28 de enero de 2022
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El derecho a la vida.

12 de febrero de 2015

castellanosResulta clarísimo enfatizar que la vida humana está por encima de todo y de todos. Según el desarrollo de la conciencia de la humanidad de hoy, ningún argumento puede justificar que se vulnere, lesione o se pierda, o se interrumpa, la vida plena de todo hombre y mujer. Valga puntualizar que en hoy todos en Colombia deberíamos experimentar un gran rechazo a las agresiones a la vida humana. Vengan de donde vengan o se justifiquen manipulando los más elaborados argumentos. Nada justifica la muerte infligida o permitida, directa o indirectamente, a una sola persona, ni siquiera la violación de una sola de las dimensiones corporales, morales y espirituales de la más humilde o desconocida persona humana. Sorprende que la capacidad de asombro en nuestro país se haya extinguido y que nos asombre más una caricatura de personas con frases decentes o indecentes pintadas en sus cuerpos que la muerte violenta de niños.

Los expertos anotan que es por la centralidad y la prioridad de la persona humana sobre toda institución, ideología, religión, poder político o interés económico, que los Derechos Humanos son, hoy día, el rasero y la medida ética de la legitimidad y la bondad de los gobiernos y de las relaciones internacionales.

Ningún Estado puede, violar esos u otros derechos. Que los demás roben no significa que robar sea bueno o permitido o que se relativice la gravedad moral del robo. Todos sabemos en la segunda década del siglo XXI, que los Derechos Humanos son indivisibles, universales e inalienables.

Creemos que existe ya en el mundo una conciencia, un estado de opinión creado, aunque aún no está verdaderamente consolidado, de que toda violación de los Derechos de la Persona Humana debe ser denunciada, condenada y diligentemente evitada.
Sin duda, esa es la causa y la razón por la que ante un hecho flagrante de violación de esos Derechos Universales se logre un concierto de denuncias y exigencias que no debe asombrar a nadie y que debe alegrarnos a todos porque refleja la madurez alcanzada por la humanidad.

No se puede endilgar a los medios de comunicación inventar una muerte, o una discriminación, o una pena de muerte, o un encarcelamiento injusto. Su deber es mover la opinión pública y su derecho es observar, investigar y denunciar los abusos de todo poder, esté a la izquierda o a la derecha, donde quiera que esté.

Es innegable que una sola vida vale lo que vale toda la vida humana. Restarle importancia o relativizar la muerte de una sola persona puede abrir la puerta para justificar lo que es peor: matar o dejar morir por cualquier razón de estado, o política, o religiosa, o económica, a miles o millones de personas. Todo genocidio comienza por una persona y si no encuentra un fuerte rechazo, el relativismo moral de la cantidad justificará el crecimiento exponencial de la muerte. Es peor condenar la magnificación de la muerte de una persona que dejarla morir.

Ahora bien, toda relativización de la muerte de una persona es éticamente inaceptable y justificadamente condenable. Cuando alguien se hace cómplice de la muerte o defensor de la vida, por encima de todo argumento político o social define diáfanamente su propia estatura moral. Si se trata de una persona quien valora y se pone del lado de la violencia y de la muerte es muy lamentable y preocupante, pero si se trata de un grupo religioso, una mafia organizada o incluso un Estado moderno, es aún más grave, y entonces el deber de denunciar, de buscar solución y de crear estados de opinión que desestimulen y eviten estos excesos, debe ser una responsabilidad de todos, compartida por cada ciudadano honesto, por cada grupo social, por toda institución que se respete. Esta responsabilidad alcanza y compromete también a la entera comunidad internacional. Se trata de la responsabilidad de proteger la vida de cada ser humano y de reconocerle dignidad y plenitud. Lo mismo vale la vida de una persona sicológicamente sana que la vida de un interno en un hospital psiquiátrico.

La esencia es la libertad de cada persona humana, que no es dada por ningún Estado, ni por ninguna ley, sino por su Creador. Es la verdad la que nos hace libres, como dijo Jesús. La verdad sobre el hombre y la mujer; la verdad sobre la misión del Estado; la verdad sobre los derechos humanos y sus deberes; la verdad sobre la condición sagrada e inviolable de toda vida humana y de todas las dimensiones y etapas de la vida. Bienvenidas todas las movilizaciones por el respeto a la vida, de menores, jóvenes, adultos, y más aun de prenatales.