25 de octubre de 2021
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Nosotros, los penalistas

12 de noviembre de 2014

El Derecho Penal es el más apasionante. ¡Cuántas virtudes debe tener quien asume el papel de redentor! Simbólicamente cada pleito transforma al abogado en un cirineo que carga sobre sus hombros una torturante cruz ajena. En el desespero que producen las imputaciones, él es reflexivo y tranquilo, y después de escuchar y meditar, encuentra la claraboya  para la defensa. El penalista tiene proyección ecuménica. Debe administrar un desconcertante  universo de conocimientos para no quedar rezagado en la interpretación del cabalístico mundo de la conciencia. Quienes ofician en el altar de la justicia, se sumergen en  los libros que descifran el ajedrez de las pasiones.El penalista  no se  puede circunscribir a la simple lectura de los códigos. El hombre  es mucho más que un parágrafo legal. ! Cuánta sociología y psiquiatría, cuánta erudición científica, qué  desbrozamientos de teorías, cuánta navegación en los escritos luminosos de quienes, a escala universal,  han sido y son los pilares teóricos del derecho!     

No se concibe un penalista mezquino en erudiciones. Esos picapleitos que salen de irresponsables  fábricas de tinterillos harto daño le hacen a la profesión. Son un cáncer social. Carecen de las intuiciones que predeterminan el sendero para triunfar en los debates forales, son chupatintas baratos y maromeros de la mentira. Son ellos los causantes del desprestigio que de pronto cunde contra la carrera de derecho. En cambio, cómo es de respetable el jurista serio, sabio en los conceptos, certero para trazar la ruta de la defensa, convertido en bálsamo para restañar los dolores espirituales. Visítese el despacho de un penalista y lo encontrará empotrado de libros que explican la madeja de los sentimientos, los que se introducen en el cabalístico mundo de la intención, los que desbriznan la inacabable  mina del dolo, los que escarban con profundidad en  cada una de las figuras del derecho sustantivo. Para ser penalista hay que tener una vocación ecuménica. Fuera del olfato certero, además de la malicia adivinatoria, tiene que ser orador y escritor.

Los hemos escuchado con aleteos de águila, príncipes de la palabra  que saben irradiar el comando  del sustantivo, darle  vogor a la frase con el imperio del verbo, y adornar  la oración con las galas iridiscentes del adjetivo. Nada tan deleitable como un tribuno en el foro, caudaloso en el parto de metáforas, elocuente en sabidurías, dominante de la psicología para convencer un jurado de conciencia.

Y escribir con donosura. Causan vergüenza los alegatos de los cagatintas con pasmosos errores ortográficos, mazamorreros para exponer las tesis, vergonzosos personeros  de la estulticia.
LA PATRIA ha dado a conocer las trapisondas que unos bandidos  montaron para asesinar a unos abogados, uno de ellos, impactante en los estrados. Por fortuna la acción rápida y loable de la policía evitó que los crímines se consumaran.

La ingratitud es otra arista desconsoladora  de la profesión. Cuántos magistrados y  jueces, han sido sacrificados por los verdugos desagradecidos. Todo litigio deja a una de las partes ofendida. Si las providencias son adversas, la culpa la tiene el abogado que poco sabe de derecho y que, además, se vendió a la contraparte. Si gana el pleito,los perdedores afirmar que, con denarios malditos,  se compró la conciencia del  juez y que el jurista que los representaba entró en componendas clandestinas con el adversario a cambio de una remuneración perversa.
Ese es el pago final que, con frecuencia, recibimos los abogados penalistas.

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