21 de julio de 2024

Manizales odia los árboles (II)

29 de octubre de 2014

Es espeluznante la insistencia, las ganas, con las que manizaleños solicitan la tala de árboles. Sin ninguna vergüenza y con un interés particular, simulado de petición general. Por cualquier motivo o por ninguno, porque hay que ver los supuestos argumentos que alegan, insensatos y risibles si no fueran trágicos. Las destacan los órganos impresos y hasta hacen eco los noticieros regionales. En uno televisivo de mediodía, no hace un mes, nadie menos que un jefe de bomberos de Manizales, pedía que le desaparecieran un arbolito, poco más que un arbusto, que está o estaba situado al frente de su Estación, porque le impedía ver no se qué cosa o quién venía de la cuadra anterior. El colmo. No sé si le hicieron caso, a lo mejor sí, pues no he pasado por allí para comprobarlo, porque además, las informaciones de ese tipo o ver los arboricidios, me duelen en el alma y me afectan la salud. Por eso pido a los cercanos que no me cuenten o por lo general, detengo el comentario que quiere aludir a tan inexplicable y suicida comportamiento. Que La Florida ya no es la misma, porque las urbanizaciones han arrasado sin pudor y sin nervios con ese paraje que fue encantador hasta un tiempo reciente. Que en x o y sitio, que a la salida de tal parte, me dicen taxistas, están derribando los arbolitos. Que en el parque de Caldas tumbaron uno que estaba allí desde hacía años, que hasta las gentes que viven precariamente en el barrio Bengala y en los de la comuna norte temen que la montaña se les venga encima por la construcción de residencias sin las debidas previsiones y la irresponsable deforestación.

 

Se seguirá así,  mientras no se analice el porqué de esa mentalidad, qué pasa con los manizaleños que el culto ancestral al hacha lo conservan aún tan metido en su psicología. Hasta en el Quindío, que la tiene como símbolo por la titánica tarea de los colonizadores que descuajaron selva para levantar el milagro que es su ciudad, han reaccionado porque aquello tuvo su tiempo y hoy es la región que lleva la vanguardia en el paisaje cultural cafetero y en el turismo ecológico, entre los del antiguo Caldas.

En los años noventa del siglo pasado, intenté proponer una encuesta a la revista Civismo. Estaba en auge el corte de árboles en Manizales, porque no se trataba de mera casualidad el que los alcaldes de la ciudad fueran ingenieros, profesión que tenían los que los sucedieron, y siguieron sucediéndolos hasta hoy, o administradores de empresas, e ignoro cuál ha sido el motivo para que las personas de otras profesiones no hayan accedido a este cargo sino solo en breves ocasiones. Tengo una buena selección de amigos ingenieros, admiro a muchos de ellos, entre los que se encuentran melómanos, artistas, poetas, cultísimos devoradores de libros, e inclusive, por muchos años la dirección académica de la sede que aquí tiene la Universidad Nacional, estuvo bajo la responsabilidad de una persona con muy reconocidas relaciones en el mundo intelectual, sin que yo hubiera podido entender nunca por qué no quiso o no pudo hacer nada para menguar algo el culto al cemento, a la obsesión por desterrar jardines, al  arrasamiento de la vegetación, al desaprovechamiento del terreno para echar a volar la imaginación y aplicar la inteligencia en la erección de construcciones con verdes en su interior y en sus alrededores, como las he visto en Pereira y en Medellín, para citar solo dos ciudades con un similar tipo humano al manizaleño. En este momento, al frente de mis ojos, tengo un inmenso edificio que ya casi se concluye, sin el más mínimo espacio ni para una matica. El ejemplo más ofensivo de lo que se  permite hacer desde las oficinas de planeación, en esta ciudad, para afearla, endurecer su atmósfera y arriesgarla, Dios no lo quiera, a una futura tragedia, es el conjunto residencial denominado La Estación. Si no es por una reja de hierro que hace de valla protectora, cualquiera de los residentes de los pisos bajos, con solo asomar la cabeza o salir a la puerta de su apartamento correría el peligro de ser atropellado por un vehículo. Es infame esa construcción en la que poco a poco le fueron tapando la vista a los primeros compradores de los bloques más interiores. Desde que vi su imagen virtual, quedé horrorizado. Estuve por enviar fotografías a una de esas magníficas revistas de arquitectura que premia también lo peor. No supe si hice bien o no absteniéndome. Pero qué podía yo evitar si me dijeron que los causantes, que hasta ahora desconozco, del estropicio al buen gusto, eran poderosos e intocables. Así lo demostraron terminándolo, con la consabida complacencia manizaleña.

La encuesta consistía en hacerles varias  preguntas  a residentes de Manizales de todos los estratos y mayores de siete años, de este tenor: 1. ¿Ha sembrado usted alguna vez un árbol? ¿Ha estimulado, auspiciado o apoyado la siembra de árboles? 2. Ha tumbado o pedido tumbar árboles? ¿Ha dejado derribarlos, o lo ha permitido? 3. ¿Ha impedido o tratado de impedir la tala de uno o varios árboles? ¿Se ha opuesto de alguna manera a su derribo o a su mutilación, así  haya sido impotente su acción? ¿De qué modo? ¿Le ha tocado presenciar la tala o el destrozo de árboles en algún sitio de la ciudad? 4. ¿El espacio en que reside o trabaja tiene árboles? ¿Los tiene cercanos, a qué distancia y dónde? ¿Cuenta con jardín o zona verde? ¿Calcula su extensión? 5. ¿Cuál es el sitio más arborizado de Manizales que usted conoce? ¿Cuál el menos arborizado? ¿Ha visto alguna alameda en esta ciudad? 6. ¿El árbol de su infancia,  estaba en el patio de su casa, al frente, en la casa vecina, en el potrero de sus juegos o en el parquecito próximo? ¿ Los  (sus) niños (de hoy) han crecido con algún árbol cercano a sus ojos y a su corazón, en su memoria)

“Civismo” es todavía el órgano de la Sociedad de Mejoras Públicas, entidad que cincuenta años atrás, y sobre todo en sus inicios, cuando se llamaba Junta de Ornato y Beneficencia (o de Embellecimiento), en la primera mitad del siglo XX, era la encargada de la protección y el cuidado de los parques, de la arborización y del embellecimiento de la ciudad. Por eso suponía que la encuesta debía tener en ella su promoción y apoyo. En la actualidad existen varias corporaciones y agrupaciones cívicas que también podrían llevarla a cabo, ya que la vigencia de las preguntas permanece y es cada vez más dramática.  Sería una buena guía para diagnosticar, por lo menos con datos cuantitativos, que aunque explican menos son los que más se usan, hasta qué punto está arraigada esa mentalidad entre nosotros. No sé cuándo los universitarios investigadores, o las mismas universidades, se vayan a decidir a desentrañar esa vocación arboricida del manizaleño medio. Me encantaría que esa investigación  tuviera origen en alguna de las facultades de la Universidad Nacional, sede Manizales. Se dan allí excelentes investigadores y les es muy propio el asumir retos.

Columnas del autor

Manizales odia los árboles (I)