6 de julio de 2022
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El primer baile de Suárez

16 de agosto de 2014

La resolución del Tribunal de Arbitraje Superior (TAS) sobre Luis Suárez, el jugador uruguayo transformado en Nosferatu del área con su mordisco a Chiellini, sostiene la firmeza y relaja lo accesorio (aunque ornamental). Suárez tendrá que cumplir los partidos de sanción con Uruguay y no podrá jugar hasta octubre, como estaba previsto; pero se le permite entrenarse con su club (el Barcelona) y participar en amistosos. El Barça ha recibido la resolución con resignación próxima a la conformidad; al fin y al cabo el club podrá presentar a su fichaje estrella (ha costado 81 millones) en un Camp Nou enardecido. Importa sobre todo el primer baile del debutante Suárez, aunque no sea oficial, en el Gamper. El negocio del fútbol ha extirpado cualquier requisito de deportividad —como la buena conducta en público o la ejemplaridad en la relación con los rivales— pero mantiene la retórica interesada de ilusionar a los socios (y a los intermediarios). Una tautología. Su dinero (el de los socios) es el que autoalimenta su ilusión; y la lujuria de los fichajes facilita al gestor evadirse de la rendición de cuentas.

Suárez, sus bocados de defensa italiano y sus recursos nos advierten además de que la argumentación jurídica (en este y en otros casos de más enjundia política) ha caído a niveles sonrojantes. La alegación principal de los abogados del club fue “castiguen a Suárez, pero no nos castiguen a nosotros”. Según esa lógica (o lo que sea), no cabe sancionar jamás a un jugador, puesto que siempre hay un club perjudicado. Se sugiere que se castigue al Suárez uruguayo pero no al Suárez barcelonista; pero como eso es imposible, porque lo que se penaliza es una acción antideportiva, una defensa así parece un chiste sin gracia.

De cualquier forma, la resolución del TAS mantiene el criterio de la sanción original, lo cual ya es un mérito, y resiste la arbitrariedad propia del sectarismo futbolístico. Si Suárez hubiera fichado por el Real Madrid o Pepe fuese jugador azulgrana, los mismos que los defienden volcarían sus talentos en atacarlos con saña; y viceversa.

EL PAÍS, MADRID/EDITORIAL