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El racimo de plátanos

30 de septiembre de 2014

jaime lopera

Ya lo sé: no es sino imaginar al Estado colombiano como un gigantesco racimo de plátanos. Un racimo colosal y diverso, cuyo tamaño aumenta con el tiempo y provoca la demanda permanente de una vasta clientela nacional y algunos negociantes internacionales: de las variedades más codiciadas en el racimo están las licitaciones multimillonarias; otras son los contratos sin licitación, las asesorías, los subsidios, las tarifas, las zonas francas, los suministros, las embajadas, los permisos especiales, las subastas de la TV y las concesiones, entre otras.

Aquel que logra agarrar un plátano consular, o un contrato para suministrar comida a los presos, no se deshará de el por nada del mundo y van a transcurrir muchos años para zafarse de la mata. El plátano de la carrera administrativa es un fruto muy apetecido por los indolentes cuya única consigna vital es “haga o no haga llega la paga”.

En efecto, suele ser una costumbre muy nuestra que, con alguna regularidad, cada colombiano elija un plátano de estos y lo arranque del racimo para aprovecharse de su sabor y de su consistencia. Puedo elegir un plátano pequeño como un puesto oficial y me ayudaré de quién sea para lograrlo hasta mi jubilación. Así se ha devastado el Estado desde tiempos inmemoriales: recuerden los plátanos en libras esterlinas que se ganó don Francisco Antonio Zea en Inglaterra, para no mencionar cientos de ejemplos recientes.

Al recolector o depredador de plátanos no le interesa que el racimo esté verde, pintón o maduro: lo que le importa es que se encuentre al alcance de su mano para empinarse, o que pueda agarrarlo con la ayuda que le preste un funcionario público y amigo del vecindario. El cosechador puede pagar algo por la ayuda de una escalera, o por una puerta que se encuentre cercana al plátano que desea; y puede favorecer el uso de estas ayudas mediante una comisión por servicios, o con unos notables honorarios por el mismo utensilio.

Como cada plátano representa un determinado valor económico, los hay también de todos los tamaños: los plátanos municipales no son tan apetecidos como los nacionales, pero siempre habrá algún interesado en probarlos. Los plátanos de infraestructura son muy apetecidos por todos los ingenieros porque son muy rentables a corto plazo por los ajustes; o a largo plazo por las sustanciosas demandas jurídicas que casi siempre se le ganan al Estado.

No ha existido, por años y años, ningún vigilante o guardián que haya podido evitar la depredación del racimo –o de toda la platanera. Bien al contrario, muchos de los custodios se confabulan con los depredadores para arrancar porciones de los plátanos con el más desvergonzado cinismo.

Tampoco han tenido éxito las campañas nacionales que se hacen cada cuatro años para atacar semejante rapacería (algunos audaces han llegado a ser Presidentes con esta simple propuesta), y la plaga sigue diseminándose a los ojos de todos sin que se pueda hallar todavía un correctivo eficiente. No hay control biológico, mecánico o químico lo suficientemente eficaz para erradicar este mal: por cada ley o decreto la plaga tiende a mutar, y por ello se reproduce con impresionante facilidad. Lo estamos viendo.

En consecuencia, ya no hay dudas que esta es la única manera de entender la razón por la cual muchas personas todavía nos seguirán llamando una  “banana republic”.

1/10/2014

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