25 de febrero de 2021
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El adiós a un grande

21 de octubre de 2014

william calderonEsta dupleta de gargantas sonoras hizo época en las principales cadenas radiales y en la televisión colombiana. El trágico deceso de Caicedo, el caucano, ocurrió el martes 21 de octubre de 2003. El óbito de Piedrahita, el tolimense, sucedió el 20 de octubre de 2014, también en Bogotá. Paz en las tumbas de estos dos grandes del micrófono, que amaron con pasión de cadetes a su muy querida Asociación Colombiana de Locutores. Recordemos que fue Juan Harvey quien apodó “El Padrino” a Alberto.

UNA SEMBLANZA DE PIEDRAHITA

En su libro “Radio Gentes de Colombia”, don Emiro Fajardo Ramos (el primer locutor que tuvo el Noticiero Todelar de Colombia) escribió en 1974 un emotivo  perfil de Piedrahita. Leámoslo:

Dinamismo, trabajo, tesón e incentivo, términos estos que bien se conjugan en la persona de Alberto Piedrahita Pacheco.

El primero de febrero de 1931 arribó al puerto de Girardot, procedente de su natal Líbano, Tolima,  esta futura figura de la radio colombiana. Pionero en la radiodifusión colombiana, se inició en la capital del país en la radio en La Voz de Bogotá. Piedrahita ha hecho gala de sus capacidades y de sus diáfanas capacidades profesionales hasta escalar los más importantes como difíciles peldaños dentro del vasto y complejo mundo de la radiodifusión.

SU TRASEGAR POR EL CICLISMO

Comandante durante muchos años del Transmóvil número 1 de Nueva Granada, en las Vueltas a Colombia, a cuyo bordo formó llave admirable con el que llamaba “el viejo requetemacanudo” Julio Arrastía Bricca, hombre de muchas aspiraciones, nuestro personaje se muestra orgulloso de haber llevado a todos los lineros de su patria, Colombia, la viva emoción de la Vuelta a Francia en bicicleta, edición 1973, y transmitida exclusivamente a nivel internacional para los países de habla hispana por RCN.

Con fe de carbonero, Piedrahita considera la tribuna popular de la radio colombiana como guía inconfundible, dentro de ese mismo plano ampliado su ángulo a toda la empresa continental de América.

Girando en torno de temas tal vez si, tal vez, no ajenos al mundo del micrófono, su mayor anhelo él mismo lo define como el progreso colectivo de su gente de la radio. Califica muy bien al personal artístico que día y noche transmite la imagen de realidades y ensueños de este mundo del siglo XX.   Como hombre de experiencia y conocedor de cuanto se refiere a lo que él más quiere: la radio.

EL PERFIL DEL PERSONAJE

Piedrahita sitúa su profesión en un plano de alta jerarquía. Narrador deportivo, locutor comercial y noticioso, periodista, hombre que ha dado el paso de la radio a la televisión con un buen logro que le augura notorios éxitos en el mañana (galardonado con el Premio Ondra en 1973 como locutor de la televisión).

Piedrahita es sinónimo de dinamismo, trabajo, tesón e incentivo, este último, es sin temor a equivocarnos,  la síntesis de una gran reseña artística de un auténtico personaje e los micrófonos de Colombia, termina diciendo don Emiro Fajardo.

SE LE ADELANTARON

A Don Alberto se le adelantaron en la partida amigos tan entrañables como Julio Arrastía Bricca, Carlos Arturo Rueda, Juan Harvey Caicedo, Armando Moncada Campuzano, Julio Nieto Bernal, Fernando González Pacheco, Fernando Londoño Henao, Otto Greifesttein Gaviria, Alberto Acosta Penagos, Hernán Castrillón Restrepo, Alvaro, Julián Ospina Mercado,  Monroy Guzmán, Jaime Olaya Terán,  Antonio José Caballero, Juan Caballero Morcillo   y Hernando Vidales Vélez, entre muchísimos otros camaradas del medio.

EL HOMENAJE DEL PUPILO

La Barca reproduce este sentido homenaje que le ha hecho a Don Alberto su discípulo  más aventajado en la narración ciclística (RubénDarío Arcila), a proósito e su sensible fallecimiento:

DON ALBERTO

Por Rubén Darío Arcila (su mejor discípulo en el micrófono)

Los gélidos vientos de las montañas guardarán celosamente el compás sonoro de Alberto Piedrahita Pacheco.

En cada metro de las carreteras colombianas retumbarán siempre los ecos vibrantes y graves de una de esas voces permeables al avance del tiempo. La limpidez de su garganta está inmersa en nuestros oídos. Penetró para siempre en las memorias de quienes crecimos en la radio o la tv con la vertiente de su pulcritud.

Maestro, fue un placer conocerlo.

De adolescente admiré la cadencia de su pronunciación perfecta. Aprendí que no se debe gritar para crear emociones. Supe que en los altos y bajos de su voz espléndida estaban los secretos del buen decir. Usted, Don Alberto, irradiaba un torrente repleto de castellano fino, de dicción impecable. Culto, ameno, con humor bien administrado, sin perder nunca la compostura, era conductor de programas de cualquier naturaleza, desde la Barra de las 12, hasta la Luciérnaga o los noticieros estelares de la radio o la televisión.

Su dueto con el “viejo requetemacanudo Julio Arrastía Brica” entra ahora mismo en los anales de la historia radial colombiana. Ya están juntos los integrantes de una llave magistral que abrió las compuertas auditivas de la afición ciclística. Son tiempos que no volverán. Hay hechos y protagonistas irrepetibles.

Muchas gracias, “Padrino”.

Usted quizá no lo supo, pero su voz era mi aprendizaje. Cuando lo acompañé en un Tour de Francia — entre vinos, quesos y alegrías — abracé uno de los instantes capitales de mi existencia periodística. Y supe que detrás de ese rostro serio transitaba el espíritu noble de un gran amigo que siempre alzaba una copa, generando un sincero y recio saludo, antes de dejarnos escuchar desde el fondo de los micrófonos su acento indiscutible e inimitable.

Por eso, cualquier ventisca en la Vuelta al Táchira nos traerá de regreso la vibración hermética de su fuerza comunicadora. Lo tendré eternamente presente para exaltar la fidelidad de los sonidos, la grata emisión de sus mensajes. La palabra en su mejor expresión. Muchos le debemos bastante.

Repose en paz.

Rubén Darío Arcila