25 de octubre de 2021
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Manizales odia los árboles (IV)

16 de noviembre de 2014

Un día en el futuro
recordaré este árbol   
Sentiré que sus ramas
llegan hasta mis manos,  
cargadas del perfume
que hoy difunde la tarde.

Brillantes olas verdes
son las  hojas y el agua.                                       
El tronco gris dibuja                                          
largos, extraños mapas.

Recordaré este cielo
que asoma a mi ventana
y el pájaro invisible                                           
que  en las mañanas canta..

“La memoria del árbol”: Maruja Vieira

No encontraba la entrada al edificio. Árboles, enredaderas y matas rodean las verjas y el camino por el que se llega a la portería. Tuve que ser guiado telefónicamente por mi primo. Ya estaba muy oscuro pues eran cerca de las siete de la noche. Vivía en el “penthouse” de una de las altas construcciones de un  inmenso conjunto situado en la zona de El Poblado de Medellín. Sentado en la amplia sala, corridas las puertas de vidrio que dan a un balcón, entró una bocanada de aire muy suave oloroso a  azahares. Pregunté a los parientes de dónde venía esa delicia y me dijeron que de un terreno un poco alejado, sin recabar mucho porque estaban como acostumbrados. Al día siguiente, lo primero que hice fue asomarme a mirar el panorama y alcancé a ver, en efecto, un lote silvestre que podía tener el tamaño de una manzana, lleno de desordenada vegetación, con muchas y variadas flores y algunos árboles de regular altura. Casi no sentí el aroma que de allí provenía porque no había viento y el lugar resultó más distante de lo que se podía pensar, como a dos o más  cuadras de donde me encontraba. En la parte de abajo del mirador desde el que observaba, habían prados, jardines, juegos y piscina, que se veían por la parte interior del edificio.  De inmediato me imaginé el  próximo, indefectible y aciago destino de esa extensa y aromática vegetación natural del terreno baldío. Pensando como todo manizaleño, claro, de acuerdo con su asidua experiencia visual.

“Qué pesar, Monito, cuando construyan en ese lote, y ese paisaje y esos efluvios terminen para ustedes”. Moviendo su brazo y el índice de su mano, negativamente, y después de decirme que era bellísimo el movimiento de esa naturaleza agreste cuando llovía tempestuosamente, agregó, “ni siquiera nosotros tuvimos que pagar nada, que lo hubiéramos hecho con gusto, los del edificio adyacente, que ves –ya dije que quedaba distante-, decidieron comprarlo para que no lo tocaran y todos los que vivimos en los otros nos beneficiamos de ese bálsamo”. Cualquier parecido con la actitud de nosotros, los manizaleños, frente a una circunstancia semejante… …, no, para qué lamentarnos.

Cada familia en Medellín, es responsable de un árbol. Esté sembrado donde esté y más si los tienen cercanos. No es fácil para los urbanizadores conseguir  el permiso para quitarlos. Aparte de muchos requisitos, en caso de que sea absolutamente necesario despejar el terreno, primero se analiza la posibilidad de trasladarlos, de trasplantarlos en otra parte, de no poderse,  tienen que sembrar su equivalente. La tala arbitraria de árboles, es sancionada con multa efectiva y con la siembra del triple de los derribados. Las noticias sobre parques educativos en los municipios de Antioquia, de renovación,  reparación y ornamentación de los parques de las poblaciones antioqueñas, son envidiables y frecuentes, mientras las que dan sobre la suerte de bosques y de árboles tutelares en los municipios de Caldas son desalentadoras, como sucedió en Salamina, en donde tumbaron un hermoso conjunto que le daba su sello al sitio que lo lucía. Luego no podemos seguir alegando que es la herencia de nuestros abuelos. Y claro que es un consuelo saber que Viterbo, al que conocí décadas atrás, conserva orgulloso la alameda que lo identifica, por las muestras que hicieron cuando su centenario, y al que espero volver algún día, a hablarles de la dimensión intelectual del padre Nazario Restrepo, el inspirador de la escuela grecolatina.

Me tocó ver cuando estaban adecuando la antigua estación del ferrocarril  en Pereira, para convertirla en la Biblioteca Municipal, que los árboles que circuían el lugar, los estaban sacando cuidadosamente de raíz, para resembrarlos en algún lugar previamente escogido. Yo miraba asombrado y envidioso. Calcúlese cuánto tiempo hace. Porque ya la Biblioteca hace parte de un estupendo Centro Cultural, inmensa edificación a la que fue trasladada y en donde funciona la academia de historia y músicos y danzarines circulan por esos pisos llenándolos de juventud y notas. Entiendo que la magnífica y potente Emisora Cultural extendió sus servicios ocupando los espacios dejados en esa recuperada estructura arquitectónica. En la que la zona verde sigue ahí. Y ya al principio comenté que en esa ciudad he visto edificios con jardines, incluso árboles, en su frente, a sus lados o en su interior. Sí, es una idea fija si se quiere, tanto es así, que cuando comenzaron a anunciar en la carrera 23 con 52, la construcción del edificio  Meridiano, quise averiguar la posibilidad de adquirir un apartamento sobre los planos y lo primero que pregunté fue por las zonas verdes. De inmediato me respondieron que no iba tener ninguna. Recordaba que el predio sobre el que lo construyeron, la casa de los Salazar Gómez, tenía en el extremo del patio del fondo, entre muchas plantas, un bello árbol.

La ausencia de parques y la desaparición de árboles y de vegetación en Manizales se aprecian mejor desde el aire, no solo desde el avión sino también, parcialmente, desde el cable aéreo. Y menciono éste, porque nunca me he resignado a aceptar el sitio en el que lo instalaron y nunca he entendido porqué se optó por esa feísima construcción, fría, metálica, inexpresiva,  sin haberla sometido a concurso y pretermitiendo el hecho de que son manizaleños los más sobresalientes arquitectos de la guadua en Colombia, como Simón Vélez y Marcelo Villegas, y que con ese dúctil y fuerte elemento vegetal hizo Gilberto Flórez un experimento urbanístico para familias de escasos recursos que fue justamente galardonado, y que en la Universidad Nacional, con promotores como José Fernando Muñoz,  se viene investigando en sus posibilidades, investigación de la que fue pionera la que hizo en los años sesenta del siglo pasado, otro manizaleño, Marco Aurelio Montes, en la Universidad de Antioquia. De verdad ¿era totalmente imposible la construcción de esta estación en guadua y maderas, que la hubiera convertido, per se, en un atractivo turístico? ¿Con un pequeño museo histórico, exposiciones, flores, café, con los que se invitara al uso del cable, no solo para ir a un destino, si no por el placer de hacerlo?

Columnas del autor

√Manizales odia los árboles (I)
√Manizales odia los árboles (II)

√Manizales odia los árboles (III)