28 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El negocio de los azotes

14 de febrero de 2015

El último caso aterrizó ayer en las salas con la versión cinematográfica de 50 sombras de Grey, basada en el primer libro de una trilogía que a su vez nació de la mente de una fan de la serie Crepúsculo, E. L. James (seudónimo de la británica Erika Mitchell), que se inspiró para sus protagonistas en los vampiros creados por Stephenie Meyer.

50 sombras de Grey posee, como libro, personajes ridículos, tramas livianas —si es que se las puede llamar así— y un tono erótico que el Marqués de Sade hace ya siglos dejó atrás. Pensada para el público estadounidense, entre el que se publicitó como el “primer libro porno que podía leerse en el metro”, la novela pronto empezó a venderse a tal velocidad —lleva ya 100 millones de ejemplares— que inmediatamente empezó la puja para su adaptación cinematográfica.

La película es mala: es un negocio que jamás quiso ser arte, es un rancio anuncio de perfumes con algunos azotes en las nalgas de su protagonista femenina y pudorosos desnudos masculinos. Sin embargo, poco podía hacer la directora Sam Taylor-Johnson —y lo intenta— con un material inicial tan burdo y una autora obsesionada por el control de su obra (al estilo de su protagonista).

El machismo que aún persiste en la sociedad queda reflejado en la relación sentimental que alimenta la obra. Pero al menos en este caso, Anastasia Steele, la universitaria protagonista, firma un contrato de masoquismo donde especifica qué le puede hacer el señor Grey y qué no. Como demostraba la encuesta del CIS del mes pasado, hay un peligro que está presente en España: a un pequeño número de españoles de entre 15 y 29 años les parece bien impedir que su pareja vea a su familia o a sus amigos, no dejarle que trabaje o estudie, o vigilar sus horarios. Contra esa perversa tendencia, solo sirve la educación y la buena cultura. 50 sombras de Grey no favorece ninguna de estas opciones.

EL PAÍS, MADRID/EDITORIAL