20 de enero de 2022
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Orlando Cadavid Correa
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La vaca loca

11 de febrero de 2015

Cuando  se quiere comparar un personaje de melena revuelta y temperamento agresivo, se hace un cotejo con fieras que mastican con mandíbulas destrozantes, con garras filudas, habitantes  de las selvas  de cobertura enmarañada. Allí se encuentran  los bestias carniceras, de lengua larga, ojos cimarrones, ágiles en el salto cuando sorprenden  y cazan a sus víctimas.

Los perros rabiosos y los  buitres de vuelo sombrío, según Homero, devoraban las carnes  de los vencidos en la Guerra de Troya.  En Grecia  corrió la versión de que Eurípides  había sido destrozado por unos mastines salvajes.

El águila tiene profética presencia en la  mitología griega. Es un ave portadora de  presagios. Zeus, desde el Olimpo, transformaba en águilas   a sus dioses satélites y los enviaba a cumplir misiones específicas. Al emperador Octavio Augusto un aguilón lo sorprende en un ágape, le  arrebata el pan  y poco después desciende de los aires para devolvérselo. Un águila conducía las legiones de Vitelio y su ingreso a Roma  se hizo protegido por un séquito de ellas.  

Cuántas veces hemos leído alegorías centradas en Gilberto Álzate Avendaño, que  era un astado hercúleo, vigoroso y bravo, a veces con ojos fieros inyectados de cólera, de pecho potente y cuello  con un torbellino de  tendones de acero. Tenía plexo de gladiador. Brazos fornidos, pecho abierto, inmune a  los vendavales adversos, y caminaba como un militar. Álzate se desfogaba en rugidos cuando las circunstancias le eran hostiles. En cambio,  en las bonanzas políticas, que no fueron muchas, era dócil como un lebrel.

Silvio Villegas era un tigre. Bajo de estatura, mirada felina, troglodita en sus diatribas, valiente para los zarpazos. Alambraba su lenguaje de púas,  rabioso en el ágora, magnífico animal de presa en el parlamento.

Fernando Londoño era un potrillo, de paso fino, cara amable, gesto pulido, voz musical y maneras  exquisitas. Era un encanto verlo en la tribuna. Los ademanes controlados, los dedos dúctiles, comunicadores en su idioma  de ondulaciones móviles, con atuendo de príncipe y labios perfectos para los ensalmos literarios.

En la política también hay vacas locas. Son personajillos de lengua imprudente, además ingratos,  que poco piensan antes de hablar. Hacen miñocos infantiles cuando, como chiflados de atar, se acuestan en los ataúdes, cambian  el color azul por un rojo de escándalo, son embaucadores y mentirosos. Ellos asaltan los  comandos de otros partidos y procuran destituirlos por unos lacayos alcahuetes.  Son lagartos y  se arrastran, sinuosos como las culebras, ávidos de mendrugos. Pertenecen a la fauna de los cuadrúpedos, con sus pezuñas escarban la tierra, levantan polvaredas, y finalmente mugen con desespero. Se desplazan por los potreros de la política, no tienen olfato, son desmadrados y serviles, expertos en ensuciar los nacimientos de agua y son hábiles para correr  linderos.

La política es un  mosaico de animales. Unos gustan de las vaquillas de ubre escurrida  y otros nos quedamos con los toros de casta, que embisten con nobleza para provocar  explosiones de júbilo en los tendidos.           

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