23 de julio de 2024

Las cataratas de Iguazú

6 de noviembre de 2014

Somos turistas que vamos a conocer una de las “Siete Maravillas Naturales del Mundo”.  El  municipio de Iguazú tiene construcciones  modernas, sus casas, en una inmensa  planicie silvestre , están espaciadas unas de otras,  los hoteles atestados de pasajeros que a diario arriban  de diversos países. Asombra  ver el relevo, unos que llegan y otros que se van.

Estamos aquí con el propósito inmediato  de conocer las cataratas.

El  diluvio nace  en una selva de 67.720 hectáreas. Fueron descubiertas en el año de 1542 por Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Tiene 275 saltos.   Los vehículos transitan por una carretera asfaltada, entre la maraña de una  naturaleza virgen  que desde la creación del  mundo  se derrama en surtidores caudalosos.
La salamineña Agripina  Montes del Valle escribió una hermosísima oda al Salto del Tequendama. El rio  viaja tranquilo por la altiplanicie bogotana y súbitamente el terreno  se despeña para encajonarlo y lanzarlo desde un alto peñasco a una hondonada  de vértigo. Así escribió la poetisa:

“Tequendama grandioso

deslumbrada ante el séquito asombroso

de tu prismal riquísimo atavío,

la atropellada fuga persiguiendo

de tu flotante  mole en el vacío,

el alma presa de febril mareo

en tus orillas trémula paseo”.

Imposible imaginar la dimensión del canto de la poetisa, si hubiera conocido las  Cataratas de Iguazú, ante las cuales nuestro salto es un pobre remedo.

Sobrecoge, anonada, asombra este volcán de aguas que se juntan para desembocar en el abismo.Con el correr del tiempo, desde que Dios hizo esta inmensa geografía, esa desproporcionada hemorragia de la tierra ha logrado socavar, apenas,   un visible semicírculo con una base  de piedra invulnerable.  El estruendo es apocalíptico. Los  golpes sordos se multiplican por doquier.

El oceánico  caudal  desciende en torbellinos inmensos y  cuando hiere el continente rocoso que lo recibe, estalla en miríficas perlas que de inmediato se volatizan en el aire.En ese temblor que parece traducirse en sacudidas de la selva,  se desprenden unas cortinas de  nubes que se repliegan suavemente sobre el lecho del río. Hay que tener un oído impávido ante el  estrépito, para soportar el coro de unas  ninfas que jamás conocieron los milagros del silencio. Un coro de diez mil voces humanas  serían poco en comparación  con el vociferante y ensordecedor  estallido de esta gigantesca mole de aguas indómitas.

Aún escuchamos su estruendo. Los ojos están abrillantados  por esas gigantescas cascadas  de vidrio  molido. El asombro ante esa belleza sobrecogedora  no desaparece.  De ese tamaño es  el prodigio.

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