7 de marzo de 2021
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Las araucarias (X-6)

Por Hernando Salazar Patiño
5 de julio de 2015
Por Hernando Salazar Patiño
5 de julio de 2015

CORTO CIRCUITO

hernando salazar

Por Hernando Salazar Patiño

Con el viento
se estremecen y se agitan
las hojas -también
se emociona, el recio
tronco del árbol.
Oscarina: Javier Tafur
El viento vuelve
y vuelve
sobre la rama esquiva
En la noche con furia
vuelve y arremete.
El crujido
de la rama al caer
es de gozo
sol de luna: Uriel Giraldo Álvarez

Como el señor Jourdain, el ingenuo y divertido personaje de “Le bourgeois gentilhomme”, que en diálogo con un profesor de filosofía descubre, con más de cuarenta años,  que hablaba en prosa sin saberlo, confieso que a lo largo de estos textos, no he tenido  en cuenta que he descrito  toda clase de ciudadanos dendrófobos, o “asfaltófilos”, como los denomina el ingenioso periodista mexicano Guillermo Farber, y que Manizales es una ciudad  dendrofóbica, por el temor y la antipatía hacia los árboles por parte de muchos de sus habitantes, y en grado de empeoramiento, según reza la definición, por los que tienen poder de decisión, de dictaminar su destrucción, como los funcionarios y la prensa,  siempre prestos  a  aceptar y magnificar los más tontos e ilógicos argumentos para que los desaparezcan. Gracias al profesor Freddy Rojas Rodríguez, investigador de la Universidad de Costa Rica y al  escritor de brillantes “sarcasmos” y “farberismos”,  que exponen con claridad en qué consiste, me convencí de que esa es la fobia que se padece en mi ciudad. En griego antiguo dendro significa árbol.

El término  me lo volvió a traer  a la curiosidad la nota de El Tiempo en sus sección de Hace 100 años, o sea del 25 de junio de 1915, en la que una fotografía en sepia del antiguo Parque del Centenario o de la Independencia,  muestra  en su marco de jardines La Rebeca, que se le atribuye al artista quindiano Roberto Henao Buriticá,  aunque a mí me tocó verla a mediados de los años sesentas cuando ya estaba en la calle 26 con 13, rodeada con verja de hierro y un montículo de piedra que hacía de palco para los gamines a le espera de bañarse en la fuente. En la alcaldía de Enrique Peñalosa le quitaron todo recuadro y quedó por ahí mismo, atravesada pero casi inadvertida.  Bajo el encabezado “En favor de los árboles” se lee: “ En Colombia, salvo un par de estudiosos, nadie se preocupa del importante papel que desempeñan los árboles para la regularidad de nuestras dos estaciones: la seca y la lluviosa, y para el régimen de las aguas que forman los manantiales . En nuestra sociedad existe la dendrofobia o temor a los árboles. El congreso debe expedir una ley sobre repoblación de los montes”.

Estos mínimos renglones hacen preguntarme  sobre quiénes serían en aquel tiempo esos  estudiosos de los árboles para el equilibrio climático. Estaban  vivos  todavía botánicos y naturalistas que hicieron historia: Don Jerónimo Triana,  que recorrió nuestras montañas por 1852, recién nacida la ciudad, Andrés Posada Arango, José María Quijano Wallis,  Ricardo Lleras Codazzi,  Liborio Zerda, Carlos Michelsen y sobre todo Joaquín Antonio Uribe, quien para Emilio Robledo, sabio médico, historiador y también botánico, era un “verdadero poeta de la naturaleza”, pero por esos años dirigía el Liceo Antioqueño y  publicaba sus famosos “Cuadros” en editoriales de Medellín.

También  El Tiempo, en ese año o en uno muy próximo,  publicó el “Monólogo de las árboles” de Max Grillo, hermosa página en que lamenta el derribo de los pinos de la llamada Avenida de La República –carrera séptima-, que él viera sembrar, y que el diario reprodujo celebrando el centenario del escritor, con la que acompañaré más adelante estos apuntes. No sabría decir si hicieron caso entonces a esa “repoblación” ya que  esas leyes debieron dictarse más tarde, cuando la urbanización de un país rural comenzó a acelerarse. En  1915  Manizales era más naturaleza que historia, con varios  parques y con cantidad de solares, verdaderos espacios lúdicos,  que cumplían los requisitos de ornamentación y recreación que se exige a aquellos. Igual que el poeta Rojas Erazo, “soy de un patio,  de un viejo solar”. Después de los incendios se amplió el casco urbano, pero más en el centro. Hasta los años cincuenta, los de mi niñez, las casas con solares abundaban aun y para donde se mirara no se veían sino verdes, montes y hondonadas, que la circuían, la apoyaban, la limitaban.  Con Aurelio Arturo diría que les “hablo de días circuídos por los más finos árboles” y que desde niños aprendimos a ver, también como Neruda “Árboles envueltos en flores que cantan a la vida y sus desolaciones” 

