5 de marzo de 2021
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Los ecos de Waterloo

29 de junio de 2015
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
29 de junio de 2015

el papa francisco

En varios países de Europa se conmemoran los 200 años de la batalla de Waterloo, de mucho significado histórico porque fue la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte, quien soñó con unificar a Europa bajo la tutela de Francia. Por tratarse de la contienda más importante del siglo XIX, se reconstruyó por estos días la batalla en el mismo escenario, las llanuras de Waterloo (Bélgica), con participación de cinco mil actores uniformados, 300 caballos y 100 cañones.

En la localidad vecina de Braine-l’Alleud se realizó una imponente ceremonia que incluyó un minuto de silencio y la celebración de una misa en la iglesia de Saint-Etienne, como homenaje a las 40 mil personas entre fallecidas y heridas; alrededor de la iglesia se levantó un pequeño poblado, parecido al que existía en 1815. Casi 70 mil personas se congregaron para seguir la recreación de los hechos, aunque los cañonazos, disparos de artillería, el sonar de tambores y el humo, hacían perder visibilidad y dificultaban escuchar los altavoces que narraban los hechos.

El gobierno francés no participó de las celebraciones y protestó por el interés de la Casa de la Moneda de Bélgica, de acuñar una moneda para conmemorar el hecho histórico, afirmando que causa tensiones inútiles en la Unión Europea. Sin embargo se hicieron presentes representantes de la realeza de los países que contribuyeron a la derrota de Napoleón, el príncipe Carlos de Reino Unido y su esposa Camila, los príncipes de Bélgica, Holanda y Luxemburgo. También se reunieron en este lugar los descendientes de los jefes de los ejércitos, el rey de Holanda Willen-Alexander, cuyo antepasado el príncipe de Orange resultó herido en Waterloo; Artur Wellesley, hijo del noveno duque de Wellington; Nicolás Blücher von Wahlstatt, descendiente del comandante de las tropas prusianas, y Jean-Chistophe Napoleón Bonaparte; a continuación pusieron cuatro cintas en un cañón, para significar los estandartes de 1815 y juntaron sus manos como signo de unión. Todo esto bajo la mirada del príncipe Felipe, de Bélgica.

El ocaso de Napoléon

Hasta el año 1806 el emperador había alcanzado varias victorias pues derrotó a italianos, austríacos y prusianos; pero como fracasó en Trafalgar frente al poderío naval de Inglaterra, inició un bloqueo a la industria inglesa para dejarla sin los mercados de Europa, pero tampoco logró su objetivo. En 1808 las tropas francesas invadieron a España, pero desde el primer momento fueron hostigadas por las guerrillas que surgieron en forma espontánea en una guerra contra la invasión extranjera.

Luego Napoleón decidió invadir a Rusia en un intento por acabar con su poderío político y económico, para luego atacar a Inglaterra y aplastarla; en ese momento era el amo absoluto de Europa continental. El 22 de junio de 1812 atacó a Rusia con un ejército de 600 mil soldados, el más poderoso del mundo, muy bien armado, con destacamentos de varios países subyugados; hablaban 12 idiomas diferentes. Mientras Napoléon avanzaba los rusos se retiraban pero dejaban la tierra arrasada a sus espaldas.

El 7 de septiembre el ejército, dirigido por el general Kutusov, le ofreció combate en Borodinov, fue una difícil y sangrienta batalla, pero los invasores fueron derrotados y se inició su catástrofe. La estrategia de los rusos consistió en dejar que los agresores avanzaran hasta Moscú, una ciudad de 300 mil habitantes; pero la desocuparon, solo se quedaron 30 mil personas entre ancianos y enfermos. Los franceses entraron a la ciudad, no encontraron provisiones y como represalia produjeron algunos incendios y derrumbaron parte de la muralla del Kremlin; cuando los soldados salían a buscar comida eran cazados por los guerrilleros. Así, sitiados por hambre. Tuvieron que abandonar la población.

