12 de julio de 2024

Reformas a los símbolos patrios

3 de noviembre de 2014
3 de noviembre de 2014

mario de la calleEmpecemos por el escudo nacional. Hace tiempo que deberíamos haber eliminado de este escudo la representación del istmo de Panamá. Precisamente por eso, por ser de Panamá, no de Colombia. ¿Para qué seguir recordando esa vergonzosa capitulación colombiana que permitió que perdiéramos ese territorio? Parecería que nos solazamos en el masoquista recuerdo de ese triste episodio de nuestra historia. Pienso que esa imagen debe sacarse de nuestra insignia nacional.

Pasemos ahora a la bandera. Según la legislación actual (Decreto N° 861 del 17 de mayo de 1924, dictado por el Presidente Pedro Nel Ospina), el pabellón, bandera o estandarte de la República de Colombia “se compone de los colores amarillo, azul y rojo, distribuidos en tres fajas horizontales, de las cuales el amarillo, colocado en la parte superior, tendrá un ancho igual a la mitad de la bandera, y las otras dos en fajas iguales a la cuarta parte del total, debiendo ir el azul al centro” (artículo 1°). Más adelante, se dispone: “La bandera de guerra de uso en el Ejército, tendrá un metro y treinta y cinco centímetros de largo, por un metro y diez centímetros de alto, para las armas de a pie; (…) estas banderas llevarán en el centro el escudo de armas de la República, enmarcado en una circunferencia de terciopelo rojo de cinco centímetros de ancho y de cuarenta centímetros de diámetro en su parte exterior, dentro del cual se inscribirá, en letras de oro, el nombre del cuerpo de tropas al que pertenece” (artículo 3° del  mismo decreto).

La norma citada fue reemplazada por el Decreto N° 62 del 11 de enero de 1934, expedido por el Presidente Enrique Olaya Herrera. En una larga enumeración de asuntos relativos al “servicio de guarnición de las fuerzas militares”, el numeral 209 del artículo 1° de dicho decreto establece: “La bandera con escudo sólo podrá ser usada por los cuerpos armados  de la Nación”.

Como puede verse a diario en la televisión, todas las dependencias oficiales utilizan una bandera con escudo, con lo que contravienen claramente lo dispuesto en la última norma citada. Así puede apreciarse en los despachos de la fiscalía, la contraloría y la procuraduría de la nación, en las altas cortes, en los ministerios, en las alcaldías, en las gobernaciones, en los tribunales, en los juzgados y en un larguísimo etcétera cuya enumeración no vale la pena continuar. Quiere decir que todas esas dependencias, desobedeciendo la norma, utilizan como pabellón la bandera de guerra. Lo cual parece inadmisible en estos tiempos de paz y esperanza.

Conozco por lo menos una persona que se preocupa por estos temas: En la Universidad Javeriana de Cali trabaja la doctora Piedad Maya C., profesora de esa institución y Directora de la Asociación Colombiana de Ceremonial y Protocolo. Ella lleva años tratando de que se subsane esa irregularidad. Se ha dirigido sin éxito a la cancillería, a protocolo de la Presidencia de la República, a los ministerios, a distintas dependencias de las fuerzas armadas y a cuanta puerta se puede tocar para llamar la atención sobre el asunto. Yo creo que nunca le van a hacer caso. Me imagino la millonada de dineros públicos que se habrá gastado para mandar a fabricar las miles de banderas con escudo bordado que hay por todos partes del país. En realidad sería “pecado” botar a la basura ese poco de plata y tener que gastar, además, otra millonada para fabricar las banderas sin escudo que deberían entregarse a todas las dependencias en reemplazo de las anteriores. Claro que estas últimas no serían tan costosas (porque no habría que bordarles nada), pero son tantas que el monto global seguramente resultará altísimo. Se me ocurre una solución más práctica: Que se dicte un decreto que reforme la incumplida norma vigente. Que se declare la bandera con escudo como la bandera nacional que utilizarán las entidades oficiales, y que la bandera sin escuda se llame algo así como la “bandera de las gentes”, la que usarán los edificios particulares, las personas jurídicas no oficiales, y los ciudadanos en sus manifestaciones, protestas y pronunciamientos y en su respaldo a los equipos colombianos en competencias deportivas. Quedaría por definir si las fuerzas armadas continuarían utilizando la  misma bandera de guerra actualmente existente, o si se diseña una específica para ellas. Personalmente me inclinaría por la primera posibilidad. No se necesita una bandera específica para la guerra.

Y vamos ahora al himno nacional. En primer lugar, hay que eliminar un montón de estrofas. Casi ninguna de las estrofas que componen el himno tiene algún significado para los ciudadanos. Debe quitarse, en primer lugar, la que cuenta que “la virgen sus cabellos arranca en su agonía, y de su amor viüda los cuelga del ciprés”; (la diéresis se usa en el himno para indicar que se disuelve el diptongo y que el acento prosódico cae sobre la u: “vi-ú-da”). En todo caso, el himno no debería quedar con más de dos o tres estrofas, fuera del coro. Y a ese coro hay que hacerle algo. Es un concepto plausible eso de que el bien germine ya, supongo que a raíz de la separación de España. Pero ese concepto sólo se expresa en el coro escrito. Cuando se canta (y escuchen por favor cualquier grabación o cualquier conjunto vocal), lo que suena es que el bien germina allá. Pero allá no nos sirve. Lo necesitamos (al bien) aquí. En Colombia, en nuestros campos y ciudades. Por lo tanto, hay que inventarse una frasecita de siete sílabas que rime con inmortal, y que complete la idea. Invito a los lectores a que ayuden a redactarlo.

Por último, y esto es en serio, hay necesidad de una reforma que estaría claramente apoyada en la Constitución Nacional. Colombia es un país laico. No tenemos religión oficial. Es la patria de católicos y no católicos, de creyentes y no creyentes. Por eso, la mención sobre “el que murió en la cruz” no debería existir. Era comprensible cuando la religión católica era la religión oficial del estado. Pero eso es historia pasada. No se puede obligar a todos los colombianos, a que invoquen a Jesús de Nazareth. Lo harán con gusto los católicos, y los miembros de las sectas cristianas. Pero no será los mismo para los hebreos, que aún esperan su mesías, ni para los mahometanos, cuyo líder histórico fue Mahoma, ni para los animistas y miembros de religiones indígenas que aún perduren; ni, por supuesto, para los ateos, que no creen en nada de eso. No se puede afirmar que la humanidad entera comprende el mensaje cristiano. Y ese es el contenido de la primera estrofa del himno, que es la que se obliga a cantar a todo el mundo. Como primera estrofa (y de pronto, tal vez como única), debería dejarse la que empieza “Independencia grita”, que al menos hace referencia al nacimiento de nuestra nacionalidad.