7 de marzo de 2021
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La ciudad y sus paradojas

25 de junio de 2015

Víctor Zuluaga Gómez

victor zuluagaCuando hablamos de ciudad, de inmediato nos remitimos a la “polis” griega o la “cívitas” romana, porque finalmente somos el resultado de esos modelos impuestos por los europeos cuando llegaron a nuestro continente y al africano y al asiático, sin haberles cursado invitación previa. De Asia trajeron la pólvora, las especies, las sedas, de África la mano de obra que fue esclavizada para ser vendida como mercancía y los diamantes. De América el oro y el resultado del trabajo de miles de pueblos aborígenes.

Pero no siempre fue así. Hubo una época en la cual los griegos eran nómadas, se desplazaban de un lado a otro, dependiendo de los recursos que la naturaleza les pudiera brindar en uno u otro sitio. Es más, el concepto de “polis” no se aplicaba originalmente a un sitio determinado sino que era el nombre dado al grupo. Algo similar ocurría con el nombre de “Cuzco” en el Perú: no era un sitio fijo sino el área que en determinado momento la estuviese ocupando el Inca. Este último punto era movible, dependiendo de los desplazamientos del Inca.

Lo que hace a los grupos humanos consolidar áreas de concentraciones humanas es, en un principio, la defensa contra los ataques de otros grupos y la consolidación de lazos solidarios para un mejor vivir. En los pequeños pueblos y aldeas, estos aspectos se lograron, pero en la medida que fueron creciendo las aldeas y se convirtieron en pueblos y luego ciudades y metrópolis, la búsqueda de la seguridad y de la solidaridad son meras ilusiones. De allí que podamos contar tantas historias de seres anónimos que circulan, vagan, y mal-viven en las ciudades.

En la actualidad podemos hablar de un 60% de seres humanos que vivimos en centros urbanos y no han duda, como afirman los expertos que la tendencia es a una mayor concentración y por lo mismo, abandono de la vida en el campo o en pequeñas aldeas.

Podríamos decir que la calidad de vida en las ciudades se torna cada vez más precaria si tenemos en cuenta los espacios más restringidos de parques, senderos o en general, zonas verdes. En cambio, un aumento dramático de cemento, polución, pavimento, automotores, centros comerciales. Unas ciudades diseñadas para “pasar”, vías no para peatones sino para automotores y centros comerciales no para el descanso, para el encuentro ciudadano, sino para el consumo.

Pensar la ciudad implica un ejercicio que va mucho más allá de planear la prestación de los servicios públicos y resolver los problemas de movilidad. Debe también pensarse en unas ciudad sostenible, amable, solidaria y por lo mismo, la creación de espacios para la recreación, para el encuentro y de la mano un proceso de educación ciudadana que nos permita consolidar una cultura para un mejor vivir y no exclusivamente para un desarrollo que se mide por factores económicos y muy poco por los humanos.

Ahora, cuando nos encontramos próximos a elegir las autoridades locales y regionales, pensemos en las mejores propuestas para hacer de las ciudades del Eje Cafetero, modelo en el país por su trabajo mancomunado y la posibilidad de un mejor-vivir.