22 de enero de 2022
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Unas de cal, otras de arena (III)

17 de febrero de 2015

mario de la calleEl mejoramiento de la operatividad de ese aeropuerto y la apertura de una frecuencia diaria a Cali (por supuesto no en los aviones de 70 pasajeros de Avianca sino en aviones equivalentes a los que opera ADA a Medellín), podrían ayudarnos a recuperar el tiempo perdido en sueños imposibles de grandes jumbos haciendo rutas de Palestina (Caldas) a Europa. El tiempo perdido, tal vez. La plata perdida, nunca.

No parece lógico pensar que el pereirano gerente de Avianca desee porque sí prestar un mal servicio a Manizales. Es seguro que él actúa como empresario, no como apasionado regionalista. Si, como se argumenta, fuera tan mal negocio para Avianca mantener sus rutas a Manizales, le quedaría facilísimo convencer a los dueños de la empresa de llevar a cabo la suspensión definitiva de los vuelos, como lo hizo Aires. Posiblemente habrá eventos puntuales en los cuales resulte buen negocio cancelar un vuelo por la Nubia y mover los pasajeros en bus entre Manizales y Pereira. Pero la realidad es que Avianca sigue operando en nuestro aeropuerto. El día que estuve allí, que fue el primer lunes de la feria, vi salir uno de los ATR nuevos y, pocos minutos después llegó otro de Bogotá, dejó los pasajeros que traía y se llevó otro grupo hacia la capital del país. Normalmente y a tiempo. Creo que al transporte aéreo de Manizales le haría mucho más bien la corrección de los problemas de la Nubia para minimizar los cierres, que seguir enterrando plata en Palestina. Ese aeropuerto no es viable dentro de los recursos financieros de los que racionalmente se puede disponer para atender la demanda aérea de nuestra ciudad. ¡Realismo, por favor!

Al recorrer las carreteras colombianas se asombra uno muchas veces con la falta de criterio con la que son puestas muchas de las señales de tránsito. Es muy buena la campaña sobre utilización de la “inteligencia vial”, pero uno siente que deberían aplicarla, en primer lugar, las propias autoridades responsables de la asignación de esas señales. A veces parecería que son puestas para forzar a los conductores a cometer infracciones. Eso de demarcar con doble línea amarilla continua, cuadras y cuadras –y a veces kilómetros– de carretera recta y de buena visibilidad, hace que muchas veces el conductor, cansado de viajar a paso de tortuga detrás de algún vehículo lento, decida cruzar la señal pintada en el suelo para adelantarse, violando la norma que prohíbe hacerlo. De verdad, es como si quisieran obligarlo a uno a cometer una infracción, tal vez con la idea de recaudar más dinero por multas. Lo mismo ocurre con los límites de velocidad. Si se atendieran estrictamente, las vías del país, en su mayoría, deberían recorrerse a treinta kilómetros por hora. Muchas veces uno no se explica por qué, en una carretera ancha, recta, plana y sin obstáculos, se presente que el tránsito vaya tan lento. A treinta kilómetros por hora no se llega nunca a ninguna parte. Los tramos con esa restricción deberían ser la excepción y no, como ahora, la norma casi general. Y por último, no hay nada más agresivo contra los conductores prudentes que los “policías acostados” como reductores de velocidad. En esta época de “fotomultas”, y en el supuesto de que se racionalizaran los límites de velocidad, bastaría con la educación a los conductores, apoyada con las sanciones en caso de violación de las normas, para que éstos, en su gran mayoría, manejen a velocidades correctas. Entonces, ya no habría necesidad de “tirársele” a uno el viaje en esas carreras de obstáculos en que esos “policías” convierten a veces ciertos tramos de vía. Generalmente, aunque no siempre, en carreteras secundarias. No siempre, porque parece que ciertas autoridades locales, alcaldes de pequeños municipios e inspectores de policía de corregimientos, con prepotencia imperdonable, riegan esos obstáculos sin compasión en vías principales, como si fuera un placer para ellos crear problemas al tráfico. De Cali hacia Manizales, todo va muy bien hasta Obando. Allí, en esa autopista de alta velocidad, se encuentra uno los primeros “policías acostados”. Seguidos, poco después, por los de Zaragoza, y más adelante por los de Cartago. Y hasta en la doble calzada de Cartago a Pereira, aparecen esos estorbos sin razón aparente alguna. Pongan señales (lógicas, por favor) e instalen cámaras, que se pagarán en poco tiempo mientras la gente aprende a respetar los límites establecidos, y harán del placer de conducir una civilizada experiencia, limitada en la actualidad por esos resaltos, atravesados por todas partes.

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