2 de diciembre de 2021
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Lo máximo, debía-debería, una novela

2 de julio de 2014
2 de julio de 2014

El grado superlativo de ‘grande’, ‘máximo-a’, indica “lo más grande en su especie”. Como sustantivo masculino, ‘máximo’ significa el punto más elevado al que se puede llegar, por ejemplo, “después del encuentro con Costa de Marfil, la euforia de los colombianos llegó a su máximo”. Hay quienes, muy ‘cultos’ quizás, lo expresan con el nombre latino, aceptado también en castellano, ‘máximum’. En Colombia –ignoro si en otros países también–, es muy común su empleo con el artículo neutro ‘lo’, por lo que se convierte en un sustantivo neutro, pues es invariable en género, además de serlo en número, verbigracia, “su actitud benevolente es lo máximo”; “su cualidades son lo máximo”; “los esfuerzos de los campesinos colombianos son lo máximo”. Hay, por lo tanto, una diferencia notable entre el adjetivo calificativo ‘máximo-a’ y el nombre ‘máximo’ (adjetivo sustantivado), usado a la colombiana o no. El redactor de una crónica de El Tiempo, titulada “Michael Schumacher responde a las voces”, combinó los dos con este resultado: “Con rehabilitación, tratarán de entrenarlo  para afrontar esas debilidades, para que consiga tener una normalidad lo máxima posible” (18/6/2014). Evidentemente, en esta oración, ‘máxima’ es adjetivo, por lo que su artículo debe concordar con el nombre que califica, ‘normalidad’, de este modo: “…una normalidad la máxima posible”. Si el nombre es masculino, el artículo debe serlo también, como en este ejemplo: “Esperamos que el estudiante logre un rendimiento académico el máximo posible”. Nota: Cuando se utiliza el artículo neutro ‘lo’ para determinar adjetivos sustantivados, éstos son también invariables en género y número, verbigracia, “los desórdenes callejeros y los abusos de los vándalos son lo malo de las victorias colombianas en este Mundial”. ***

 

En el segundo editorial de El Tiempo del 19 de junio de 2014 (“Clientelización de la justicia”), su redactor echó mano del copretérito (pretérito imperfecto de indicativo) cuatro veces; apropiadamente, una sola, en la siguiente frase: “…una justicia que en los últimos años ha visto menguar la confianza histórica que le habían depositado los colombianos”. Esta inflexión verbal, como lo indica el nombre que le dio don Andrés Bello y con el que lo aprendimos los viejos, expresa simultaneidad y continuidad de una acción con otra del pasado, por ejemplo, “en el recinto donde nos reunimos había gente de muchos lugares de la región”. En las tres muestras siguientes, el editorialista cae en el error común de emplear el copretérito (‘debía’) por el pospretérito (potencial simple, ‘debería’) del verbo ‘deber’, ya que en ellas no se expresa la susodicha simultaneidad, sino la posterioridad de la acción a una pretérita, o su posibilidad en el pasado o con miras al futuro:  “Llegó a decir que algunos magistrados debían estar no en el Palacio de Justicia, sino en el Congreso…”; “Es claro que lo que debía ocurrir es que tan fuertes cuestionamientos den lugar a las correspondientes investigaciones”; “…las denuncias de Pinilla debían dar lugar a una aguda autorreflexión”. Si el redactor hubiera analizado sus frases ‘habría cambiado’ las inflexiones verbales equivocadas. ¡Seguro! ***

El señor Mauricio Vargas, uno de los columnistas de El Tiempo, es imparcial, sensato y gramaticalmente  castizo. Estas cualidades me movieron a leer su novela, “La última vida del Gato”. Mayúscula fue mi decepción, no tanto por el fondo (una intriga bien concebida), sino por la forma de contarla. En la contratapa se lee: “Intensa y conmovedora letanía, con una vertiginosa y magistral puntuación…”. Según mi criterio, ni ‘letanía’ –o quizás sí, con su sinónimo de ‘retahíla–, ni ‘magistral puntuación’, pues sólo emplea la coma para separar los elementos de dicha retahíla. Para la muestra, este trozo tomado del capítulo II: “Para qué pero si esa conversación grabada existía, si confirmaba lo que yo acababa de leer, al diablo con quince años de amistad con el coronel Mejía, que con su pan se lo coma, nadie tiene derecho a torcerse, pero él menos”. Hay páginas enteras narradas en esa forma ‘vertiginosa’, sí, este es el adjetivo adecuado, pues no da tiempo ni para respirar. Puede uno hacerlo al final de cada una de estas parrafadas o al término de los capítulos, dedicados unos a la historia central; otros, a las relaciones personales de sus personajes, particularmente las sexuales, descritas cruda y procazmente, y de una vulgaridad impropia de un texto de verdad literario: “Las honestas palabras dan indicio de la honestidad del que las pronuncia o las escribe”, le dice Cipión a Berganza en “El coloquio de los perros”, de Cervantes. Esto fue lo que me quedó de la lectura del libro de doscientas diecisiete páginas, además de las siguientes frases de inaceptable construcción en un buen redactor: “…de eso se trata la noche”; “mientras podemos averiguar de qué se trata todo esto”. “…si es que de eso se trataba la reunión con el coronel”. Que le sirva de consuelo al buen periodista que el presidente de los colombianos se despacha de la misma forma: “De eso se trata la paz” (Citado textualmente por Eduardo Posada Carbó, El Tiempo, 20/6/2014). ***

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