25 de enero de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Manizales odia los árboles (IX)

18 de febrero de 2015

Con el talle doblado sobre el río
te miras en la onda pasajera.
El ave entre tu verde cabellera
suena su flauta y goza  su albedrío.

Algún día serás en el plantío
inseparable amiga y compañera:
llevarás en tus brazos a la era
la frescura del agua y su rocío.

Blanda materia, vegetal sendero,
convertirás al hombre en alfarero
serás su arcilla fiel y confidente.

Le otorgarás habitación y lumbre,
lecho, herramienta, música y techumbre
y darás a su planta dócil puente.

“A la GuaduaOscar Echeverri Mejía

¿Por qué no hay un parque de la guadua en Manizales? ¿Por qué es imposible que lo haya? Son árboles, sí. ¿Por qué para abatirlos, todo es posible?  Los hay en el Valle, en Tuluá, no sé si en Alcalá también, pero en el Quindío están el de Armenia y el de Montenegro. Y en Pereira el proyecto de parque de nadie menos que Simón Vélez. Paraísos del bambú es como los denominan los que los disfrutan, y está el que su entrada es llamada el túnel del amor por los que lo recorren.  Aparte de lo que tienen de simbolización, de raizal, de propio, se mencionan los beneficios de la bambuterapia y hay todo un consenso sobre su contribución ecológica. Si no damos para parque, hay sitios en los que se le podría rendir un mínimo tributo, por ejemplo, en las rotondas de la ciudad.

Pero es que el odio a los árboles en Manizales no viene solo. Viene con engaño, con mala fe, con cinismo, con arrogancia, porque  hay compañías constructoras intocables, inmunes e impunes a lo que hagan, con la complicidad y el temor de complejo de clase de las autoridades, que aunque sabemos son igualmente insensibles, están o deben estar obligadas por su función, a proteger la naturaleza. Casi todas muestran en  el modelo virtual árboles o zonas verdes o señuelos semejantes para atraer a los potenciales compradores de apartamentos, uno creería que  para emocionarlos,  para enaltecerles sus aspiraciones a un mejor vivir. Pero es una visión ilusoria. Un caso aberrante se dio en La Florida, ese que fue paraje paradisíaco que no he vuelto a visitar desde hace años porque me dicen que lloraría y en el que alguna vez aspiré a pasar mis últimos años en dialogo constante con sus espesuras, sus arboledas y con la “inteligencia de las flores” sobre la que escribió Maeterlink. En la vía de la Virgen de las Naciones, se anunciaron unas construcciones con el nombre de “Reservas de La Florida” que integraban unos imponentes guaduales, una exuberante vegetación con multitud de pájaros, pequeña fauna y floración silvestre, para una vista incomparable. Pero a los primeros propietarios los defraudaron. Les devastaron cruelmente todo ese paisaje que exaltaba el espíritu y que les haría más puro el respirar, más amable  el coexistir y más orgulloso el ser manizaleño. Y lo más insólito – si es tratándose de supresión de árboles y de naturaleza en Manizales instigan a un proceso de normalización -, lo que suscitaría incredulidad en cualquier otra parte fuera primitiva o civilizada, es que sobre los destrozos, para sepultarlos, levantaron o levantan edificaciones similares con el nombre que supuse lógico, de “sobreverde” o “tapaverde” o “borraverde”, pero es más cruelmente irónico: “Entreverde”

Esa proyección de un Manizales no futuro, ese odio a los nietos a los que solo les quieren dejar plata, pero no aire, ni entorno natural, ni capacidad  para la belleza, ese desprecio dudo que inconsciente, por las generaciones que vendrán, si es que a ese paso habrá sobrevivencia del hombre sobre la tierra, por una desbocada avidez de lucro o por la mera pusilanimidad y cobardía de los responsables de que esto no suceda pero que se hacen los nada que ver, tuvo aquí más que la pasividad de los intonsos, la proclive favorabilidad con los empresarios por parte de quienes debían apoyar y defender a los que habitaron las residencias desde un comienzo por el seductor medio ambiente que los rodeaba, que  acudieron a todas las instancias para protestar por el falso anuncio y denunciar el truco, pero quedaron desamparados por las oficinas municipales obligadas, que fueron obsecuentes ante la poderosa empresa porque tenía antiguos vínculos con la que hoy se llama Corpocaldas.  Si nada de esto es cierto, estoy presto a rectificar y aclarar públicamente esta versión, de lo contrario tengo derecho al terror y a llorar con los embaucados sobre la leche derramada.

