17 de agosto de 2022
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Una democracia podrida

30 de julio de 2015
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
30 de julio de 2015

cesar montoya

La política, ahora, es una letrina. Caen a ese tanque de miserias todos los detritus de una actividad electoral convertida en cínico mercado  de las apetencias que se pueden comprar con el vil metal.

¿Principios? ¡Cuáles principios!  Imperan las chequeras, el dinero contante y malhabido que circula en la clandestinidad, (como lo hacen los mafiosos), los préstamos para ser pagados  cuando  se llegue a una gobernación o a una alcaldía. Soportamos una política rastrera, de zancadillas, no de manos limpias sino de pezuñas transformadas en garfios para agarrar los desperdicios morales que van dejando los actores de una actividad sin grandeza.

Los que somos activistas y  recordamos en nuestras prédicas los fundamentos   que enmarcaron la nacencia de los partidos, somos unos profetas trasnochados, pobres oradores de baratijas verbales,  orates de unas ideologías que ya  murieron, parleros que vivimos en un mundo antiguo.

Ahora es el dinero, la rapiña  sedienta del presupuesto, la riqueza rápida  mediante los aruñazos  a  la hacienda pública. Reinan los adiposos con sus vientres rellenos de pesos, conseguidos  en las mansardas del delito.

Maldito el dia  en que se dio luz verde a la elección popular de concejales, alcaldes y gobernadores. Aterrizamos en el mundo de los buitres. Graznan las aves de  mal aguero,  arrastran su microcuerpo peludo y asustador los gusanos que se deslizan por los subterráneos del poder.

En muchos  municipios manda la delincuencia.  Con la  monserga que no existen  antecedentes penales si no hay una condena en firme, se filtran los ulcerosos, se acomodan los bandidos que le robaron al Estado, los avezados matreros del narcotráfico, diestros   para los inventos artificiosos

Para eso están  los chupatintas que alargan con trucos procesales las investigaciones para conseguir las prescripciones. También la pereza de algunos jueces que duermen y roncan sobre los expedientes.

A ese derrumbe aparatoso de las costumbres , agréguese  el mercado impúdico de los avales. Deben circular los billetes para obtenerlos. Presionan las influencias, priman los compadrazgos y desaparece la moral. Los aspirantes se trasladan de un partido a otro, merodean aquí e intrigan allá, para acampar a la sombra  de unos movimientos insignificantes, de escaso volumen electoral, que surgen  como dispensadores de los avales que los grandes partidos niegan.

Los candidatos se acomodan. Si liberal,sorpresivamente  surge como conservador. Traslada sus bártulos  a la colectividad  que le solucione  sus apetencias. Hediondos, gelatinosos y desvertebrados, obtienen  bendiciones espúreas.

Se acabó el gobierno de los eupátridas y la soldadesca destructora de Atila derrumbó los templos de la democracia.

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