25 de enero de 2022
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Maduro sigue dando papaya

26 de enero de 2015

 

No se recuerda en la historia del país vecino un mandatario que les diera tanta papaya  a sus críticos.

Sus metidas de pata –todas dignas de colección— ya dan para editar un cuadernillo que tendría buena demanda en librerías y en semáforos.

Maduro trata de parecerse a su mentor, el difunto coronel Hugo Chávez, pero fracasa en cada intento. Siempre la embarra.

La verdad monda y lironda es que nunca segundas partes fueron buenas.

Atinó Gustavo Gómez

El jueves, 22 de enero, chateó con alguien de El Espectador el nuevo director de La Luciérnaga, Gustavo Gómez.

El redactor le preguntó al periodista radial por su humorista favorito y respondió sin demora:

“Nicolás Maduro”.

Unas horas después formularía en Caracas su descabellado anuncio, según el cual, dejaba en manos de Dios la solución a la tremenda crisis que vive Venezuela.

Maduro dijo al pie de la letra: “… Nunca nos faltará Dios… Dios proveerá”.

Los caraqueños sostienen que cada vez que el presidente Nicolás camina, pisa un charquito.

Sin consulta previa

La repentina designación de El Altísimo como Ministro de Economía de Venezuela –comunicada por el estomagante presidente Maduro en su flojo discurso de rendición de cuentas— no fue consultada con nadie, en la tierra.

No se tuvo en cuenta la opinión del Papa Francisco, ni de la Secretaría de Estado del Vaticano, ni de  la Conferencia episcopal venezolana, ni del cogobernante Diosdado Cabello, el presidente vitalicio de la Asamblea Nacional controlada por el chavismo.

Tampoco se consultó al Dios Padre, a la Santísima Trinidad, ni a las once mil vírgenes.

Está bien que millones de creyentes pongan arbitrariamente de fiador al Divino Redentor, con el consabido “mi Dios, le pague”, pero está mal que Maduro pretenda endosarle el manejo de una crisis como la venezolana que no parece tener CURA, ni obispo,  ni cardenal.

Un jefe de desmentidos

Uno de los cargos más aburridores, en la Casa Rosada, debe ser el que desempeña Jorge Capitanich, quien figura en la alta nómina palaciega como jefe de gabinete de la presidenta argentina Cristina Fernández.

En su triste papelón, todas las mañanas le toca enfrentarse a la prensa bonaerense para sacar la cara por el régimen de la viuda del ex presidente Néstor Kirchner, que cambia de parecer con la misma facilidad con la que cambia de maquillador o de carrizo.

En su trabajo, al pobre Capitanich (a quien muchos periodistas llaman a sus espaldas el “jefe de desmentidos”) le ha tocado bailar con la más fea, debido a las vueltas y revueltas que ha dado su jefa en el sospechoso episodio que segó la vida del fiscal Alberto Nisman que investigaba a su patrona.

Y de Peña Nieto, qué?

Otro mandatario latinoamericano que anda metido en berenjenales sin salida es el almidonado presidente de Méjico, Enrique Peña Nieto.

El hombre parece que va de tumbo en tumo, rumbo al “despeñadero”, a partir de la desaparición de los 43 normalistas del Estado de Guerrero, cuyo paradero es un verdadero misterio hace casi un trimestre.

En los últimos meses se le ha probado al presidente mexicano que favoreció con contratos multimillonarios oficiales a los propietarios de unos consorcios constructores que le vendieron dos flamantes residencias, una cuando era gobernador del Estado de México y la otra hallándose en funciones presidenciales. Sus defensores sostienen que “son meras coincidencias”.

Como diría el inolvidable humorista colombiano Guillermo Zuluaga, Montecristo: “Ya voy, Toño”.

Tolón Tolín

Sobre uno  los ene mil libros que no se ha leído el presidente Maduro, por falta de tiempo, escribió don Joaquín Salvador Lavado, Quino, el papá de la cincuentenaria Mafalda:

“El humor debe ser algo más perdurable que la realidad del momento. De ahí la vigencia de El Quijote, que tampoco nadie lo lee, pero uno lo lee y sigue vigente”.  (Así es, don Quino).