Quizá no eran guaduales los árboles  que había por el centro de salud San Rafael hacia el acceso a La Sultana, pero  para rememorar o reivindicar los que de allí borraron, esa glorieta bien podría lucirlos sin temor a su altura, lo mismo que la de la calle 47 próxima a la quebrada El Guamo.  Y pensar en ello para  las pocas que existan o que se vayan a construir, así como debo reconocer  la belleza que ostenta  hoy el arrayán florecido en la que separa las avenidas que van para Chipre y para Villapilar. Pero casi al frente, me dicen, porque no lo he podido constatar, parecen recién erradicados los árboles próximos a la cancha del colegio. Para la gente no es clara la distinción, nada sutil, entre podar y descopar, porque piden lo primero queriendo en  realidad apenas lo segundo, y les dejan sus árboles serrados de raíz. Hace ya años que cortaron también muchos de los que lucían en Bata o cerca de Bata. ¿Manizaleños, por qué somos así? ¿Para Corpocaldas, son nimiedades innocuas y  sin inconvenientes? Ahora, como se tronchó uno junto a la puerta, solo  falta  que hagan desaparecer los hermosos árboles y la tupida vegetación que rodea el camino de salida del colegio y la ruta que conduce a urgencias de la Clínica y a Sacatín, la que constituye un placentero y estimulante consuelo de oxígeno y de vida para los enfermos cuyos cuartos tienen los ventanales frente a ese  precioso y sereno panorama. Ya en pasado escrito aludí al inmenso guadual que me produce todavía nostalgia, en el extremo del barrio al inicio de la vía para La Linda, que hoy es un parqueadero de buses. En distintos sitios de la ciudad, estas acciones avaladas por nuestra apatía y nuestro silencio, no son para preservar el paisaje sino para horrorizarlo.

Para no salir de aquel lugar, señalemos que en el lote que hace esquina, en ese ángulo de la ruta que sube a Chipre y la que se dirige al antiguo terminal, se construye un edificio. Por muchos años abundó en él una espontánea y casi anárquica vegetación con floraciones silvestres que ocultaban unas cortas escalas. Cada que lo veía, como a tantos otros similares, me lo imaginaba desyerbado y organizado por acuciosas manos vecinas con la ayuda de algún jardinero municipal, permitiendo eso sí que  esas plantas y esas flores naturales siguieran multiplicándose con el viento y la lluvia,  con el objeto de que su profusión y crecimiento acentuaran su aspecto de rudimentario esplendor. Porque por muchos años, en esa mi obsesión por la “ciudad soñada”, por esa Manizales que mis desvelos de arquitecto, o de planeador o de dirigente frustrado más que de poeta cívico, como lo fueron varios en el pasado-Ricardo Arango Franco el más perseverante- o por ese constante repaso de su historia, de la que fue,  para disponer la  que debe ser,  una de las propuestas que mascullaba en mi magín de ciudadano del común, era la de establecer concursos del lote más sana, respetuosa y bellamente mantenido, o de espacios fueran baldíos o privados , como de barrios, con mejores jardines,  zonas más verdes y más ambientalmente promisorios.

Es claro que los manizaleños no tenemos ese sentimiento amplio y visionario de provecho de los solares de los de Medellín (cfr. IV). Pero estos concursos no los pensé nunca para impedir que los lotes fuesen utilizados para levantar construcciones, propósito lógico e irreversible a mediano o largo plazo de sus dueños. Solo para que fueran gratos a la vista y un aporte al atractivo semblante de la ciudad, antes de su empleo para la legítima ganancia. No sé si fue en el que me sirvió de ejemplo, o por ahí cerca, que se quejaron del uso de dinamita para cimentar el terreno donde se construye, pero quienes saben de estas cosas comentan que ahí se está dando un caso típico de explotación avara del terreno.  Como se dio en el conjunto La Estación al que aludí en un comienzo (cfr. II),  que Dios no lo quiera tenga un fin catastrófico, que no estaré vivo para presenciarlo. En ese suelo relicto donado por la familia Robledo en la segunda década del siglo XX (¡qué tiempos! ¡qué corazones! ¡qué civismo!),  tras la demolición del Orfanato San José (que tuvo lindos árboles en el frente), durante su abandono por años y años en los que fue ocupado por festivales de colegio, ciudades de hierro, y después maleza y basura  ¿Se les cruzó por acaso la imagen de un parterre con bancas, tal vez con fuente y piedras o esculturas de pequeño tamaño, que sirviera de mirador hacia el espectacular panorama del noroccidente, de completa contemplación desde arriba de la cúpula y de los detalles neoclásicos y barrocos  de la antigua Estación del Ferrocarril, de sitio de estudio o lectura para los universitarios y de conversación, para visitantes y turistas que podían recrear la línea del que fue el cable al norte?  ¿Han observado en fotografías recientes de la cara anterior de la que es hoy Universidad Autónoma,  cómo ese conjunto de adefesios, que no edificios,  que la opacan detrás, por verse como un parche, una sombra, un conjuro, despojó a este patrimonio histórico de la luminosidad de su espacio para la holgada y total visualización de su estructura?

