28 de febrero de 2021
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El debate de los odios

18 de septiembre de 2014

La misma convocatoria del debate, sus vueltas entre la plenaria y las comisiones, tenía la inequívoca finalidad de someter al expresidente a un juicio público por hechos que han marcado la historia de este país, y que muchos adversarios políticos quieren ubicar únicamente en cabeza del hoy senador Uribe Vélez.

Entre las dudas y poca firmeza del presidente de la Comisión Segunda, Jimmy Chamorro, que condujo la sesión apabullado por la adrenalina de los congresistas; entre las entradas y salidas del propio expresidente Uribe, y entre el desacato del senador Cepeda a las restricciones que había definido la Comisión de Ética, que no tuvo mayor dificultad en saltarse, se desarrolló el debate con un recuento de acusaciones formuladas desde hace mucho tiempo.

Se medían dos hijos de víctimas de la violencia, cuyos padres cayeron asesinados por ataques provenientes de extrenos opuestos.

La presentación del senador Cepeda acudió a un libreto efectista, con punto de mira en una sola cara de la violencia. Citó fuentes diversas sin aclarar hasta dónde llegaba el testimonio de los acusadores y dónde enlazaba sus propias conclusiones al oficiar como fiscal.

La respuesta del expresidente Uribe tuvo un prólogo de acusaciones a todo tipo de personas, entidades y poderes. Repasó no solo las incriminaciones que le hizo el senador Cepeda, sino otras que le han lanzado en diferentes ocasiones, sin apartarse de la línea argumental de defensa que ha sostenido en su larga carrera pública. Es verdad, como lo dijo el senador José Obdulio Gaviria, que pocas hojas de vida han sido sometidas a tan riguroso examen.

Muy infortunada la intervención del ministro del Interior, Juan Fernando Cristo. Exigió intocabilidad para el actual Jefe del Estado. Olvidó muy pronto sus propias intervenciones como senador, no sólo contra el anterior presidente, sino contra su actual jefe.

Ahora bien: ya que se abrió el espacio para este tipo de debates, ha de comenzar el Congreso a realizarlos, no para arrinconar a adversarios políticos incómodos, sino como espacio para que allí se establezcan muchas verdades históricas pendientes de dilucidar.

Porque querer hacer aparecer solo a un exgobernante como responsable único de los fenómenos más dañinos de nuestra historia, sea narcotráfico, sea paramilitarismo, es no solo una injusticia sino una torpeza política.

Es insultante ver a los voceros de uno de los partidos históricos, el liberal, sumarse a la causa acusatoria contra Uribe Vélez, cuando ellos tuvieron la responsabilidad del Gobierno y las mayorías parlamentarias durante 20 de los 30 años transcurridos entre 1970 y 2000, cuando los narcos, la guerrilla y los «paras» casi hacen suyo este país. ¿Dónde queda su propia responsabilidad?

El Centro Democrático, en lugar de dejarse arrinconar, debe también citar debates, junto con otros partidos, que logren determinar verdades y responsabilidades históricas sobre el precario desarrollo político, económico y ético de este país.

Debates bien argumentados, que salgan de esa espiral de odios y revanchas, de esa retórica envenenada que ayer sufrimos y cuyo objetivo está muy lejos de la pacificación que dicen ansiar quienes hoy profesan de purificadores de una historia política en la que pocos pueden rehuir sus propias culpas.

No sería mucho pedir si exigiéramos coherencia entre los discursos de la paz y la altura en la controversia, argumentando y hablando con la verdad por delante.

EL COLOMBIANO/EDITORIAL