Napoleón se llevó un riquísimo botín y avanzó hacia las ricas tierras del sur pero, asediado por Kutusov, y por pequeños destacamentos, tuvo que girar hacia Smolensko, una ciudad que ellos mismos habían dejado arrasada. Y, para mayor desgracia, llegó el invierno que terminó de liquidar los restos del “invencible” ejército del emperador. Ante el sombrío panorama y con la guerra perdida abandonó a sus pobres soldados y, en compañía de su escolta personal, tomó el coche y a los 12 días llegó a París. La pregunta obligatoria fue: ¿Y dónde está el ejército?, Napoleón respondió: El ejército ya no existe.

De este modo el imperio llegaba a su fin y los países de Europa se levantaron contra el emperador, en un inmenso movimiento nacionalista. Napoleón se aferró al poder y reunió un nuevo ejército, conformado por soldados inexpertos, mal entrenados. Pero todo estaba consumado, porque las fuerzas rusas entraron a Alemania y en enero de 1814 las tropas aliadas llegaron a Francia; el 31 de marzo el zar y el rey de Prusia entraron a París en medio de aclamaciones del pueblo. El 6 de abril Napoleón abdicó en Fontainebleau; el imperio pasó a la historia y “El Corso” fue confinado a la isla Elba.

La campaña de los “Cien Días”

Por supuesto los Borbones recuperaron el trono de Francia apoyados en los ejércitos de los países aliados. Luis XVIII, el hermano de Luis XVI, muerto en la guillotina, llegó como muevo rey y tras él se fortalecieron la nobleza y el clero, que trataron de recuperar las tierras confiscadas y los privilegios perdidos; este nuevo clima desató el malestar entre los campesinos y los sectores burgueses. El odio hacia los Borbones crecía, situación que aprovechó Napoleón para fugarse de la prisión, el 26 de febrero de 1815; desembarcó en el sur de Francia y marchó hacia París. Las tropas que enviaron para detenerlo se pasaron a su lado, en medio de los gritos de “Viva el emperador”. Luis XVIII escapó hacia Bélgica y Napoleón entró a la capital el 20 de marzo.

En poco tiempo organizó un ejército de 275 mil soldados, pero los países aliados tenían 825 mil, distribuidos así: ingleses y holandeses concentrados en Bruselas, prusianos, en Namur, austríacos sobre el Rhin y rusos alrededor de Nuremberg. La estrategia de Napoleón estaba dirigida a enfrentar las fuerzas por separado. Sin embargo la mala suerte y algunos malos movimientos le hicieron perder la batalla.

El 18 de junio llovía intensamente sobre la llanura de Waterloo y todo el campo estaba inundado, por esta razón los pesados cañones de los franceses se hundían en el pantano y no había como desplazarlos. Sus enemigos mientras tanto realizaron una operación envolvente: el duque de Wellington se dirigió a París desde Bruselas, el Mariscal Blücher y su ejército prusiano protegían el flanco izquierdo, los austríacos avanzarían desde la Selva Negra, el general Frimont, con fuerzas austríacas e italianas, amenazarían Lyon y el conde Barcláy de Tolly al mando de las tropas rusas, entraría por el Rhin. Y Napoleón no tenía ninguna información sobre la ubicación de sus enemigos.

Wellington sabía que las fuerzas prusianas estaban a 13 kilómetros y, por lo tanto, permaneció en Waterloo con su ejército de 68 mil soldados. A las 11 y media de la mañana el emperador atacó, pero los ejércitos aliados se sumaron y al caer la noche la batalla estaba decidida. El frente francés quedó desarticulado y los aliados los persiguieron hasta París. Napoleón abdicó, de nuevo, el 22 de junio.

Como consecuencia se consolidaron los países de la Santa Alianza y se fortalecieron los imperios de Rusia, Austria y Prusia; mientras tanto el Reino Unido se transformó en la primera potencia del mundo y los vencedores se repartieron el mapa político de Europa. Doscientos años después Waterloo tiene varios significados: los británicos se adjudicaron el mayor crédito en la derrota de Napoleón; sin embargo más de la mitad de los soldados que participaron eran prusianos, holandeses y de otras nacionalidades. Para Bélgica fue importante porque en su territorio se desarrolló la batalla, mientras que para Francia significó el fin de la supremacía en el mundo y la llegada del Imperio Británico. Y aunque Waterloo fue la base para una larga transición hacia la paz, dos siglos después observamos que el hecho histórico todavía divide a Europa, pues el recuerdo de Napoleón sigue siendo un tema sensible.