18 de julio de 2024

Manizales odia los árboles (III)

5 de noviembre de 2014

Si en Manizales hay pocos árboles, entonces hay pocos parques. Para este  raciocinio demostrativo, cabe precisa una anécdota. Ocurrió en la alcaldía. Hace más de veinte años me parece, y no estoy seguro si el alcalde era el doctor Kevin Ángel. En todo caso en la recepción estaba todavía la recordable Stellita Ossa. No sé qué hacía yo en esas dependencias, porque siempre me he sentido incómodo en los pasillos y las antesalas oficiales, pero por alguna casualidad o necesidad, andaba por allí, cuando saludé a un grupo de ingenieros que se dirigían, supongo, al despacho. Una vez pasaron, alguien dijo alguna cosa sobre el desarrollo urbano de la ciudad y yo comenté dolido que Manizales era una ciudad sin parques. Que los que me habían tocado en la infancia y en la adolescencia, el parque Olaya Herrera y el  parque de  Los Fundadores, que siempre tuve por los únicos verdaderos y hermosos parques, quedaron  mutilados e inexpresivos con la Avenida del Centro. Ya entonces el parque del sabio Caldas se mantenía descuidado, aunque  estudiábamos también en él. La división que trajo de Francia un arquitecto, entre parques de recreación y parques de ornamentación, nunca me ha significado nada aparte de parecerme artificial. Por eso no menciono uno o dos más, “parques”, que son más bien plazoletas. Como Schiller, en “La educación estética del hombre”, nunca he separado lo lúdico de lo bello.

 

El azar hizo que a los pocos minutos se aproximara a donde estábamos,  una señora alta y delgada, caminando como caminaban funcionarios y funcionarias, en aquella época, en la que estaba en pleno furor el “clientelismo”. Un individuo, no sé si empleado o visitante, me comunicó en voz baja que se trataba de “la jefa de parques y equipamiento” y que si le podía trasmitir mi pensamiento. Hice un gesto de no importarme y al entrar ella le dijo: “Oiga doctora lo que dice aquí este señor, que en Manizales no hay parques.” De inmediato la encargada replicó con incómoda sorpresa: “Hay setenta y dos parques, señor ¿usted de dónde es? Contesté: “Llegué el 8 de marzo de 1850 ¿por qué?” No me entendió o naturalmente se desconcertó, pero a mi vez,  repetí preguntándome: “¿Setenta y dos parques? ¿Dónde, Dios mío?”  Y le pedí a Stellita que si tenía un diccionario,  que quizá yo estaba confundido o equivocado, para verificar qué cosa es un parque. “En la oficina del alcalde, dijo la aludida con su inveterada delicadeza, ya se lo traigo doctor”. Nos entregó el libro, buscamos  la definición que traía y la leyó uno de los presentes en voz alta: “Del francés parc, un parque es un terreno extenso lleno de árboles, jardines y prados para la recreación y el descanso”. Ante su turbado silencio le manifesté rápido: “Es comprensible su confusión, doctora, usted mezcla parques con parqueaderos”. Sé que fue ruda la ironía, y aprovecho para pedirle excusas con un a posteriori de tanto tiempo. La señora salió callada y presurosa, con ese paso que identificaba a los que la coalición de entonces tenía colocados.

En una de las alcaldías de Germán Cardona, me desesperé tanto con la persistente tala de árboles que se estaba dando por todas partes, inclusive en el Bosque Popular donde derribaron  unos ya centenarios, que no tuve más remedio que acudir a su oficina, a la que entré sin intermediarios y en la que me recibió, a pesar de lo inesperada, con cordiales halagos y su espontánea caballerosidad. Aun sin sentarme, le espeté: “¡Por favor, Alcalde, no me tumbe más arboles!” De inmediato replicó: “Pero es que vamos a sembrar más” (???…). Respuesta de antología. “De acuerdo con eso, le aduje alterado, entonces agarrémonos a matar gente y a hacer más”. Me despedí irritado, no sin agradecerle el que me hubiera escuchado. Esto que cuento y lo que contaré enseguida, no me impide reconocer que sus dos alcaldías pueden ser tenidas entre las mejores en el último medio siglo de la historia de Manizales.

A propósito, cuando Germán Cardona terminaba su último período como burgomaestre, con muy buen suceso, hizo entrega en solemne acto público,  del bello libro ilustrado, “Manizales, fin de siglo”. Como en él, junto con varios autores, incluyeron dos textos míos, uno de historia y el otro, una carta de amor a la ciudad, me tocó también intervenir. Ni el auditorio, ni la presencia del alcalde, que fue la que más bien me incitó, me arredraron para decir allí, claramente, que “nunca antes, en la historia de Manizales, se habían derribado tantos árboles como en los dos últimos años”. El mandatario debió sonrojarse, imagino, pero cuando se acercó a felicitarme, agregó en voz baja, “me rastrilló los ijares, pero exageró”, o  algo parecido, sin perder su serenidad. Quizá sí exageré, porque el alcalde que lo sucedió, otro ingeniero, creyó que se trataba de competir en arboricidio, y trató de superar a su predecesor.

Este triste lunar, de ingeniero, manizaleño, y autoridad, no le oculta los muchos aciertos de su administración. Entre ellos, el de la construcción del parque Los Yarumos. No obstante, el día de la inauguración, a la que asistió mucha gente de todas las edades y condiciones, el doctor Cardona me alcanzó a ver de lejos y se aproximó amistoso a saludarnos a mi señora y a mí. Sabiendo ya de mi obsesión, me preguntó con cierta sonrisa: “¿Qué, mucho cemento?” No tuve más remedio que contestarle: “Si usted lo pregunta, comentario no pedido, acusación manifiesta”. Con su habitual cortesía, sacudió su cabeza.

De verdad, habría preferido que la casa que le sirve de sede a este parque, hubiera emergido de entre los árboles, y que el acceso a ella, hubiera estado precedido por una corta alameda o una profusa floración, pero tiene muchas cosas atractivas. Cierto que no lo visito desde hace un buen tiempo, desde antes de comenzar las instalaciones para el cable aéreo que allí funciona o funcionaba, o que nunca funcionó a derechas, según dicen. No sé. Mas en este corto párrafo final, se insinúan dos temas de paisajes, de guaduas, de vegetación, de sensibilidad, de envidia, de imaginación, en fin, de panoramas y de actitudes ciudadanas distintas, que no las quiero eludir.

Columnas del autor

Manizales odia los árboles (I)
*Manizales odia los árboles (II)