25 de enero de 2022
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El “Pecoso” Castro y el “todo se vale”

16 de febrero de 2015
16 de febrero de 2015

pecoso castroEl hecho de que el fútbol se juegue con los pies no otorga licencia para pisotear valores esenciales del ser humano, como el respeto.

Castro fue un competidor desleal cuando jugaba: pegaba patadas alevosas, fingía lesiones. A los delanteros del equipo contrario les untaba vick vaporub en los ojos o les enterraba agujas hipodérmicas en el cuerpo.

Como director técnico ha mantenido ese mismo patrón de conducta: arroja elementos al campo para que el árbitro detenga las acciones y así el equipo rival pierda ritmo, insulta, provoca, busca incidir en el partido mediante la triquiñuela barata o la camorra.

Durante un partido de Copa Libertadores, cuando era director técnico del América, Castro caminó hasta el borde de la cancha y le haló el cabello al jugador Darío Husaín, del River Plate. Este le ripostó con un puñetazo en la cara, y a continuación el árbitro los expulsó a ambos. Eso era exactamente lo que buscaba Castro con su jugarreta: disminuir al rival para sacarle ventaja. Aquella vez más de un comentarista deportivo alabó su “viveza”.

En otra ocasión llegó más lejos: como sabía que Elkin Murillo, jugador del equipo adversario, tenía un hijo hospitalizado, se le acercó en la pista atlética y le dijo que ojalá se le muriera el niño. Una persona que calcula tal estratagema para ganar a toda costa envilece a la sociedad.

Lo peor es que un amplio sector del país vea como héroe a un ser humano de semejante calaña. Lean los foros de los lectores a propósito de la más reciente artimaña de Castro, cometida hace apenas tres días, y pásmense: a muchos les parece que es “frentero”, que “defiende lo suyo con pasión”, que “es un ejemplo porque no le gusta perder”, que “es un viejo zorro” y que “vive el fútbol con intensidad”.

Por gente ventajista como “El Pecoso” nos hemos convertido en una sociedad mezquina en la que solo cuentan los intereses propios. El país que lo aplaude es uno que jamás se detiene en los principios porque solo le concede valor a los fines, el mismo país que modifica la Constitución como si fuera papel higiénico para reelegir a un Presidente enfermo de poder, el mismo país que considera una minucia el hecho de que un gobierno espíe a los opositores a través de su policía política.

No es casual que esta semana, cuando “El Pecoso” fue noticia por otra de sus marrullas, un hincha energúmeno le partiera el rostro al jugador Vladimir Marín con una pedrada. El país que les hace monumentos a los bárbaros tarde o temprano termina viendo sangrar a los inocentes. El país que empieza aplaudiendo tramposos tarde o temprano termina llorando “falsos positivos”.