25 de enero de 2022
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Manizales odia los árboles (VIII)

3 de febrero de 2015
3 de febrero de 2015

No fuera la llanura desolada 
sin tu palpable ausencia. El ave fuera
sin tu rama, criatura pasajera
de las mieles del campo desterrada

Sin la blandura de tu sombra amada,
¡qué nostalgia en la tierra se sintiera!
Primavera no fuera primavera 
sin tu presencia bienaventurada.

Bandera vegetal, arpa del viento
tienes el armonioso movimiento
de un navío entre nubes detenido.

En tu afán de elevarte de este suelo
alzas tus brazos múltiples al cielo
y en el fruto te ofreces resumido.

“Soneto al ÁrbolOscar Echeverri Mejía

Estoy por creer que es la falta de poesía, su decadencia o su falta de fuerza en Manizales, una de las posibles explicaciones a la indiferencia frente a la ausencia,  el derribo y la muerte de los árboles en la ciudad. No tengo la intención de incitar a una polémica innecesaria con los muchos que se dicen poetas, algunos con fundamento y con respetable obra, sino la de meditar en esta premisa provisional,  para tratar de aclarar esa relación mezquina, autodestructiva y profundamente antiestética, del ciudadano manizaleño común con la naturaleza que lo rodea. Es también la razón por la que he trascrito íntegro el soneto que hoy utilizo  de epígrafe. Lo leí muy niño en un álbum de recortes (se decía también de “pegotes”) de mi hermana mayor, siendo a la vez mi primer contacto con la poesía del incansable y prolífico poeta – más de veinticinco libros- Oscar Echeverri Mejía, el primero de los cuales, “Destino de la voz”, lo editó en Manizales en 1942, y que murió nonagenario, precisamente el pasado diciembre hizo nueve años.  Los versos del anterior epígrafe (VII), los de éste y los del próximo,  dicen bien de los motivos poéticos predominantes en este gran sonetista, en los que insistió hasta el final en  “El poeta se despide de su mundo”: “Adiós árboles, flores, primavera;/ ojos, senos y labios adorados;/ verano sol y lluvia; cerros, prados/ que me dieron la vida verdadera”.

¿Cuánto hace que Manizales no tiene un alcalde poeta? En las últimas décadas casi todos han sido ingenieros, seguidos de administradores, quizá también economistas, algunos médicos y casi que ni abogados, menos antropólogos, o sociólogos o historiadores y ni siquiera se ha pensado en alguien relacionado con las bellas artes. Me responderán que la política es la más antipoética de las actividades, y cierto es, más hoy, pero sabría hacer una larga lista de poetas y de escritores, tan profundos en su literatura como sabios en la ciencia política. Sé que toda generalización puede ser peligrosa, sobre todo injusta, y como no he llegado a conocerlos personalmente, salvo a uno que otro, no puedo afirmar con seguridad que con todos, o con unos pocos, o con ninguno de los alcaldes, fue o  ha sido posible conversar sobre algo más o distinto a sus profesiones o a las quisicosas de la administración.

El gran especialista en Las Cruzadas, René Grousset, por ejemplo, quien creyó siempre en “los héroes” como Carlyle,  o sea, en el papel decisivo de los grandes hombres, en su libro “Figures de proue”, da una estampa de Bismark, la que en precaria traducción dice así: “Esta alma tumultuosa, romántica y secretamente indómita, ha tenido, como pocos de sus contemporáneos, el sentimiento profundo de la naturaleza.” Y la corrobora al evocar que el  “canciller de hierro”, le dijo:   “Amo los grandes árboles. Son ellos los ancestros. Sueño con los abetales en la primavera, todos húmedos de lluvia”.

En que los árboles son nuestros ancestros, el político artífice de la unidad alemana coincidía con los aborígenes de la península de la Guajira, los wayuus, quienes “consideran que las plantas aparecieron primero en la tierra, antes de los animales, y, en consecuencia, su conocimiento del universo es más antiguo y superior al de los humanos”, como nos lo recordó  en reciente artículo de El Espectador” (2 de enero), Weilder Guerra Curvelo. Este escritor, antropólogo, investigador y profesor universitario, del clan Uliana de la comunidad Wayuu, en aquel breve y estupendo ensayo que llamó “Las plantas como personas”, aludiendo al libro del filósofo botánico Matthew Hall, escribió también:  “Existe hoy una ceguera humana hacia las plantas debido a un extendido antropocentrismo, a una ausencia de conocimiento sobre ellas y a la consideración de que la vegetación es un simple telón de fondo para la vida animal” “Otras sociedades  han otorgado a las plantas la capacidad de percepción y acción.” “Al distanciarnos de las plantas y otros seres no humanos, negándoles su autonomía moral, distorsionamos nuestra propia identidad humana, nuestra posición en el mundo y nuestra responsabilidad como seres ecológicamente dependientes”

