28 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Seguir el buen ejemplo

8 de noviembre de 2014

La altura con la que manejaban el cargo. Esa majestad de la que hacían gala legítima. Al conmemorarse 29 años de este atroz atentado a la justicia colombiana, el presidente de la Corte Constitucional, el magistrado Luis Ernesto Vargas Silva, sostuvo que con el holocausto no sólo se perdieron vidas sino que, además, “se arrasó con la cultura jurisdiccional de un país”. Y tiene razón. En el holocausto se perdieron funcionarios judiciales de una altura moral e intelectual indiscutible. Veintinueve años después hay que decir —con bastante preocupación— que algunos de sus sucesores no llegan tan alto.

Si a los magistrados de aquella época se los recuerda por sus fallos judiciales y sus discusiones constitucionales y penales, a los de ahora se los reconoce, sobre todo, por sus escándalos, sus comunicados de prensa sin sentencias próximas, sus salidas a los medios de comunicación. La voz de antes, que se manifestaba casi exclusivamente al impartir justicia, se apagó de repente.

No es una crítica vacía esta, ni mucho menos. La sociedad colombiana tiende a pensar de forma bastante similar: los resultados de la última encuesta Gallup muestran el deterioro significativo que ha tenido la Rama Judicial, ya no sólo en el sistema entero (80 puntos en desfavorabilidad), sino también en las otrora prestigiosas entidades, como la Corte Constitucional: 49 negativos frente a 41 de imagen favorable, o la Corte Suprema de Justicia, 61 puntos contra 31. Histórico.

Entristece, por ejemplo, lo sucedido con el presidente del Consejo Superior de la Judicatura, Francisco Ricaurte, quien se atornilló en su puesto durante cuatro meses y, a punta de recursos judiciales, le hizo el quite a un fallo del Consejo de Estado que anuló su elección. Ricaurte hizo hasta lo imposible por permanecer en el cargo.

Flaco ejemplo da el presidente de una alta corte al recurrir a los mecanismos judiciales que bien conoce para favorecerse y no para fungir como juez supremo. Qué diferencia entre los magistrados que murieron en el Palacio y salieron de allí como mártires y ejemplo para todos los funcionarios judiciales, y magistrados como Ricaurte o Henry Villarraga que salieron del templo de la justicia por su puerta más pequeña. No alcanzan los dedos de la mano para contar los escándalos que han salpicado a la Rama Judicial en los últimos 29 años.

Al presentarse la reforma al equilibrio de poderes, el fiscal general, Eduardo Montealegre, salió a decir que esta era una nueva toma del Palacio de Justicia. Tamaño disparate. El nuevo holocausto es, en un nivel mucho más palpable para todos, que la Rama Judicial esté perdiendo el norte. No todas son malas noticias, por supuesto; este año, la justicia ha tomado decisiones transcendentales que resultan insoslayables.

Pero el objetivo básico es que las altas cortes cumplan con las funciones que les dio la democracia: para los 30 años del holocausto no sólo debe haberse esclarecido esta oscura página de la historia de Colombia sino que, además, los magistrados deben demostrar que el sacrificio de esos hombres de la patria, que murieron por el torbellino de violencia que en este país aún impera, no lo hicieron en vano: que la majestad de la justicia sobrevive a eso. Ya veremos.

EL ESPECTADOR/EDITORIAL