Cualquiera que me haya hecho compañía siguiendo estas páginas, se ha dado cuenta que mi apuesta es por la vida, por la belleza, por el futuro. “Biofilia”, es el término que emplea Edward O. Wilson. Y como las iluminan tantos versos, pura emoción, muy poco conocimiento. No tengo nociones de dendrología, que es el estudio científico de los árboles. Qué más quisiera.  Ignoro los nombres de la mayoría de ellos, la especie a la que pertenecen y menos sé de su identificación latina. Los amo por lo que son, por sus formas, por lo que dan, porque existen. Nada sé de su estructura, de su cultivo, de sus necesidades, de su vitalidad. Y ésta, cómo la admiro. Siempre he pensado que los árboles saben más de nosotros que nosotros de ellos. Testigos silentes de muchos de los pensamientos y de las maravillas del hombre, lo han sido más de sus horrores.

Así como desde niño y durante toda mi vida me ha parecido sentir y percibir su afectuosa observación sobre los otros seres vivos, los latidos de su corazón generoso, sus ganas de vivir, de crecer, y en los que florecen, de florecer y en especial su paciencia, también ahora he adivinado su miedo, su expectación temerosa, la conciencia de su precariedad en un mundo que cree avanzar en  la medida en que prescinde de los árboles. Me crié admirando entre otros árboles enhiestos los eucaliptos y más aun,  “implacables estatuas”,  las araucarias, traídas de Australia en las primera década del siglo XX, según me contó mi padre, que presidían más que adornaban esa zona paradisíaca que rodeaba la Estación del Ferrocarril, hoy una universidad, y con “armaduras”, en rumor de verso, las solemnes  de la avenida que conduce al cementerio San Esteban, ambos sitios vecinos equidistantes de mi casa y metidos en la memoria de la infancia. Las araucarias “de lanzas erizadas” de los poemas de Neruda, y a las que desde el parquecito de Cristo Rey se los murmuraba,  fueron cortadas, y aunque no las vi caer, como el poeta Herman Lema la suya en el parque de Anserma  “al galope de las hachas”, sí se me agolpó el “llanto erizado” del chileno.

Aspiro a ser, o quizás lo sea, una “persona árbol”, que tal es la identidad que nos da la psiquiatra Jean S. Bolen, a quienes como ella guardamos “un sentimiento vivo hacia cada árbol individual, y respeto y empatía hacia los árboles como especie”. Y así reconocernos, es tener conciencia de “la implicación intelectual, emocional y afectiva que nos moviliza de un modo u otro para actuar en su defensa”

No pertenezco a grupos ecológicos, solo deseo que se multipliquen, que se unan, porque sus acciones, entre más continuas más esperanzadoras. Tampoco hago parte de ningún partido verde, ni soy ingeniero forestal, ni he  crecido ni vivido en fincas. Apenas algunas temporadas, de un año la máxima,  en las de parientes o amigos y no hay una sola de esas estancias que pueda ser olvidable. Más bien se trata de ese “activismo con corazón”  que pregona la señora Bolen.

La coincidencia con el profesor costarricense y el columnista mexicano no me hace feliz, porque  no deja de ser aterrador  y triste  que los ejemplos que tanto Rojas como Farber dan a la repugnancia, la aversión, el temor o el odio a los árboles, por parte de los dendrófobos, sean los mismos, casi todos, a los  expuestos en estas páginas, como casos concretos y publicitados, que se han dado y se siguen dando en Manizales, con la diferencia de que para estos estudiosos es un impulso primitivo, una forma de necrofilia, que se aloja en esa parte de la masa encefálica que se llama “cerebro reptiliano”, inconsciente las más de las veces, pero por sobre éste, más evolucionado está el neocortex, de donde obtienen la justificación que creen racionalización de sus actos irracionales, “para disfrazar su actitud y  descargar sin remordimiento su odio o temor primitivo contra los árboles”.

Esa fobia o “trastorno encefálico” que dicen los citados, la he reflexionado y la he descrito distinto,  planteándola en forma de hipótesis sobre una ciudad que parece sentirla en todos sus estratos sociales, que la tiene normativizada para  aplicarla y legalizarla por funcionarios encargados supuestamente de defenderlos, y que cuenta con el estímulo y el eco difusor de la prensa local, con “razones” (comillas de Farber) que considera cívicas a favor de la ciudadanía. Como es una   propuesta de investigación, ha hecho surgir y hacer varias preguntas, la principal de las cuales apunta a desentrañar esa singularidad o ese psiquismo que parece darnos identidad; como es un problema, su exposición intenta crear conciencia, seguir modelos, buscar y ofrecer soluciones; como es una preocupación, por el ser humano, por la naturaleza, por la vida misma, por el futuro de los que vendrán, por la tierra que les tocará, o su supervivencia, tiene su fundamento raíces filosóficas, en las que la ética y la estética nos sirven para comprender la realidad, que muestra “los hombres contra lo humano” como dijo Gabriel Marcel, o que el hombre sigue amenazado por él mismo.