Es probable que muchos de nuestros constructores de rectángulos funcionales y demás pavimentadores del aire, estén informados de “El Bosque Vertical”(Il Bosco Verticale), esas dos torres  edificadas  de 40.000 metros cuadrados y vegetación,  llenas de árboles piso por piso, que fueron proyectadas para ser construidas en  el centro de la italiana Milán, por el arquitecto Stefano Boeri. 900 árboles, 5.000 arbustos y 11.000 plantas, dos torres de 27 metros de altura, el área verde equivalente a una hectárea, conjunto calculado para la exposición de arquitectura que se hará este año del 2015. Este proyecto  surgió desde el 2007,  pero no para un concurso sino como creación de un visionario que piensa tanto en los demás, en sus descendientes, en el futuro, como en sí mismo. La obra ha constituido una gran atracción y no ha estado exenta de polémica.

¿Se atrevería un arquitecto nuestro a un reto semejante? En Manizales no tendría que ir por los árboles, trasportarlos y resembrarlos, como se ve en los videos sobre la construcción milanesa. Aquí, si se quisiera, de acuerdo con el proverbio de que querer es poder,  sería posible construir entre los árboles o de verdad, entre el verde. Pero este verde o algunas florecitas, cuando los constructores las colocan – si acaso lo hacen – en las nuevas moles, tienen una presencia tan desmirriada y tan empequeñecida en comparación inclusive con los “render” que las promociona, los  que valga decirlo, nunca muestran  una ornamentación opulenta, es la muy pobre prueba de un amago apenas decorativo, de su correspondencia con una corografía que los rebasa sin intuición para entenderla, ni imaginación para incorporarla.  “Precisamente, dice Guerra Curvelo hablando de las plantas, una relación con ellas basadas sólo en su carácter utilitario ha demostrado ser ecológicamente destructiva”.

De ese “cumplir” con la mínima cuota con la naturaleza como hacen algunos  urbanistas de la ciudad, porque en su gran mayoría ni con ésta, o si acaso con un matero más escondido que discreto, me pareció ver una compensación en un edificio acabado de terminar con el nombre nada novedoso pero sí irreal, de “Guayacán Real”. Todos los edificios del sector llevan el nombre de este árbol en plural o en singular, con un adjetivo antes o después para supuestamente especificarlos, lo que termina por confundir a los que los buscan, quiero decir, a los que pretenden ubicar uno de ellos, porque a los que buscan los árboles, … también. De ellos no hay ninguno. Pero después de observar con mi ya reiterado desencanto las escasas florecitas rodeadas por todas partes de cemento, que presumen ornar la inmensa edificación nueva, mirándola de frente alcancé a percibir que al fondo del pasadizo duro, vacuo e impersonal que funge de retiro lateral derecho, se meneaban las ramas de un modesto árbol y me dije, huy, tiene un gran jardín interior y allí debe estar el real guayacán que le sirvió de bautizo. Previendo un goce inmediato que esta vez no me iba a ser negado, penetré rápido hasta el final del suelo rígido y qué decepción, fue una ilusión óptica. Ni real ni fantasmal, el guayacán no existía sino en las letras del frontis y en las del título de la novela de Prada Sarmiento que quizá poseyera en su biblioteca (?) el constructor y lo inspirara, aunque la obra lo lleva porque así se llama la finca en la que sucede parte de su historia. El arbolito visto hace parte de la vegetación silvestre  que está enseguida y detrás del edificio de marras y de la clínica Santa Ana, y que se vuelca sobre la avenida Paralela que le sirve de límite, magnífica  oportunidad para trabajar ese no muy grande espacio como una aderezada área común que hace de pulmón y puede hermosear las edificaciones adyacentes. Sería más o menos la aplicación de la propuesta esbozada al comienzo sin necesidad de concurso.  Algo parecido a la propuesta, como realización parecida. “Es una apuesta que debemos  discutir. Los números señalan que es preferible hipotecar a nuestros hijos fiscalmente y no ambientalmente” dijo José Roberto Acosta Ramos en su artículo “¿Deuda pública o deuda ambiental?” (El Espectador 22.XI.14)

Columnias del autor

√Manizales odia los árboles (I)
√Manizales odia los árboles (II)

√Manizales odia los árboles (III)

√Manizales odia los árboles (IV)

Manizales odia los árboles (V)
√Manizales odia los árboles (VI)

√Manizales odia los árboles (VII)

√Manizales odia los árboles (VIII)