4 de marzo de 2021
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La transición interminable

10 de octubre de 2014

hernando arangoLos españoles tuvieron, después de la liquidación del régimen de Franco, una generación que debió comenzar de cero. Esa generación no tuvo de sus mayores que heredar pues sus padres nacieron, vivieron, y si se quiere padecieron el régimen y a él se sometieron. Muerto Franco, se debieron inventar los procesos. Debieron soportar el intento de golpe de estado. Debieron crear su ideología y construir el estado como pudieron. Con errores, con manifestaciones que en veces no eran coincidentes con su propia filosofía, más buscando en el andar ajustarse a lo que querían. Así construyeron un país, una Democracia Social de Derecho, mediante la cual España se incorporó a lo que nació después de la II Guerra mundial y que se denominó “Estado de Bienestar” que, desde entonces, dominó su vertiginoso crecimiento, pero que, desde la gran crisis de 2008 se ha convertido en malestar y descontento para los que  han heredado el poder de quienes  lo asumieron en la etapa post Franquista.
Esta juventud heredera tiene la sensación, según el articulista, de que la experiencia política de sus padres fue un completo fracaso, ya que consideran lo establecido por aquellos como  una “fachada que disimulaba una trama de banqueros codiciosos, políticos corruptos y periodistas vendidos que habían aprovechado los últimos treinta años para lucrarse personalmente a costa del pueblo engañado”.

Continua Pardo Torío: “Quienes ven las cosas de este modo, por tanto, se sienten llamados a repetir la experiencia política de sus padres, desde el principio y esta vez con éxito, emprendiendo un proceso constituyente que garantice la transición definitiva a una democracia auténtica, sin banqueros egoístas, sin políticos deshonestos, sin periodistas tramposos”.   Valga decir, como bien lo expresa el autor del artículo, “aunque para ello tengan que convertirla en una extraña democracia sin banqueros, sin partidos políticos, sin prensa libre y sin presupuestos”. Todo con el apoyo  de los sistemas modernos de comunicación en “una asamblea general infinita del pueblo”, para alcanzar una “democracia idealizada, graciosamente caída del cielo y envuelta en halo de pureza inmaculada”.

Pero la verdad es otra, ya que “ la democracia no es incompatible con las estrecheces económicas, ni con la corrupción política, ni con la colusión entre los poderes fácticos, y que todo ello, en vez de animarlos a liquidar el sistema y acabar con las instituciones que lo sustentan, es lo que hace tan importante que los Parlamentos, los tribunales, los Gobiernos y la prensa funcionen bien, porque constituyen la única defensa legítima y creíble contra esos males”.

He aquí como en nuestro país también hemos tenido transiciones, tal y como lo fue la de una hegemonía conservadora desplazada en el año treinta del siglo pasado, sólo para ser reemplazada por otra de corte liberal que se mantuvo en la revancha por quince años, y luego ser sustituida por otra vindicta que nos llevó a la dictadura y finalmente al Frente Nacional, que fue el sistema que heredamos los que debimos iniciar de ceros la construcción de esa nueva democracia con participación igualitaria y aceptación de la alternación en el poder, en procura de la paz política, con contubernios que de otra manera no hubieran podido desarrollarse. De esa transición, a algunos nos correspondió el tránsito a un estado de cosas en el que la lucha política se estableció con base en  colaboraciones destinadas a guardar silencios, en tanto algunos se atragantaban con los recursos públicos.

De allí que, para los últimos años, vengamos escuchando voces que buscan crear un nuevo Estado. Un Estado en el que  las consultas a las comunidades sean más amplias, tanto como que, de esas consultas, pueda darse o no el desarrollo y progreso de determinadas actividades de bienestar común. Consultas que ahora se quieren extender más y más. Propuestas que  buscan constituir un Congreso ideal en el que sus integrantes tengan cualidades excepcionales y regímenes prestacionales tales que, en la práctica, no haya quienes lleguen a un cuerpo colegiado de esa naturaleza y con sacrificio de todo lo que les rodea.

Establecimiento de formalidades en todo orden, de tal manera que cada ciudadano tenga voz; voz prevalente (¿?), para que nada se haga sin la aceptación de cada uno, sumada a la comunitaria.
Así es que, es bueno buscar que se entienda por parte de quienes reciben hoy la “Transición Interminable”, que la democracia debe prevalecer sin claudicar ante los arrebatos  derivados de incitaciones a la mejora de todo, de todo lo malo que existe, dado que en una de esas se cae fácilmente en regímenes dictatoriales al estilo de los que conocemos en las vecindades y que, definitivamente, se entienda que “No es la política la que hace al elegido ladrón, sino el voto el que hace político al ladrón”.

Manizales, octubre 11 de 2014.