2 de diciembre de 2021
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Farc nuevamente ponen en duda un acuerdo de paz

20 de julio de 2014
20 de julio de 2014

Timoleón Jimenez, alias Timochenko, es el más crítico en un escrito que titula “Lo que inquieta del discurso de Santos sobre la paz”, mientras Luciano Marín Arango, alias “Iván Márquez”, aunque escribe “Debemos alcanzar la paz”, insiste en salvar la responsabilidad del grupo guerrillero en torno a las consecuencias del conflicto armado y afirma que “hay mucha “gente bien”, y encopetada, que se lava las manos como Pilatos frente al desangre y la violencia nacional”.

Timochenko de manera sarcástica, se refiere a las intervenciones públicas de Santos y advierte que “el buen hombre pasa con humildad a reconocer que no vivimos en el paraíso terrenal”.

“Su versión de la realidad nacional–señala –podría sintetizarse en frases tan breves como país modelo en desarrollo económico y social, con los mejores índices en todo sentido, en crecimiento, en empleo, en reducción de la pobreza y la miseria, en la carrera contra la desigualdad, en escolaridad y lo que usted quiera agregar.
“Y para que ninguno lo acuse de blando –agrega–, Santos repite en todos sus discursos que él ha sido el ministro de defensa y el Presidente que ha propinado los más duros golpes a sus enemigos.

Además subraya: “No faltará la mención al último triunfo deportivo o artístico. Nairo, James, el que más haya resonado en los medios”.

Sin embargo, más adelanta “Timochenko” habla de que “habrá que defender el proceso de paz de los obtusos que no entienden su importancia, de los calumniadores de oficio, de la gente con interés de lucro” y añade que “la mejor manera es explicando de lo que se trata en realidad”.

Al efecto, afirma: “Una simple oportunidad a las guerrillas para que se desmovilicen y obtengan cierto grado de comprensión en su tratamiento punitivo. Mienten los que aseguran que se negocia la propiedad privada, la familia o el Estado, de ninguna de esas cosas se trata.

También subraya: “Las instituciones nacionales, las relaciones internacionales de cualquier tipo, el modelo neoliberal de economía, del que a propósito se trata de deslindar recurriendo al expediente de la tercera vía, apenas una variante frustrada del mismo, la doctrina de seguridad del Estado, las fuerzas militares y de policía, el régimen político y electoral, el latifundio o las relaciones de trabajo entre productores y propietarios, nada, nada de eso hace parte de la discusión en la mesa de La Habana.

Es más–continúa diciendo–, el Presidente dedica unos párrafos a dejar completamente claro que ni siquiera la confrontación misma hace parte de los temas de la Agenda. Las fuerzas militares tienen la orden permanente de arreciar con todo su poder en contra de los insurgentes, de causarles el mayor número posible de muertos, heridos y deserciones, de desmoralizarlos, de empujarlos a la firma de su sometimiento en la Mesa. Por eso deja claro que no habrá cese el fuego bilateral”.

Afirma que lo que el gobierno de Santos ha hecho “es exponer ante la insurgencia en la mesa sus proyectos para el agro, y ofrecerle que se vincule a su implementación una vez haya entregado sus armas. No se ha pactado ni pactará ninguna clase de reforma agraria. También les ha mostrado su disposición a permitir el disfrute de algunas garantías si acceden insertarse en el modelo de democracia vigente. Y los ha comprometido a renunciar al narcotráfico y a ayudar a combatirlo. Los cambió de bando”.

Y para concluir Timochenko, señala: “En realidad con todo ese discurso solo deja clara una cosa. Su evidente intención de tranquilizar al gran capital, a los poderosos propietarios de tierras, a los inversionistas, a las fuerzas armadas, a la ultraderecha que lo ataca. ¿Y para el pobre pueblo qué? ¿De veras cree Santos que con esas concepciones alcanzará la paz para Colombia?”.

Por su parte, alias Iván Márquez, quien es el jefe del equipo negociador de las Farc en Cuba, señala en su escrito que “la paz, como cima de todos los derechos y como anhelo creciente de las mayorías nacionales, no se puede enredar con los sentimientos de la mitad de los ciudadanos que votan en un país donde casi siempre triunfa la abstención”.

Afirma que “en Colombia la rebelión es el delito político por excelencia, y precisamente el delito político concebido en su integralidad primigenia, es decir, con los denominados delitos conexos subsumidos en él, contiene los instrumentos jurídicos que pueden desbrozar el camino hacia la paz y la reconciliación, desde luego con el complemento necesario de la solución a las causas estructurales de la rebelión. Por eso decimos que no hemos venido a La Habana a negociar impunidades”.

También dedica varios párrafos para fustigar al expresidente Alvaro Uribe Velez, acusandolo de delitos de lesa humanidad. de obstruir la justicia por los casos de Luis Carlos Restrepo, María del Pilar Hurtado y Andrés Felipez Arias y de los “falsos positivos”, para adviertir que “lo grave es que ante estos delitos notorios, la autoridad judicial, paralizada como estatua, no actúa”.

Posteriormente, Márquez dice que “es urgente poner en marcha la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas para esclarecer el asunto de las responsabilidades, para que su relato ilumine como faro la verdad que reclaman las víctimas del conflicto”.

Añade que “hay mucha “gente bien”, y encopetada, que se lava las manos como Pilatos frente al desangre y la violencia nacional, aunque arrastren el pesado fardo invisibilizado de máximos responsables” y sostiene que “responsables son los partidos políticos, los ideólogos del paramilitarismo como estrategia contrainsurgente del Estado, los terratenientes, lo ganaderos, los generales, algunos bananeros y palmicultores, ciertos banqueros, la narco-para-política, los comandantes de las fuerzas, quienes idearon los “falsos positivos”, la gran prensa instigadora de la guerra, connotados purpurados de la iglesia, los implementadores de la política neoliberal que ha producido miles y miles de muertos y millones de pobres, el gobierno de los Estados Unidos que ha intervenido desde el principio de manera directa en el conflicto, y también la insurgencia, pero en otro plano, que no es el de los que han generado esta guerra”.

Finalmente precisa: “A los colombianos no nos queda otro camino que el de la rectificación de tantas injusticias y la disposición del espíritu colectivo para la reconciliación, porque la guerra perpetua no puede ser nuestro destino. Para edificar la paz este país necesita bases consistentes de justicia social, democracia y soberanía. Sin que emerja el humano sentimiento de la comprensión y el perdón, no habrá paz. Tendremos que desterrar de los corazones la venganza y el odio, la exclusión y la intolerancia. A la paz deberemos consagrar nuestros mejores emprendimientos, para asirla con todas nuestras fuerzas y hacer que marche a nuestro lado durante los siglos futuros”.