26 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

CALARCÁ DE LOS POETAS

29 de junio de 2015

La Villa del Cacique cumple hoy 129 años, que solo se pueden resumir en una lucha continua de hombres y mujeres por la tierra.

¿Será posible que un día Calarcá vuelva por la senda de los poetas, aquellos que vivieron y cantaron un mundo mágico, desde la Colonización hasta muy avanzado el siglo XX? Lo que la vida política y pública nos ha deparado en Calarcá en las últimas dos décadas ha sido para hacer de la bella villa una aldea decadente. No tanto en lo intelectual y poético, como sí en lo político y administrativo.

Calarcá cumple hoy 129 años, que solo se pueden resumir en una lucha continua de hombres y mujeres por la tierra, y un canto permanente de sus mejores seres sobre los aconteceres, la vida, el amor y la muerte. Esta última no ha sido poca, cuando de morir por una causa se trata, o a veces sin causa, pero trastocado por hechos políticos y sociales.

En este siglo y cuarto de existencia, Calarcá y la cordillera del Quindío ha vivido tres violencias, todas ellas motivadas por las luchas y defensas de la tierra o por el apego ideológico-familiar a un partido político o a una forma de pensar y de ver la vida. Y en las tres épocas han estado presentes sus poetas, para cantar y escribir las desgracias, pero también los amores y los triunfos.

La primera violencia la vivieron los bisabuelos, cuando una Compañía con el nombre de tribu indígena —Burila— burlando la ley y las autoridades, quiso expropiar con su propia mano a los colonos que habían conquistado a sudor y golpe de hacha la montaña. Una acción fraudulenta y ladrona orquestada desde Manizales por inversionistas del Valle del Cauca, que tuvieron que morder el polvo frente a los aguerridos agricultores que defendieron sin tregua su fundo y su familia. Seguramente de allí nació aquel poema hecho canción: Ricardo Semillas, que popularizaron Ana y Jaime y que escribió el calarqueño Nelson Osorio.

Y luego, cuando la tierra fue por fin de ellos, llegó la violencia partidista, aquella rencilla decimonónica que se reactivó en la década del treinta del siglo XX en casi todo el país, como una venganza de uno de los bandos por haber perdido la Guerra de los Mil Días, una de las grandes tragedias de la nación, vivida en el límite de los siglos XIX y XX. Camionetadas de muertos bajaban de las sierras de viento cada día: unos liberales y otros conservadores. Y el poeta Baudilio Montoya cantó: “… Ah, caminos de mi tierra/ caminos hoy sin amparo/ caminos ayer tan buenos/ pero ahora tan amargos/ caminos por los que viví / y por los que ahora estoy llorando/ Y donde tantos caerán / al comenzar el ocaso/ como cayó sin saberlo José Dolores Naranjo.

Y después, los grupos guerrilleros y los paramilitares. Muchos de sus empresarios y finqueros tuvieron que huir, tras el asedio de los hombres de las Farc, que, por fortuna, han dejado su acción delictiva en la zona gracias a la vigilancia de la Octava Brigada. Paramilitares y bandas criminales la han azotado en los últimos años, con menor intensidad que en otras regiones del país, pero no con menos daño.

Pero la peor peste que le cayó a la ciudad en los últimos años, sin duda, ha sido la corrupción. Los dos últimos alcaldes destituidos, culpados del robo del Erario. Es la apropiación privada, a través del ejercicio político, de lo público. Una verdadera desgracia ha sufrido esta Calarcá de poetas y cantores.

El alcalde de hoy, Jesús María Zuluaga Aguilar, está tratando de componer los entuertos dejados por los malos hijos. No es fácil, pero se nota el esfuerzo. Sin embargo, quienes deben enderezar esta nave son sus ciudadanos, obligados a aprender de la experiencia pasada y buscar una persona, que con independencia, sin los vicios ni los apegos de los corruptos de ayer y de ahora, rescate la bella villa, esa Calarcá de los poetas que hoy cumple 129 años.

Crónica del Quindío/Editorial