19 de julio de 2024

¿República bananera?

26 de octubre de 2014

Ahora bien, si la definición puede llegar a ser considerada como insultante, un pequeño análisis introspectivo para el caso colombiano, llegaría a la conclusión de que lamentablemente, el calificativo le calza con precisión suiza a este país.

Sí. Lo que ha sucedido en los últimos días en el Congreso de la República confirma las condiciones para aplicarle a esta sociedad la denominación de República Bananera.

La enésima reforma tributaria, que no solo aumentará nuevamente los impuestos sino que una vez más cambiará la estructura de los gravámenes internos. La discusión repetida sobre si en Colombia debe haber reelección presidencial o no, cuyas aprobaciones en el Capitolio y sus prohibiciones posteriores se han prestado para toda clase de irregularidades, inmoralidades, procesos penales y hasta anécdotas, que ya prácticamente se adentran incluso en los terrenos de la leyenda. Y la reiterada discusión del voto obligatorio, cuya propuesta ya nació y murió en pocos días en las curules del parlamento, son apenas una tímida muestra de los cambios abruptos y la falta de definición de políticas concretas de largo plazo en Colombia.

Aquí, en pocas palabras, lo único constante son los bandazos de un extremo a otro, cuya consecuencia es una inseguridad jurídica y económica apenas comparable a la que se vive en las calles.

Durante años, décadas quizá, el Estado colombiano a través de sus diferentes gobiernos ha intentado, sin lograrlo, mostrar una imagen de seriedad ante el país y el mundo. Imagen que no obstante, con cada proyecto de ley en el Congreso como los que cursan en estos momentos, ya sea el de equilibrio de poderes o transformaciones en los impuestos, terminan por sepultar la poca credibilidad que puedan tener nacionales y extranjeros en la sensatez de quienes manejan las riendas oficiales.

Colombia necesita reformas y cambios, sí, pero más que eso, requiere con urgencia seriedad e inteligencia para estructurarlas y sobre todo, que éstas permanezcan en el tiempo.

Vanguardia/Editorial