6 de julio de 2022
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El municipio al servicio de los demagogos

4 de septiembre de 2014

¿Con     quién trabaja  un político en los pueblos? No con los pasivos, no con los indolentes, no con los camanduleros  que no salen de la iglesia.

El líder municipal debe ser baquiano  para abrazar con palabra de embrujo a los parroquianos, manejar la lengua como una barbera, diestro para las promesas y recursivo para las excusas, exportar alegría y optimismo, contundente y guapo en los puñetazos,perito para montar cátedra en las esquinas, hábil para ponderar la grandeza de su candidato y la pequeñez de su adversario.

El demagogo de pueblo es fiestero,  gusta y se excede en el licor, casi siempre es mal marido  y tiene sucursal, es maquilero en los juegos de azar, es frívolo y fanfarrón. A nada le da importancia. Mantiene informado a su patrón de las seducciones que ha hecho de nuevos adherentes, le da  el número de los celulares para que el parlamentario, desde Bogotá, los llame y los mantenga con la temperatura alta, como símbolo de la importancia  que tiene el conquistado y de paso para ponerse a su incondicional servicio.

La clientela directiva del político es indócil y celosa. Cuida que su amo no lo margine. El parlamentario debe alimentar  por la red telefónica a sus áulicos y asegurar que se entiende únicamente con ellos. ¡Ay que presienta  que su líder llama a otros! Entra en crisis, se pone nervioso e indaga por la causa de esas vinculaciones que él no aprueba ni justifica. Acepta el ingreso de nuevos prosélitos  pero comandados por él.

Es apenas natural que los candidatos para las alcaldías y concejos salgan de esa clientela alborotadora. Entre los demagogos de las aldeas se van conformando unas pequeñas y suspicaces capillas. Y con talento intuitivo se reparten las posiciones.  El que se encarama a la tribuna y le habla claro  al parlamentario  y además le canta la tabla, sirve para alcalde. Los que agitan las  veredas  y llevan al día el escrutinio de los electores, pueden ser concejales. Y para evitar las riñas se reparten las pocas posiciones que tiene el municipio. Tu serás personero, tu tesorero, tu te encargarás de la movilidad con el compromiso de contratar con mis recomendados  las rocerías  de las carreteras veredales,tu serás secretario del Concejo y además asignan a dedo  quiénes deben ocupar las secretarías. El alcalde elegido llega amarrado a la administración.

Y pensar ¡ay! que ahí están los que mandan en los municipios. Después de que se aprobó la elección  de alcaldes y  gobernadores, los pueblos se aplebeyaron. El rasero está abajo,  en donde se consiguen los sufragios.  Cuántos votos tienes; eso vales.  

La transformación de la vida administrativa de los pueblos ha sido abismal. Es alcalde el profesional bochinchoso. Y concejal el que tiene pulmón estentóreo, y maneja una recua humana  con vocablos groseros.

Van desapareciendo de la escena los que fueron  formados en otra cultura. Cuando eran los patricios los que prestaban gratuitamente el servicio como ediles. Cuando eran alcaldes varones consulares. Cuando las prédicas  se hacían a base de mensajes doctrinarios y el ágora temblaba de  emoción   bajo el derrame prodigioso de oratorias iluminadas.     

Ahora no. La demagogia se  empotró en la política colombiana.

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