Desde siempre he estado convencido de que los árboles hablan, como todo en la naturaleza. Y preciso, un paréntesis grato en estos días de hospital, fue escucharle al paciente vecino de mi cama, cómo su hijo, Julián Maya, que recorre las aguas del río Amazonas y trabaja con los indígenas del sur del país, le contaba que al dormir en la selva, escuchaba en la noche asombrado, el intenso diálogo de los árboles y las otras criaturas que la pueblan, insistiendo que una cosa era narrarla y otra distintísima vivir la experiencia, porque se necesitaría el lenguaje, agrego yo, de un Quiroga o de un Giono.  Son seres vivos, no estoy seguro si “personas”,  un término tan de origen cristiano, como sugieren Guerra Curvelo y Hall, quienes saben muchísimo más, que lloran, como lo supo el compositor Villamil, y a los que yo mismo les he oído su quejido de dolor cuando los hieren, los mutilan o los talan, y les he percibido el rostro y el rastro de su expresión y de lo que los rodea, cuando yacen destrozados con laceraciones en sus troncos y en sus ramas dispersas o arrumadas, casi con impudicia,  estripando los nidos. Aunque hay los que caen oblicuamente con augusta dignidad, como si se explicaran su inmolación, conmiserativos ante ese afrentoso gesto de ruindad e ingratitud humanas.

No entiendo cómo los manizaleños puedan celebrar su caída como un triunfo, una necesidad o un progreso. Ese vértigo arboricida en nombre del progreso de la construcción urbana se da, por cierto, en otras partes, pero es en Manizales particular y patéticamente demencial, porque aquí se da en nombre de nada, por el mero placer de verlos caer. Porque están muy altos, o muy frondosos, porque no dejan ver los carros, por los cables eléctricos, en fin, por cualquier cosa. Una ciudad donde la prensa local hace eco a los delirantes antojos de algunos habitantes insensatos para que los tumben, sin que en cuarenta años escriba editorial en su defensa, un juicio muy racional tendría que calificarla de tierra de insania suicida. No entiendo cómo un árbol pueda ser una amenaza u ofrecer un peligro, cuando todo en él es ofrenda de beneficios por el solo hecho de estar vivo. Si eso tan extraño ocurre, tiene que ser por la acción o la inacción del hombre. “Los árboles mueren de pie”. Esta tristiae rerum, este dolor de naturaleza, de bosques, de árboles, de plantas, de ríos,  solo lo sienten los niños, los poetas, las personas sensibles, que penetran y conocen sus serenos pesares y oyen sus calladas voces como Eduardo Castillo, quien supo también que sólo el dolor de las estrellas, se puede comparar al de las rosas.

Ya no es posible, o es muy escaso sorprender, al menos en Manizales, “una nidada de chiquillos mirando con los ojos muy abiertos unos árboles talados, unos viejos tocones”  como la “Alias Grace” de Margaret Atwood, en su tiempo. Indiferentes, acostumbrados a verlos cortar, los han connaturalizado con su derribo, con sus muñones. Pero en el mío, vale decir, en el de mi infancia, recuerdo cuando muy pequeño fui  llevado por mi familia a la finca de don Miguel Jaramillo, llamada “Peralonso”, que por ello lleva este barrio ese nombre y cuya hermosa casona debió conservarse para recinto cultural, a la que se llegaba, al menos desde mi casa, atravesando el río Olivares. Muchos de los cuentos infantiles que me leían y los que leí poco después, fijaron el sello de inolvidable a lo que sentí ante la presencia casi feérica de un árbol gigantesco, un arboloco, con un inmenso hueco que lo atravesaba de parte a parte no muy arriba de la raíz, en el que nos metimos los niños a mirar al otro lado, por donde quizá asomaran los elfos, y a sentir la confortable tibieza de esa suave y blanca textura de corcho de su interior, forrado por completo en icopor, el que se me reveló allí por primera vez. Hace unos días, Arturo, el mellizo Jaramillo, que fue heredero de ese alcor, me dijo que era que a ese árbol lo había traspasado un rayo.  Musset lo había ya confirmado: “No se ve árbol, por nudoso y viejo que sea, del que no se espere salir una ninfa”.

