29 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

SANTOS GIRA EN TORNO A LA PAZ

18 de junio de 2015

Es indiscutible la importancia de que se reitere el apoyo internacional al proceso en La Habana, pero el asunto es que ya no se trata de aquel inicio alentador sino de un diálogo largo y golpeado.

A quién en un país golpeado por la violencia, y tan católico por demás, no le parece importante que el Papa Francisco ofrezca sus oraciones y buenos oficios para que se logre el fin del conflicto armado. A quién no le resulta destacable que a la realeza y primeros ministros de países nórdicos los inquiete y movilice la idea de apoyar política y económicamente el futuro “posconflicto”. Es tan previsible una recepción positiva de aquellos respaldos que parece una perogrullada extenderles la mano derecha.

El problema no está ahí. La cuestión es que mientras la comunidad internacional le abre al presidente Juan Manuel Santos las puertas de sus sedes de gobierno y sus palacios, a partir de una mirada distante y romántica, civilista y experimentada -en sufrir guerras y hacer paces-, nuestra sociedad entra de nuevo en aquella curva de agotamiento y desencanto a la que suelen llevarla las Farc con sus negociaciones extendidas y cubiertas de pólvora, asesinatos y más víctimas.

Es decir, sería una necedad desconocer el espíritu generoso del pontífice Jorge Mario Bergoglio para confesarle a nuestro presidente que es el personaje por el que más ha rezado las últimas semanas. Pero si al tiempo el Papa supiera que muchos colombianos ruegan porque a la guerrilla al fin la ilumine un halo de sensatez y humanidad, para que deje de ejecutar policías y soldados fuera de combate, para que deje de contaminar con petróleo sus ríos, sus potreros y sus animales, para que deje poner minas cerca de las escuelas y los caminos veredales, para que deje de volar torres de energía y de quemar camiones y autobuses.

Tal vez así es evaluable, entonces, que el apoyo de aquellos gobiernos y cortes de rancia estirpe es un gesto político que se desvanece, que se evapora en las maletas del presidente Santos cuando apenas aborda el vuelo de regreso.

Estas voces del Viejo Continente, incluso, estimulan los deseos del presidente, más allá de razones objetivas y verificables, y lo llevan a componer frases de verdad antológicas ante un foro como el de Oslo: “en la práctica, Colombia ya comenzó el posconflicto”.

Manifestaciones de un optimismo tan desbordado que incluso llevó a varios congresistas de su bancada a rectificarlo desde este lado del Atlántico. Colombia, como dijo Santos en Europa, puede ser una luz de esperanza, es cierto, pero también lo es que las luces se apagan sobre todo a bombazos. Lo saben en Buenaventura, en Tumaco, en Puerto Asís, en Tibú, en Yarumal… en todos aquellos lugares donde las Farc chispean de pobreza y sangre las paredes.

El presidente recibió la adhesión optimista de parlamentarios y jefes de Estado y de un Papa querido. Pero esas apenas son postales firmadas con mensajes de aliento a los colombianos que ni en La Habana (en el escenario político) ni en el país (en el escenario de la confrontación) ven a una guerrilla que se deje convencer por los buenos votos planetarios, y menos por los pedidos de sus compatriotas.

Hoy regresa un presidente cargado con más apoyos globales, de naciones que sufrieron el azote de la guerra y que saben por ello que lo que más conviene aquí es la paz. Vuelve un presidente cuyo gobierno gira -ojalá no en giros sinfín- en torno a un proceso de paz que él cree “lo más correcto”, “lo más rentable”, como la mayoría de los colombianos. Un presidente al que el mundo le dice acompañarlo en tan decisivo empeño, pero al que las Farc con sus actos, aunque estén sentadas a la mesa, parecen decirle “no”.

EL COLOMBIANO/EDITORIAL