30 de noviembre de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

Gaza se desangra

22 de julio de 2014

 

Israel, en alas de su abrumadora superioridad militar, no considera llegada la hora de la tregua. Su ofensiva en Gaza no va a acabar con el régimen extremista de la Franja, sostenido básicamente por Irán, ni pretende la reocupación de un territorio que añadiría la pesadilla de otro millón largo de palestinos bajo el Gobierno de Jerusalén. Gaza es más manejable aislada y sitiada, con un Gobierno incompetente y maniatado ahora también desde el vecino Egipto. Con su decisión, Netanyahu intenta básicamente destruir los túneles por los que Hamás se infiltra en Israel y los emplazamientos de sus cohetes.

Es legítimo el derecho de cada país a defenderse, pero mantener un asalto duradero a gran escala acarrea riesgos significativos para Israel. No solo el de la comprobada vulnerabilidad de sus tropas en escenarios de guerrilla urbana. También la multiplicación exponencial de víctimas civiles en una guerra obscenamente asimétrica, que contribuye a degradar más la percepción internacional del Estado judío.

Solo en los últimos días ha surgido un movimiento de mediación entre Hamás e Israel. Tras la llamada al alto el fuego del Consejo de Seguridad, Obama intenta alistar en un eventual armisticio al presidente egipcio, hostil a los fundamentalistas palestinos de la Franja, que gozaron de la protección de los proscritos Hermanos Musulmanes. Washington y sus aliados europeos buscan también la implicación de Qatar y Turquía. Mientras la agitación diplomática cobra forma, Israel intenta destruir la capacidad militar de Hamás. Para Netanyahu, un alto el fuego antes de avanzar en sus objetivos militares equivaldría a una derrota. La tragedia de Gaza es la inexistencia de un plan de paz creíble para Oriente Próximo. En ese vacío, el final de la operación en curso, cuando llegue, significará probablemente el comienzo de una nueva cuenta atrás hacia otro ciclo de violencia.

EL PAÍS, MADRID/EDITORIAL