En los comienzos de aquel  barrio, me dio por ascender a esos lugares de la memoria, en busca de los arbolocos  y a verificar si habían conservado la  casa principal, puesto que por esos años se promovía la reivindicación de la arquitectura de la colonización antioqueña gracias a Néstor Tobón Botero, Darío Ruiz Gómez, Jorge Enrique Robledo y otros postuladores de una nueva visión de lo propio. Bajaba por esas todavía mangas,  una corriente de agua no muy ancha que se precipitaba suave en pequeñas cascaditas,  de una fuente o nacimiento muy cercano que no pude o no quise ubicar, cuyo fluir natural  no requería mucho esfuerzo de la mente para concebirlo canalizado de forma escalonada, con nobles materiales,  en unos cuantos saltos que hicieran abrillantar su torrente, atrayendo a los niños y embelleciendo el paraje. Vuelvo a esa imagen, ahora que William Ospina  en “Canciones”, un capítulo de su último libro “El dibujo secreto de América Latina”, me precisa que “fue Chesterton quien dijo que la mejor explicación que se puede dar de por qué corre el agua, es la de los cuentos de hadas: el agua corre porque está hechizada”. El reminiscente hechizo se esfumó. Ni el parque de arbolocos con sus duendes y trasgos, ni los amplios espacios del caserón de madera para la biblioteca, los ensayos de teatro, los talleres, los títeres y las actividades lúdicas, ni las manos pequeñitas tratando de detener el agua saltarina. Habría sido un lugar de cierto modo mágico. Pero la imaginación de los urbanizadores manizaleños no da para tanto.

Manuel Orozco Díaz, un siquiatra y escritor español, biógrafo del músico Manuel de Falla y de García Lorca, sus paisanos, justificaba así, con una leve paráfrasis mía, su “Elegía a los árboles de Granada”: “Por eso la poesía en un tiempo de destrucción, de árboles abatidos, de prostitución de la belleza ultrajada por los mercachifles de todo, es como un grito clamante en el desierto. No sirve para nada. No proporciona divisas turísticas o laborales, no edifica apartamentos insultadores de la estética, para la gran cursilería de las  apariencias y los arribismos de las clases medias. Sin embargo ahí está. Ahí estará por los siglos de los siglos, amén”.

Es muy probable que alguno o varios de los últimos alcaldes, concejales, funcionarios municipales, de planeación o de Corpocaldas, hayan leído o lean libros, si es que lo hacen, dicho con todo respeto, distintos a “Hombre rico, hombre pobre”, a los de superación personal, a los de esa “metafísica” que haría sonrojar a Aristóteles, Kant, o Husserl, o a los “best sellers”, como los de esa bisutería pseudosicológica de los Coello y sus congéneres productores de hojalatería para el marketing editorial.  Si bien era más seguro hace cincuenta años y más, hablar de la vida profunda, del autor del canto del mundo, del romántico poeta francés que amó a Jorge Sand y se confesó hijo de su siglo, del teatro de Casona, del centenarista bohemio, y de los que han amparado mis arborescentes palabras, hasta con los más discretos empleados, algunos debe haber en los de hoy, por las mismas oportunidades que les ha dado el servicio público, que sepan entender que ese asombro de los niños y de los poetas, esa sensibilidad ante la naturaleza y el futuro amenazado del planeta, esa conciencia del antihumano concepto de progreso y ese matiz que distingue civilización y cultura, lo conceden  también la lectura y los viajes, para los que saben poner sabiduría en la mirada cuando visitan otros países. Sería deseable conversar con ellos, sin emplear la muletilla “tema”, del tema de los árboles dentro de las puertas abiertas.

Es obvio entonces que no hablo de un alcalde que escriba versos  (¿y por qué no?), o de alguien en quien la poesía ocupe un lugar central en su espíritu y en su inteligencia. No. Sino de un ser que lo emocione una ciudad reverdecida, o “que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, y hasta  la caída de un árbol lo llegue “a estremecer” como a Barba-Jacob. Que con su gabinete y sus conciudadanos salga a celebrar junto con Musset, “el perfume de las flores, las voces de la naturaleza, la esperanza y el amor, el vino y el sol, el espacio y la belleza”.  De un manizaleño que tras su actividad de burgomaestre, se trasluzca una concepción del mundo y de la sensibilidad, que además de gobernarla sueñe la ciudad, que tenga la absoluta convicción de que el universo natural que nos privilegia, nos ha ofrecido y nos sigue ofreciendo sus dones para que Manizales sea la ciudad más verde del planeta, en la que la naturaleza le rinda un permanente homenaje de acogida y embellecimiento a su arquitectura,  y la arquitectura un imaginativo y artístico homenaje de aprovechamiento y respeto a la naturaleza.

Columnias del autor

√Manizales odia los árboles (I)
√Manizales odia los árboles (II)

√Manizales odia los árboles (III)

√Manizales odia los árboles (IV)

√Manizales odia los árboles (V)
√Manizales odia los árboles (VI)
√Manizales odia los árboles (VII)