8 de marzo de 2021
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DECIR LA VERDAD

7 de junio de 2015

La verdad es una condición ineludible en un proceso de paz que tenga como meta ponerle el cerrojo a un conflicto armado: si de lo que se trata aquí en Colombia es de pactar la paz entre la guerrilla de las Farc y el Estado hay que desenredar una pita muy larga: hay que poner luz en las zonas con más sombra.

La verdad de una guerra (lo que pasa allá en el campo entre los fusiles y las bombas) duele. Es difícil de conseguir, además: para llegar a ella no sólo se necesitan testimonios sueltos, sino también evidencias contrastadas, versiones disímiles, discernimientos de conductas colectivas, superación del silencio que los victimarios impusieron a las malas (ya lo dice el profesor Rodrigo Uprimny en su columna de hoy: la guerra incluso pudo haber destruido los mecanismos para medir la verdad).

Esa verdad debe ser, además, un relato colectivo: una comprensión general de los hechos que no puede ahogarse en el marasmo de los discursos políticos. Hechos que se interpreten y no calificaciones que se revisen. Para ello, entonces, hay que barrer mucho palabrerío inútil, mucha ética perversa que la guerra generó durante tantos años. Esto de llegar a la verdad suena a ratos inconmensurables: 50 años de una guerra (casi) ininterrumpida, que dejó a su paso un río de sangre, no serán fáciles de desentrañar.

Pero así como suena de difícil suena de necesario: este es el primer requisito para que llegue una justicia verdadera. Si nos atenemos a la definición más primaria de justicia, ésta no puede ejercerse de forma plena sin el conocimiento de los hechos. Sin la veracidad de los mismos. Y, yéndonos a un lado menos filosófico de la cosa, es necesaria para las víctimas: probablemente el primer compromiso que debe ser cumplido. La verdad para las víctimas es un elemento indispensable para que con ellas haya justicia verdadera.

La mesa de negociaciones de La Habana anunció esta semana que, una vez se firme el acuerdo para el fin del conflicto, comenzará a ejercer una comisión de la verdad que (según el comunicado de nueve páginas) tendrá tres objetivos: decir qué ocurrió, reconocer a las víctimas y las responsabilidades a nivel colectivo e individual de quienes participaron en el conflicto y promover la convivencia en los territorios. Será independiente a la mesa de diálogos: para nombrar los once comisionados se integrará un comité de escogencia integrado por nueve personas elegidas en proporción igual por las Farc, el Gobierno y delegados escogidos por la mesa. Será extrajudicial: lo que salga de aquí no puede constituirse como prueba de un proceso penal (cosa que ayuda al tema de “decir la verdad”), pero sí podría derivar en beneficios judiciales. La comisión tendrá la dura labor de mirar hacia el futuro: reabrir heridas, sí, pero también construir una mejor convivencia en los focos de la guerra.

Y revisar casos emblemáticos y casos olvidados y casos sistemáticos: deberá encontrar (como es obvio en una guerra) responsabilidad de ambas partes y también efectos-rebote del conflicto (como el paramilitarismo, como las prácticas deleznables en cabeza del Estado). Tendrá que ser insumo de la reparación y de la garantía de no repetición. Todo teniendo como norte los derechos de las víctimas. En sólo tres años.

Difícil. Sinuoso. Exigente. Pero esa es, justamente, la gracia: nos encontramos frente a una de las responsabilidades institucionales más grandes de nuestra historia. Ante una oportunidad, también: contar con el instrumento que nos ayude a comprender la guerra. A superarla.

EL ESPECTADOR/EDITORIAL