5 de marzo de 2021
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No hay fórmula mágica, pero tenemos que firmar la paz o hacer la guerra

7 de julio de 2015
7 de julio de 2015

BOGOTA, 07 de Julio de 2015 (RAM)  La guerrilla ha puesto el proceso de paz frente al pelotón de fusilamiento. La confianza de los colombianos respecto de los diálogos que se siguen en La Habana, Cuba, está hoy en su nivel más bajo.

No es para menos. A la mano tendida, las Farc han respondido con terrorismo y muerte de oficiales, soldados y civiles inocentes. A través de acciones premeditadas.

Pruebas fehacientes de lo que digo la constituyen el asesinato de 12 militares en el Cauca hace pocas semanas y la actividad destructora contra oleoductos, así como el derrame de 10 mil barriles de petróleo al río Mira que provoca el daño ecológico más grave en toda la historia republicana de nuestro país.

Esas son solo algunas de las más de mil acciones terroristas de las Farc en medio del diálogo de paz con el gobierno. Lo de la tregua unilateral de la guerrilla el pasado mes de diciembre, fue una fugaz golosina para quien ansía dulce. Los sistemáticos ataques de los últimos 15 días hacen prácticamente imposible un cese bilateral al fuego.

Como reza el refranero popular, jamás hemos creído que alcanzar la paz sean tan fácil como quitarle el pelo a un gato pero si teníamos la esperanza de encontrarnos con una cúpula guerrillera realmente comprometida con la reconciliación y cansada de la guerra.

Una guerrilla que abandonó su romanticismo ideológico por la extinción de la lucha de clases y asumió el conflicto armado como la única vía para lograr el poder, tuvo que aliarse con el terrible delito del secuestro y la nefasta práctica del narcotráfico para financiar el terrorismo y las emboscadas contra la legitimidad. Después de eso, la única salida es la reintegración a través del acuerdo de paz.

Cada día el terrorismo y sus consecuencias para la sociedad, pierden cualquier tipo de sustentación racional que pretenda dárseles. Quienes siguen en esa conducta están condenados a caer algún día víctimas de su invento, sin conocer el perdón.

Desde todos los continentes, el mundo se ha movilizado en favor de la paz en Colombia. Desde las grandes potencias hasta las naciones más modestas, han unido sus voces en procura de un proceso que debería dar frutos jugosos al desarrollo, a la equidad, a la educación y a la tranquilidad para disfrutar la geografía en la que nacimos y vivimos.

De allí que millones de colombianos hayamos acogido con entusiasmo y convicción el proceso de paz planteado por el Presidente Juan Manuel Santos, luego de la política exitosa de seguridad democrática que restableció el orden público e hizo retornar la confianza inversionista. Habiéndonos colocado en el terreno de la prosperidad democrática, el riesgo era apostarle a la reconciliación definitiva o a una guerra inútil con pequeños frentes terroristas.

Sin exceso triunfalista, nos sentamos a dialogar en La Habana en donde se han logrado acuerdos importantes respecto de la agenda establecida. Las negociaciones parecen haberse estancando en el punto de víctimas, pero se cree que podrían anunciarse alentadoras noticias al respecto en próximos días.

Como demócratas y fervorosos creyentes de que la convivencia pacífica es el único y real camino para la transformación política, el desarrollo económico y la estabilidad social, somos aliados de la solución negociada dentro del conflicto.

Sabemos que no hay fórmulas mágicas para firmar la paz, pero no podemos quedarnos en la “patria boba” de los diálogos interminables que en lugar de voces reconciliadoras alimentan la angustia de la guerra. Queremos la paz, apoyamos la paz, desde el Congreso contribuimos a ella. Sin embargo, es la hora de las definiciones: o firmamos la paz con elementos mínimos de justicia, perdón y olvido o el país se nos muere en la guerra.