cumbre empresarial por excelencia: el Foro Económico Mundial de Davos (Suiza), en 1999, presentando así este nuevo decálogo que implica, en la práctica, el compromiso de las empresas, desde sus máximos directivos, con enfrentar la corrupción y proteger los derechos humanos, laborales y ambientales, que de veras no es poco.

Por fortuna, las más poderosas compañías multinacionales acogieron con entusiasmo la iniciativa, firmaron el Pacto y decidieron en consecuencia avanzar por el camino de su responsabilidad social, o sea, de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) y la sostenibilidad, con la debida presentación de informes anuales a la ONU, en la oficina del Global Compact en Nueva York.

El Pacto Global, desde entonces, ha venido creciendo. No sólo por el número de empresas que lo suscriben, incluidas otras organizaciones sociales (universidades y medios de comunicación, por ejemplo), tanto grandes como pequeñas y medianas, sino también porque en 2006 se sumaron los principales fondos de inversión y Bolsas de Valores, comprometidos con la inversión responsable.

¡Enhorabuena!

Rendición de cuentas

La presentación del informe es voluntaria, como lo es la RSE en su conjunto. La ONU apenas recibe la carta de adhesión al Pacto y los informes respectivos, pero la evaluación no está a cargo suyo sino de los diversos grupos de interés de cada organización (empleados, consumidores, proveedores, etc.), a quienes debe hacerse la divulgación correspondiente, sin alterar la realidad.

Que juzgue la opinión pública, mejor dicho. O la comunidad, si se quiere. O, en forma específica, los clientes, usuarios o consumidores, también en ejercicio del consumo responsable, mientras los inversionistas o acreedores se guían a su vez por la inversión responsable. Para ello, la empresa u organización similar debe hacer rendición de cuentas, prueba de su transparencia u honestidad.

(*) Director de la Revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar (Colombia