26 de enero de 2022
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¿Cuánto tiempo más tenemos que aguantar a Uribe?

12 de febrero de 2015
12 de febrero de 2015

Ni teniendo la piel de paquidermo, ni manejando un cinismo extremo, ni estando sumido en la más baja degradación humana se puede llegar a soportar de manera indefinida a Álvaro Uribe Vélez, por sus extravagantes veleidades, su prepotencia desbordada, su inmensa hipocresía, su desprecio hacia sus congéneres, su repugnante maniqueísmo y, últimamente, su enfermiza paranoia acompañada de insinuaciones perversas que los incautos reciben sin beneficio de inventario, incluyendo los medios, y la difunden como verdad absoluta, creando incertidumbre, desconfianza e inseguridad entre los asociados.

La metamorfosis cerebral que se empezó a dar en el ex presidente Uribe a partir de la mitad de su primer mandato cuando puso en marcha su programa bandera de la seguridad democrática, fue en grado sumo significativa en lo que toca con su espíritu guerrerista y megalómano, y a comienzos de su segundo mandato le imprimió a dicho programa un furor casi alucinante, que indujo a los miembros del establecimiento a “cometer”, difícil de creer que hubiese sido a motu proprio, desafueros y el uso desmedido del poder y de la fuerza, tales como los falsos positivos y las oprobiosas interceptaciones, llegando hasta los insultos locuaces a las altas cortes, a la oposición y a los medios.

Es cómodo y fácil mostrar los ‘caninos’ y agredir verbalmente con altanería y grosería a todo aquel que disienta de los caprichos y predicciones mesiánicas, cuando se está amparado por un blindaje de seguridad impresionante jamás visto en nuestro medio, y con bravuconadas sostener que la paz llega detrás de una lluvia de plomo. Y, por supuesto, Uribe con la connivencia de los medios y el uso abusivo y descarado que hace de las redes sociales aprovecha para crear caos y tratar de convencer a una parte de ingenuos ciudadanos y a gobiernos extranjeros, de que el país va inexorablemente  al despeñadero con un proceso de paz que sólo encierra impunidad y que conlleva a la entrega de las instituciones a la subversión, valiéndose,  sin sonrojarse, del chisme y de la calumnia.

La oposición no se puede ejercer como simple charlatanería induciendo a la opinión pública al oscurantismo, ni esgrimiendo falacias, ni perdiendo el sentido patrio, ciudadano y de pertenencia, ni procurando dañar la imagen del país a nivel internacional, sólo por el prurito de dar rienda suelta a su megalomanía y a creerse un ‘fetiche’ de adoración. No, la oposición  se hace con responsabilidad y con conocimiento de causa sobre hechos concretos de manera clara, precisa y concisa, consultando siempre lo bueno para coadyuvarlo y procurando disuadir de lo malo o perjudicial, denunciándolo  públicamente sin mentiras ni embustes.

Definitivamente en Colombia se requiere de mucha madurez y dejar de lado el egoísmo para que algún día se logre consolidar, reacomodar y reestructurar a los partidos tradicionales y que nazcan verdaderos partidos políticos de oposición con plataforma ideológica con proyecciones serias, y que éstos se conviertan en una verdadera alternativa de poder aglutinando adeptos  comprometidos con un cambio estructural que redunde en desarrollo económico y social y mejore la calidad de vida de la comunidad y que ejerza un control político eficaz al gobierno de turno. Este país ya no resiste más engaños y distracciones con la creación de movimientos o partidos políticos como el del Centro Democrático dirigido por un lunático de insania crónica.

La era del Presidente Uribe, sobretodo en su segundo cuatrienio, no es que hubiese sido un dechado de virtudes y de grandes aciertos, por el contrario, fue una época aciaga llena de escándalos de corrupción de gran envergadura en todas las modalidades y en todos los niveles de la administración pública, y su programa bandera de la seguridad democrática se empezó a resquebrajar a partir del año 2009, según estudio de Corporación Nuevo Arco Iris. Los alardes que hace Uribe de su gestión de gobierno son mentirosos y, además, vergonzosos, ya que logró conformar con lujo de detalles un equipo de colaboradores entre los cuales estaba lo más granado de la delincuencia nacional.

En nuestra vida republicana de los 60 presidentes que se han tenido nunca antes hubo un presidente en ejercicio como Álvaro Uribe que hubiese sido tan insolente, tan altanero,  tan despectivo y grosero con una mayoría parlamentaria que, se infería, eran sus entrañables amigos y socios políticos, cuando sorpresivamente les solicito con desfachatez, utilizando los medios, estas inicuas peticiones: “Le voy a pedir a los congresistas que nos han apoyado, que mientras no estén en la cárcel, voten los proyectos del gobierno”. “El Congreso de Colombia nunca antes estuvo tan madurito para una revocatoria, por tal motivo les solicitó que voten la reforma política y judicial, por ningún motivo se vayan a declarar impedidos”. ¡Habrase visto!

El ex presidente Uribe se auto-coronó nuevamente, pero esta vez como el gurú de la oposición, dando al traste con los más elementales cánones de la discreción y el decoro, su encono solo destila cicuta producto de la orfandad de poder que lo está llevando a un estado deprimente digno de compasión, como si se tratara de cualquier ‘desechable’ de la calle con costal lleno de piedras y palos cazando peleas con todo el que se atraviese, posición mezquina que riñe con la mayestática de su investidura y rango de ex Presidente de la República.

El presidente Santos en alguna alocución afirmaba que la mala imagen de Colombia en el exterior se debe a las críticas de Uribe. No, señor Presidente, Uribe es la mala imagen de Colombia. ¡No lo dude!

El unanimismo es enemigo letal de la plena democracia, así lo ha demostrado la historia en muchos países del mundo. En Colombia se tuvo un retroceso y se volvió a incurrir en el error, sin ser apremiante como ocurrió con el Frente Nacional, de un bipartidismo a medias con la alianza de la Unidad Nacional como una sola tendencia de apoyo irrestricto al mandatario de turno en sus políticas de gobierno, a cambio de burocracia y cupos indicativos que en su mayor parte terminan en el patrimonio del “mermelado”.

Mientras los partidos tradicionales y unas disidencias de éstos sigan encasillados en ese embeleco pestilente de la Unidad Nacional, y no se reacomoden y se conviertan en una alternativa de poder, tendremos para mucho rato a un Álvaro Uribe hostigando a diestra y siniestra a las instituciones y a ciertos mansos y pusilánimes personajes de la vida nacional, buscando con prioridad doblegar a una administración de justicia endeble con una consistencia igual a la que tiene la “gelatina de pata”.

Y, claro, lo está logrando, sólo basta repasar dos casos: la matanza del Municipio de Ituango, Vereda El Aro, en la poca atención a la solicitud hecha por el magistrado de Justicia y Paz de investigarlo y en el silencio sepulcral que se tiene y se va a tener sobre la investigación del espionaje del hacker Sepúlveda y El Centro Democrático de Uribe.

Manizales, febrero 12 de 2015.

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