8 de agosto de 2022
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Los miedos del desempleo

14 de abril de 2015

jaime lopera

Hay una visión reduccionista de que el pobre es un inválido en busca de ayuda y asistencia; pero hay ahora una corriente encargada de hacer mirar a los pobres en términos de sus aptitudes para llevar una vida con autonomía creadora, incluso sobreponiéndose ellos mismos a su destino. Lo mismo cabe decir de los desempleados.

Para la mayor parte de los habitantes de los países pobres, el desarrollo sólo ha significado el paso de una vida austera y digna a la pura indigencia.  Este paso de la tradición a la modernidad, se expresa en la perdida de trabajos como se esta viendo en Europa y EEUU, por cuenta de la tecnología por supuesto. De ahí se deduce que el combate contra la pobreza —sustentado en el proyecto de erradicar a los pobres como si fueran una plaga—, activa un mecanismo perverso: que, al suprimirse la pobreza, se produce miseria. Lo cual no es totalmente cierto.

El verdadero pobre, óigase bien, no es aquel que carece de las llamadas necesidades básicas según los «estándares de vida», sino aquel a quien se ha despojado de las capacidades para determinar su propia vida y los medios para alcanzarla.

Similares factores de menosprecio concurren cuando se trata de los desempleados. Ellos parece que son tratados como una plaga, en vez de ser vistos como personas que se merecen un lugar en el mundo. Por ejemplo, todas las tendencias económicas sobre los salarios y el empleo suelen traducirse en cifras y estadísticas que denotan la situación del país; lo que suele olvidarse a menudo son las condiciones sociológicas y psicológicas a que se enfrentan los asalariados y los que carecen de trabajo.

Una cosa es el desempleo, y otra el miedo al desempleo. El desempleo debe verse como parte temporal de una vida digna y respetable. Pero el miedo al desempleo solo nace en el corazón de quienes tienen un trabajo determinado: los desempleados hacen colas, revisan los periódicos, vagan de un lugar a otro, presentan hojas de vida, sufren los rechazos, se ilusionan tan pronto como se desilusionan, se quejan, protestan, y sufren. Los empleados, en cambio, a menudo son sadizados, presionados hacia la sumisión, abierta o tácitamente obligados a aceptar reglas inequitativas; muchas veces a sufrir en silencio el obediente estado de su resignación.

Un solo ejemplo ilustra las actuaciones que se generan por el miedo al desempleo: dichas conductas se traducen en las distintas maneras como soportamos las vejaciones a la dignidad, vale decir, a los sapos que nos debemos tragar cuando las conductas de otros nos obligan a hacerlo. Algunos empleados simplemente viven atragantados por la complicidad en torno a los actos de otros. Cuando entran al mundo laboral, tienen que soportar los abusos o caprichos de otros –-jefes, compañeros, amigos— porque su silencio significa el precio a la sobrevivencia en el empleo. No hay ninguna clase de formulas para que la humanidad tenga una respuesta menos satisfactoria a la tragadera de sapos o los miedos para conservar los ingresos.

Armenia, abril 2015

 


[1] Humberto Beck. http://www.letraslibres.com/revista/libros/ixtus-no-33-contra-la-pobreza-de-la-pobreza.