2 de diciembre de 2021
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Lo que fue Santos I

7 de agosto de 2014

Estas llamadas “locomotoras” han tenido resultados muy dispares. Mientras que el sector minero-energético impulsó el crecimiento durante los primeros años, más en virtud de los altos precios internacionales que gracias a las políticas internas, la infraestructura y la construcción solo vinieron a tomar impulso en los últimos meses.

La agricultura tuvo un crecimiento bajo y solo reaccionó gracias al despertar de la producción cafetera. El paro agrario de hace un año evidenció grandes vacíos en la gestión gubernamental, aparte de haber medido el aceite de una administración dubitativa.

La innovación no despegó por falta de políticas eficaces. En general, como lo evidencia la crisis de crecimiento de la industria, la falta de políticas sectoriales fue, con contadas excepciones, una característica de esta primera etapa del gobierno Santos. Entre otras cosas, esto repercutió en contra del aprovechamiento de los TLC y de la diversificación de las exportaciones.

Siguiendo con la tradición reciente, las políticas monetaria y fiscal mantuvieron un ambiente de estabilidad macroeconómica y baja inflación, el cual facilitó el crecimiento, la disminución del desempleo y el mejoramiento de las condiciones de vida de muchos hogares. Todo ello repercutió, según datos oficiales, en la reducción de la pobreza.

Aunque algunas reformas económicas estructurales se concretaron, como la de las regalías, otras de gran importancia, como la pensional y la reglamentaria de salud, no tuvieron igual suerte.

La locomotora de infraestructura llevó los cuatro años en calentar motores. Estructurar todo un nuevo sistema de concesiones ha demandado demasiado tiempo para revertir un sistema plagado de mañas e ineficiencia.

En política exterior el presidente Santos cuenta con buena aceptación internacional, aunque ha exagerado al decir que gracias a él nos reciben “con los brazos abiertos en todo el mundo” y que ya casi no nos piden visa para viajar (dato evidentemente inexacto). Le tocó además la herencia envenenada de afrontar la sentencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, en la que su gobierno tuvo poco que ver, que propinó un durísimo golpe a nuestra extensión territorial en el mar Caribe y San Andrés.

El mayor fracaso fue la reforma a la justicia. No por fallida, pues al final lo mejor que pudo pasar fue que se hundiera, sino por el bochorno absoluto de ver que el Gobierno no tenía un proyecto definido, que no podía maniobrar ante las apetencias inconfesables de los magistrados de las altas cortes y de parlamentarios venales, y que al sector poco le importaba.

Su legado político y su reelección se las jugó con el inicio de las conversaciones de paz con las Farc. En dicho proceso cifra el Presidente el porvenir de la nación, como si la propia institucionalidad no tuviera margen ni madurez suficientes para adelantar sus propias reformas sin tener que depender de los resultados de la mesa de diálogos.

Obviamente un ambiente de paz cambiaría este país radicalmente. Si bien no es realista pensar que se va a lograr la paz total en La Habana, de un proceso con dignidad, respeto a las víctimas y vigencia de la justicia depende no tanto el lugar de Santos en la historia, sino el futuro de Colombia.

EL COLOMBIANO/EDITORIAL