9 de diciembre de 2021
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La otra mujer de Mandela

20 de julio de 2014
20 de julio de 2014

 

zelda la grange

El día de aquel primer encuentro, entonces, se encontraba cara a cara con el enemigo. Pero el primer presidente negro de Sudáfrica se le acercó con una sonrisa y le habló cordialmente en su propia lengua, un perfecto afrikaans. Eso la descolocó. Y la hizo llorar de culpa.

Tiempo después contaría su recuerdo del día en que, cuatro años antes de ese mojón en su vida, Madiba fue liberado de la prisión: ella estaba en la piscina de su casa y su padre comentó que, como «el terrorista» estaba libre, vendrían problemas. Pero ella ni siquiera sabía por qué «el terrorista» había estado preso. ¿Por robar un auto? Dice que Mandela no pudo evitar la carcajada al escuchar esa hipótesis.

A partir de allí, él la quiso tener cerca. Primero, por razones políticas. Quería mostrar con el ejemplo propio la tolerancia hacia los afrikáners (etnia blanca de origen neerlandés que dominó el país hasta el fin del apartheid). Creía que su presencia daría tranquilidad y confianza a las audiencias todavía reacias a su figura. Como en el caso del Mundial de rugby y su respaldo a una selección integrada en su casi totalidad por blancos -retratado en la película Invictus-, esperaba reforzar con esa imagen simbólica su estrategia de unidad nacional por encima de razas o etnias.

Y entonces la realidad superó a la ficción. La mecanógrafa racista e ignorante se convirtió en la mano derecha de uno de los mayores símbolos de la lucha contra el racismo que tuvo el mundo alguna vez. Su colaboración creció y comenzó a asistir a reuniones, a organizarle sus actividades oficiales o privadas hasta convertirse en la asesora imprescindible, secretaria, confidente, portavoz, asistente personal, compañera de viajes. Se volvieron carne y uña. Él la adoptó como «nieta honoraria», título que a ambos les gustaba utilizar. Ella hizo a un lado su vida personal -no se casó, no tuvo hijos- para dedicarse 24 horas al día a su otrora enemigo y se volvió su defensora acérrima. Una parábola de lo imposible.

Y ahora, esa relación sale a la luz en forma de libro. En junio pasado, La Grange presentó Buenos días, señor presidente, las memorias de sus dos décadas junto al ícono sudafricano. Desde su publicación, el texto ha levantado polvareda en Sudáfrica debido a que pone el foco sobre las tres hijas del exmandatario, a las que muestra como implacables y avaras; la que se lleva la peor parte es la mayor, Makaziwe, matriarca del clan Mandela.

Si bien la imagen pública de la familia ya estaba bastante venida a menos -las rencillas internas y las vergonzosas actuaciones del entorno familiar del expresidente son vox pópuli para todos los sudafricanos- una de las aseveraciones más duras del relato, confirmadas por otros amigos de Mandela, es que la familia comenzó a discutir sobre su muerte y el reparto de sus posesiones con él aún vivo. «Aún estaba siendo cuidado por su mujer, con buena salud, y ellos discutían ya por su funeral en frente de él», cuenta Zelda.

La exsecretaria -y según todos, la persona que pasó más tiempo junto a Madiba en toda su vida post-prisión- también habla sobre la mala relación entre las hijas del líder y su última mujer, Graça Machel.

Cuando en 1998 Mandela se casó por tercera vez, con Machel, en un principio la relación entre ambas se encaminó hacia el choque. Hasta que La Grange se dio cuenta que debía ceder el control y, en ese caso, relajar su celoso cuidado del líder. Entonces las dos se volvieron muy unidas.

En sus memorias, Zelda señala el maltrato que sufrió la viuda de parte de las hijas de Mandela, quienes en el velorio le restringieron el ingreso. «Graça Machel tuvo que tener una acreditación para entrar en el funeral de su marido», revela la secretaria en su libro. «Sólo le asignaron a la familia Machel cuatro lugares en la ceremonia. Nunca vi a nadie soportar ser peor tratada y humillada como a esa mujer», dice quien, por otra parte, llena a la viuda de halagos. «Era la única persona que le hacía realmente feliz», asegura.

También mientras estuvo enfermo las hijas de Mandela aprovecharon para controlar sus visitas y beneficiarse de ellas. Mientras el padre perdía y recuperaba la consciencia intermitentemente, le prohibieron a La Grange que lo viera. Fue Graça la que más de una vez abrió el camino para permitir que lo viera. «Eso era lo que quería mi marido», dijo la viuda en más de una ocasión, según reproduce la afrikáner.

Mientras en ese período intentaron aislarlo – «estaba solo y metido en su cuarto»-, en el propio funeral de Qunu las restricciones fueron aún más terminantes. Según cuenta La Grange, ella y George Bizos -un gran amigo de toda la vida que fue su abogado en el famoso juicio de Rivonia- entraron por la puerta de la cocina a la casa debido a que todo estaba cerrado con llave. Makaziwe acabó aceptando a regañadientes que Bizos se quedara, pero Zelda, así como otros dos empleados de toda la vida de la casa de Mandela, fueron expulsados. «No queremos a tu gente en este lugar», habría dicho la criticada hija mayor. ¿Por qué la familia estaba tan enojada con ella? Zelda asegura que no lo sabe. Consultada por los medios, Makaziwe se ha limitado a decir que «no está interesada» en lo que «esa señora» escriba sobre ella, aunque sí aclaró que está dispuesta a demandarla.

En el libro de Zelda tampoco salen bien parados destacados miembros del Congreso Nacional Africano, el partido de gobierno, implicados en los caóticos funerales e incluso en la falta de una atención médica adecuada en los últimos años de Mandela. Y no faltan anécdotas con varios famosos; entre ellos, el periodista inglés Jeremy Clarkson preguntándole al mandatario si nunca le hicieron un baile erótico, o las Spice Girls, ufanándose de haber robado papel higiénico de la casa presidencial.

La Grange dice que acepta las críticas y que ella ha escrito su visión honesta de Mandela. «Él pertenece al mundo. Nada puede cambiar lo que era. Todo el mundo debe respetar su legado y recordarlo a su manera. Me sentí tentada de ser amarga pero ¿cómo puedo sentirme amargada cuando él nunca sintió amargura por nada? Graça ha sido mi brújula. Mi relación con Madiba era lo único que importaba».

La «nieta honoraria» asegura que todavía está de duelo y cuenta que tiene guardadas todas las cartas que él le escribió, las que por lealtad nunca divulgará. Vive sola en Johannesburgo, evaluando una carrera de florista y quizá la posibilidad de encontrar el amor. Pero el potencial candidato, escribe al final del libro, debe respetar que su corazón «ya fue tomado». Y resalta: «Entregado a un hombre negro que una vez fue el enemigo de mi gente».

EL PAÍS, URUGUAY