26 de febrero de 2021
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La pérdida de autoridad, problema social inmanejable.

2 de julio de 2015
Por Jorge Eliécer Castellanos
Por Jorge Eliécer Castellanos
2 de julio de 2015

Por Jorge Eliécer Castellanos

jorge eliecer catellanosA diario estamos viendo a través de los canales de televisión nacionales que la prensa escrita también registra, escenas relacionadas con agresiones a la autoridad, desde senadores que atacan a policías de tránsito hasta adolescentes que agreden sin compasión a uniformados en el transmilenio y en la calle.

Los niños en las escuelas también atacan a sus profesores. Muchos infantes controvierten con sus padres en el seno familiar y terminan enfrentándolos con palos, armas blancas y a golpes.
La situación generalizada de ataque a la autoridad ha derivado en problemas sociales enormes para los colombianos, pues cuando se subvierte el orden la descomposición social campea a sus anchas.
Debe efectuarse una gran campaña nacional para que los hijos respeten a sus padres y a sus maestros en los centros escolares y para que los ciudadanos respeten a sus autoridades a sus policías, que finalmente son quienes a todos nos cuidan.

Las fuerzas vivas de la nación, en todo su conjunto y representación,  están en mora de iniciar una campaña que procure tomar conciencia y propenda ulteriormente por erradicar,  cuanto antes mejor,  el acoso verbal y físico que se ha levantado en todos los sectores nacionales, de manera iracunda, contra las autoridades de policía, principalmente».
Se ha llegado a pensar en el inconsciente colectivo que es correcto resolver por mano propia los conflictos: “cuando te pegan, pega”, empero, para agravar el problema ahora se escucha: “quien pega primero, pega dos veces”, en clara alusión a enfrentar cualquier tipo de situación mediante la violencia y por las vías de hecho.
El matoneo en las aulas de los colegios públicos y privados está aumentando y por consiguiente la exasperación social va creciendo y se manifiesta en diferentes lugares al menor contratiempo interpersonal o en cualquier controversia con la autoridad.
La indisciplina social empieza en el habitáculo familiar donde cunde el irrespeto entre unos y otros. Sin disciplina no hay éxito, concibe el proverbio empresarial.

Se ha creído tristemente que como consecuencia de los cambios tecnológicos profundos que estamos experimentando, la forma de manifestar el respeto a la autoridad también tiene que sufrir modificaciones. Qué horror, abrirse así, el camino al irrespeto social en todos los órdenes.

Las sociedades cambian pero el respeto debe mantenerse, de lo contrario, “se acaba la milicia” decían los abuelos. Cuando se diluye la clásica reverencia a quien esta investido de autoridad, y el pueblo ataca a sus autoridades, el clima social está en un proceso de descomposición irremediable.

Los padres han perdido autoridad, los maestros han perdido autoridad, los policías han perdido autoridad, los jueces de la republica han perdido autoridad, los gobernantes han perdido autoridad… ¿Ante este cruel panorama que nos espera?
Cuando los hijos aprecian la ayuda de sus padres y cuando los alumnos ven que sus docentes les apoyan en alcanzar objetivos, les están percibiendo como aliados que están ahí para colaborarles, es decir, aprecian a sus autoridades familiares y escolares como aquellas personas que acuden para buscar soluciones justas a los conflictos. Es decir, les perciben como una autoridad moral.

Situémonos en el ambiente familiar. Cuando hay indiferencia y  desinterés en apoyar a los muchachos y cuando hay exigencias severas de los padres obligando a levantarse temprano a sus hijos y ellos duermen hasta tarde, las cosas empeoran, pues solo con el ejemplo se puede trasmitir un liderazgo de autoridad por reconocimiento y no por imposición.
Ciertamente, los hijos no hacen lo que sus padres les dicen que hagan, sino que hacen, a ciencia cierta, todo aquello que ven que sus padres realizan. Igual sucede en otros espacios de la sociedad.

Cuando la autoridad moral se resquebraja, todo se viene al piso, aumenta la desconfianza, crece la incredulidad y aparece aun la burla por quienes están investidos de ella. Y ahora, ¿Quién podrá ayudarnos?