4 de marzo de 2021
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La cuesta definitiva

18 de enero de 2015

La manera como se desenvolvió el episodio del secuestro del general Alzate, la decisión de la guerrilla de decretar un cese del fuego unilateral y los anuncios recientes del presidente Juan Manuel Santos, el primero respecto a que no habrá más blindaje de la mesa frente al día a día de la confrontación, y luego el de comenzar a discutir el punto, ya pactado, del cese del fuego bilateral, además de ordenarles a los miembros del Gobierno hacer pedagogía sobre el proceso, así lo confirman.

Son elementos suficientes para afirmar que los diálogos entraron en una fase decisiva, pero escasos todavía para poder argumentar que es inminente la firma de los acuerdos.

Pero, aun así, son esperanzadores. Y es que, por fin, aunque tenue, se divisa una luz al final del túnel. Esperanza que se alimenta de otros hechos inéditos, como que militares y guerrilleros muy pronto se sentarán a hablar de cómo será la implementación de los acuerdos que conducirán a las Farc a silenciar sus fusiles. Y, aunque todavía generen comprensible escepticismo, no se pueden echar en saco roto cambios en la postura que históricamente había mantenido la insurgencia ante asuntos cruciales, como, por ejemplo, la disposición a reconocer a las víctimas de sus acciones, lo que incluye un propósito de enmienda.

Todo esto significa también que la posibilidad de gestos que la sociedad, con justa razón, les exige a las Farc, como el desminado y el fin del reclutamiento de menores, poco a poco adquiere un sustento más real.

Es claro, así mismo, que ingresar en estos terrenos hace cada vez menos tolerable que los combates sean el trasfondo de los diálogos. Divisar la ya mencionada luz obliga a comenzar a neutralizar factores que puedan echar por la borda este esfuerzo de varios años, que contiene el anhelo de no heredarles a las próximas generaciones un conflicto de más de cinco décadas.

Uno de ellos está relacionado con la confusión sobre los conceptos que comienzan a instalarse en el léxico de la negociación y, en general, del debate público. Qué se entiende exactamente por desescalamiento del conflicto es un buen ejemplo. Y es que ni las mismas partes parecen todavía haber llegado a un consenso sobre lo que implican ciertos escalones que habrá que ascender rumbo a la firma. Es evidente, en este sentido, que hay varias lecturas de lo que significa un cese bilateral de hostilidades, pese a la insistencia del Gobierno en que solo aceptará uno que sea definitivo y luego de que se cumplan ciertas condiciones, como las referidas del reclutamiento de menores y el desminado. Sobre cuál será el orden cronológico de los pasos que restan tampoco hay claridad suficiente en la opinión.

Lo anterior lleva a una evidente tensión, incluso pugna, entre diferentes interpretaciones de los conceptos y, en un plano más general, de cómo estos se llevarán a la práctica. De ahí que del Gobierno se esperen precisión, claridad y contundencia en los mensajes, a sabiendas de que, a estas alturas, en la comunicación y en el uso del lenguaje también se juega la paz.

Es necesario tener muy presente que en este momento crítico, como coinciden todos los expertos, los interesados de lado y lado en que no se llegue a feliz término no ahorrarán esfuerzos por sabotear la negociación. Y para ello pueden recurrir a métodos extremos, sin duda, pero a veces ello no es indispensable y basta con tergiversar los anuncios provenientes de la mesa.

Frente a estas potenciales amenazas hace falta encontrar pronto un nuevo equilibrio entre la discreción que exige el tránsito de este tramo crucial y la necesidad de que los colombianos sepan más de los avances, para salirles al paso a los interesados en echar a andar versiones sin fundamento y, sobre todo, pensando en el momento en que lo acordado sea refrendado en las urnas. Por eso se necesita, como ya se ha planteado, calentar más el ambiente, generar un mayor grado de entusiasmo de la gente.

En suma, motivos existen para ser optimistas y alimentar la ilusión de que se dé el esperado paso histórico. Pero hay que ser siempre conscientes de que resta la cuesta más dura. Los temas que faltan, y en esto se debe ser muy claros, son los más complejos. Se trata del fin del conflicto, de las víctimas y de la implementación y verificación de lo acordado. Incluye también definir cuál será la suerte de los comandantes guerrilleros en cuanto a su situación legal, y si podrán o no participar en política.

En términos ciclísticos, ya se han superado varios premios de montaña en esta etapa, pero aún resta la llegada a un premio fuera de categoría e inédito. La buena noticia es que hay fuerzas; tal vez falte más ánimo del público.

EL TIEMPO/EDITORIAL