27 de junio de 2022
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Otto Morales Benítez o el Presidente que Colombia necesitaba

23 de mayo de 2015
Por Óscar Jiménez Leal
Por Óscar Jiménez Leal
23 de mayo de 2015

OSCAR JIMENEZ

A temprana edad y siendo estudiante, ya era, con su par Belisario Betancur, director del suplemento literario de El Colombiano de Medellín, en donde inició aquello que caracterizó toda su fecunda existencia: la promoción intelectual de jóvenes aficionados a la historia y a la literatura, empeño en el que jamás cejó, aún en los días en que la República era invivible.

El país lo conoció y reconoció como representante a la Cámara y Senador de la República en la época difícil cuando la defensa leal de las ideas políticas, conllevaba el riesgo de la eventual pérdida de la vida. Allí hacía de buen componedor, tendiendo puentes entre los adversarios políticos para permitir la convivencia pacífica, pues nunca tuvo y menos reconoció enemigos en su quehacer público, gracias a su don de gentil hombre y a su visión humanística.

A poco andar, desempeñó papel de primer orden en la caída de la dictadura y en la restauración de la democracia, con la creación del Frente Nacional que pudo terminar la lucha fratricida entre los partidos.

Ministro del Trabajo de Alberto Lleras, contribuyó a la consecución de importantes reivindicaciones laborales de los trabajadores colombianos, y cuando estaba a punto de naufragar la ley   de la reforma agraria en el congreso, punto central del programa de gobierno votado en las urnas y gracias a sus exquisitas dotes de orador, fue encargado por el Presidente del Ministerio de Agricultura para sacar adelante, como efectivamente lo consiguió, el proyecto más importante de entonces.

Miembro de varias academias de Historia y de la Lengua Española, era un fecundo y pródigo escritor, cuya obra enaltece el prestigio de Colombia en el Exterior. Profesor universitario de los mejores centros de educación superior de Bogotá, en donde inauguró la cátedra de derecho Agrario. Conferencista invitado de las más prestigiosas Universidades de América y del mundo, donde esparcía lecciones de historia y patriotismo.

Como Comisionado de paz recorrió el territorio nacional y gracias al conocimiento de sus gentes pudo establecer significativos diálogos con la subversión que lo respetaba por su desbordada simpatía y su coherencia ideológica, pues era liberal en el sentido filosófico de la palabra. Y la mejor contribución al proceso fue, además, haber desenmascarado a los enemigos “agazapados” de la Paz.

Era un verdadero líder de la comunidad. Perteneció a aquella estirpe de los grandes que, como Guillermo Valencia, Álvaro Gómez Hurtado, Hernando Agudelo Villa y tantos otros que, a pesar de sus probadas dotes de estadista, no ocuparon el Solio de Bolívar, ya que jamás se sometieron a las mezquindades de la lucha por el poder.

Su obra literaria de carácter monumental hace parte del patrimonio nacional, pero su ejemplo de vida inmaculada es el mayor legado para los colombianos.

Su familia perdió un gran padre y abuelo y sus innumerables amigos perdimos el mejor contertulio, consejero y guía, merced a su extraordinario bagaje intelectual y a su sapiencia infinita.

A sus conciudadanos nos queda la inmensa deuda de no haberlo elegido Presidente de Colombia, cuando tenía todos los merecimientos para ello.